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Sánchez, Torra y la esperanza / Por Antonio Campuzano

Sánchez, Torra y la esperanza / Por Antonio Campuzano

Llegará un momento en que no haya más diferencias que sustanciar entre los gobiernos de Sánchez y de Rajoy. Pero parece que los temas son inagotables. Mentira parecen las distancias entre pragmáticas y cosméticas que pueden enumerarse entre un ejecutivo y otro, cuando ambos pertenecen al mismo conjunto parlamentario. Un juego entre iguales sometidos a las mismas reglas de competición.

El caso de Catalunya es paradigmático en este sentido. Bien es cierto que podrá llegar el instante en que los nacionalistas catalanes activen la máquina de las reivindicaciones con estrépito y la arquitectura de las buenas maneras caiga con ruido y algarada. Mas es innegable que ambos mandatarios han elegido vías inexploradas.

El ex presidente Rajoy usaba el tiempo como materia flexible y hacía de la elasticidad un arma de enorme aprovechamiento. No tanto como se atribuía a José Antonio Primo de Rivera y recogido por Javier Pradera en su La mitología falangista. Decíase del fundador de Falange que no usaba reloj de pulsera porque el adminículo se atrasaba o adelantaba por la pulsión que transmitía aquel hombre vehemente.

Rajoy, antes al contrario, trataba al tiempo en una categoría de conciliábulo entre amigos. Lo estiraba a su antojo y capricho hasta el agotamiento de contrarios y opositores. En el caso de la crisis catalana dejó que se mezclasen demasiadas bazas que terminaron por arruinar su embeleso con el tiempo.

Y en esto llegó Pedro Sánchez con sus urgencias por poner una comparación en la vida pública y a fe que, hasta el momento, lo está consiguiendo con el mismo esfuerzo que pregonaban aquellos primeros métodos de enseñanza del idioma inglés. Es decir, sin esfuerzo. El president Torra, caricaturizado por rivales y adversarios como un nazi supremacista, ha pisado jardines, parterres e interiores del palacio de la Moncloa, durante dos horas y media de reloj, como si la excepción fuese una cosa del pasado.

Al parecer, se han puesto sobre la mesa del diálogo las palabras autonomía y soberanía, pero en la seguridad de que las cuatro patas de la mesa eran suficientes para su equilibrio. El principio es alentador sin duda alguna y el deshielo está servido.

Si todo siguiese así, y se llegase a la Diada del 11 de septiembre sin rotura de puentes, con las banderas supremacistas de allá y de acá envolviendo sendos afanes de tensión, con ensayo de solución de convivencia con aparcamiento subterráneo o en superficie de hostilidades, habría que ir pensando en Sánchez como un hombre público muy a tener cuenta de aquí en adelante.

Protegido por el don de la oportunidad, llegado en el momento adecuado para terminar una etapa casi al mismo tiempo que se empieza otra, enraizado por lo dicho por Stefan Zweig, en María Antonieta: “el tiempo es un aliado oportunista e incierto”. De un advenedizo y otro advenedizo igual resulta una esperanza.

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