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Vamos a matar a los pavos reales / Por Antonio Campuzano

Vamos a matar a los pavos reales / Por Antonio Campuzano

Los pilares de la reconstrucción democrática más usuales y más usados en los últimos cuarenta años, exactamente los mismos numéricamente comprendidos que los otros cuarenta del franquismo sucedido por la monarquía imperante desde 1975, han tenido los nombres propios de Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Gutiérrez Mellado, Xabier Arzallus, Jordi Pujol y Alfonso Guerra, entre otros. Por encima de todos ellos, la figura de gallina clueca se hace camino al andar y tiene el nombre de Juan Carlos I, así nombrado por Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes de la dictadura, con la voz entrecortada “desde la emoción en el recuerdo a Franco”.

De esa alineación tan completa se ha desgajado ya la mitad por razones biológicas, pero los supervivientes, con más o menos revisiones históricas, mantienen un status en tratados y enciclopedias de limpieza de sangre y virus político de tratamiento epidemiológico sin tacha. Al arquitecto de la clave de bóveda, al rey Juan Carlos, no le ha ido tan bien. Este monarca, ahora emérito, ha acumulado adversidades propias y ajenas desde hace seis años, hasta completar la animadversión republicana y también monárquica.

Los fallidos matrimonios de sus hijas le han sido anotados en su contra. El enlace del actual rey con marca plebeya tampoco ha sido contabilizado como acierto. Ahora, la investigación de patrimonio en la Suiza cantonal, con ramificaciones en España, ha destapado una sentimentalidad absolutamente contraria a su persona, porque ello deriva de unas conversaciones grabadas admonitorias contra su figura ejemplar entre su presunta amante y un habitual de las cloacas del Estado, pero cloaca de alcantarillado de heces completamente hediondas.

A la parece que consolidada traición sentimental se le añade una operación económica con connotaciones de cohecho con otra monarquía como la de Arabia Saudí. El vínculo del cohecho residiría en el contrato del tren de alta velocidad en Arabia, en el que aparecerían empresas punteras españolas, cuya participación debería explicar la dádiva al rey de España con mucha más contundencia que la presencia del rey de Arabia. En cualquier caso, el asunto judicial en ciernes, sin tan siquiera el alumbramiento de autos de imputación o investigación del rey emérito, ha adquirido una configuración de tal magnitud que ha terminado con la desaparición a voluntad del rey Juan Carlos de territorio español, porque subvertiría, de lo contrario, la necesaria ejemplaridad de su hijo, el actual rey Felipe VI. Lo que es tanto como decir que las apariencias de delito, cuando se trata del jefe del Estado, desembocan inmediatamente en evidencias que no necesitan de demostración ni carga de prueba.

El caudal de relevancia negativa acumulado por el rey Juan Carlos ha sido capaz de neutralizar el enorme mérito de la actuación de febrero de 1981. Si bien se ciernen siempre sobre si figura las dudas de aquella noche tétrica, lo cierto es que hubiera sido mucho menos arriesgado sumarse a la acción golpista que oponerse a ella. Es decir, lo fáctico no ha podido con lo aparencial, con lo líquido, con aquello que parece conectar con la ejemplaridad, pero desde los confines de lo inercial, lo aparente, lo inconcreto.

Estos instrumentos de medición de comportamientos no sostienen parangón con otros ya sentenciados en el pasado. Si ello fuese así, personajes como Rodrigo Rato, Jordi Pujol, Jaume Matas, Eduardo Zaplana, Cristina Cifuentes, Manuel Chaves, etc, deberían, si les es dado, abandonar territorio español porque su presencia comprometería el sistema constitucional y el juego parlamentario de nuestro país. El desarrollo judicial del caso, de ser exculpatorio con el rey Juan Carlos, tendría que inaugurar un sistema de arrepentimiento sin precedentes en la historia de España, aquel que debería ocupar el prime time de audiencias y expectaciones para borrar los excesos cometidos contra un jefe de estado que detuvo la hemorragia liberticida cinco años después de la desaparición del dictador, cuyo protagonismo sideral en esa semana ha sido comparado con una jornada de safari en la compañía de una rubia de coloración ácida y pigmentación vegetal.

De producirse el perdón necesario, quien quedaría resentido enteramente sería el actual rey Felipe, incapaz de convencer a una opinión pública habitual de la facilidad del resentimiento y de la anticipación de los acontecimientos.

Lo decía Ramón Gómez de la Serna y lo recuerda Andrés Trapiello: “La revolución no está completa hasta que alguien dice “vamos a matar a los pavos reales”.

 

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