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Walter Benjamin y Alberto Manguel entre libros / Por Vicente Alberto Serrano

Walter Benjamin y Alberto Manguel entre libros / Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Máximo fue –sin lugar a dudas– el más cartesiano de nuestros dibujantes y también nuestro humorista más metafísico. Cuando en la última etapa de su vida le despidieron de El País, sin justificación alguna, se refugió en las páginas de ABC. Desde allí sus viñetas diarias se tornaron aún más crípticas e inteligentes si cabe. Fue entonces cuando realizó toda una serie dedicada a la profunda y amarga reflexión del individuo frente a su biblioteca. Mi preferida, la que conservo enmarcada, reposa en una balda, tal vez tapando algunos títulos esenciales; es aquella en la que se ve a un señor, entrado en años, con un libro en cada mano y tras él, todo un frontal de estanterías repletas de volúmenes. De su boca salía un bocadillo conteniendo la siguiente frase: «Compro libros y libros como si me asegurasen tiempo infinito para leerlos».

Máximo

Viñeta de Máximo, reproducida en el diario “ABC”, de la serie: “El hombre ante su biblioteca”.

Ligeros de equipaje…

A Walter Benjamin, filósofo y crítico literario alemán de origen judío, no es que no le prometieran ese tiempo infinito, sino más bien se lo arrebataron. Fue él mismo quien decidió paralizar su tiempo: quitarse la vida. Aterrorizado, el 26 de septiembre de 1940 ingirió una fuerte dosis de morfina en la habitación del Hotel de Francia, en Portbou, ante la amenaza de la policía franquista de devolverlo a la Gestapo, cuando acababa de sufrir todo tipo de penalidades para  atravesar la frontera por los Pirineos, huyendo de las fuerzas del Tercer Reich. El juez local, al levantar acta, describió con todo detalle los objetos que contenían su maletín de piel: un reloj de oro, una pipa, un pasaporte expedido en Marsella por el American Foreign Service, seis fotografías carnet, una radiografía, gafas, revistas, diversas cartas, unos cuantos papeles de contenido desconocido y una pequeña cantidad de dólares y francos, que fueron cambiados para sufragar, cuatro días más tarde, los gastos de su propio entierro. Sin embargo, algunos de los que le habían acompañado en la huida, siempre hablaron de una maleta, al parecer con un manuscrito, que Benjamin custodió durante el viaje como un tesoro de gran valor. Esa maleta nunca se llegó a encontrar. Cruzando la frontera, en dirección contraria, veinte meses antes, Antonio Machado había realizado otro penoso viaje hacia el exilio, huyendo de la derrota de la República, también para terminar muriendo en la habitación de una modesta pensión, en un pequeño pueblo francés. En su caso no trataron de buscar maleta alguna porque cuando llegó la hora del último viaje, lo encontraron ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar. Apenas un papel rugoso con un par de versos manuscritos en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Benjamin Manguel

Walter Benjamin y Alberto Manguel.

Walter Benjamin desembala su biblioteca

En 1928 Walter Benjamin se había separado de Dora Pollack; hasta dos años más tarde no obtendría el divorcio. Al abandonar la casa que había compartido con su esposa, su biblioteca permanecería embalada desde agosto de 1929 hasta diciembre de 1931, cuando consigue un apartamento en Berlín y se decide a desembalar el contenido de todas aquellas cajas que siempre supusieron para él –desde 1916– una apasionada pero accidentada historia de amor, por culpa de su constante peregrinar por toda Europa, con trágico final en la habitación de un hotel de un pueblo de Gerona, ya sin libro alguno y una maleta desaparecida que contenía, posiblemente, su último manuscrito. Todo aquel que haya tenido que sufrir alguna mudanza, no solo lo entenderá a la perfección, sino que disfrutará con el texto que Benjamin escribió a raíz de aquel reencuentro: Desembalo mi biblioteca (Ed. J. J. Olañeta). A lo largo de nuestra trayectoria vital, nos vamos cargando con el terrible –pero atractivo– lastre de los libros, con la ingenua creencia del personaje de Máximo: tiempo infinito para la reelectura. Sin embargo a nuestro morbo libresco le hubiese gustado compartir tan peculiar complicidad con Benjamin y haber estado en Berlín en 1931, para ayudarle a recuperar el contenido de aquellas cajas: títulos, autores, cubiertas y los recuerdos que siempre esconden entre sus páginas, todos y cada uno de esos objetos, durante la sagrada ceremonia de devolverlos ordenadamente a los estantes.

Cubiertas Benjamin Manguel

Cubiertas de dos obras (Benjamin y Manguel) sobre como desembalar y embalar nuestras bibliotecas personales.

Alberto Manguel mientras embala su biblioteca

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«Puesto que, si toda biblioteca es autobiográfica, embalarla se parece, en cierta manera, a hacer la necrológica de uno mismo». Frase tan amarga se recoge en un libro algo triste, pero bellísimo, de Alberto Manguel: Mientras embalo mi biblioteca (Alianza Ed.). Manguel es un autor argentino al que, aparte de admirar, he llegado a envidiar por muchas razones. En primer lugar porque durante un tiempo gozó del privilegio de encontrarse con Borges a salir de la escuela y acompañarle hasta su departamento, donde le leía cuentos de Kipling, Henry James y Stevenson. Más tarde decidió nacionalizarse canadiense, cuando Videla y los suyos se convirtieron en verdugos de todo un país. (Por supuesto que aquella terrorífica represión nada tuvo de envidiable: todo lo contrario). Pero es que años más tarde Alberto Manguel consiguió construir su inmensa biblioteca, con cerca de treinta y cinco mil libros, en el interior del presbiterio en una antigua abadía de una aldea tranquila en el sur de Francia. Las fotos que se reproducen en las primeras páginas del libro, publicado por Alianza, me provocan inevitablemente una envidia comparativa al observar aquel espacio generoso, ordenado y casi infinito repleto de los volúmenes de la biblioteca personal de un autor con el que además he aprendido a compartir lecturas, desde otros ángulos, porque obras como Una historia de la lectura, Diario de lecturas o Leer imágenes me abrieron la dirección correcta hacia ese laberinto borgiano de senderos que se bifurcan. Las últimas fotos del mismo libro son desoladoras, cuando Manguel se ve obligado a abandonar su refugio en el valle del Loira, las estanterías vacías, cajas de cartón amontonadas esperando un destino incierto. Estas páginas acaban con una imagen epilogal: Alberto Manguel cerrando la puerta de aquella vieja abadía y una frase al pie: «Todavía guardo la llave de una puerta que jamás volveré a abrir».

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