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Salustiano Masó, un poeta alcalaíno / por Vicente Alberto Serrano

Salustiano Masó, un poeta alcalaíno  /  por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Fue en la primavera del 69 –hace ahora 50 años– cuando descubrí los versos del poeta alcalaíno Salustiano Masó en el rincón trasero de las páginas del diario ABC. En una sección titulada “Y poesía cada día” que yo me empeñaba en coleccionar, recortando cada hoja con destino a una carpeta que se convirtió en mi primera y fundamental antología poética. Siempre con la sabia precaución de no colocar las páginas del revés, porque entonces conservaría ante la vista el mayor obituario conocido. Los  poemas cerraban a diario la sección de esquelas funerarias del periódico. Parecía algo así como  un guiño, a modo de homenaje, a la lírica manriqueña: «…nuestras vidas son los ríos…». A finales de abril de aquel año aparecieron en esa pagina trasera tres composiciones de Masó: “Cortometraje”, “Yo” y “Soledad de Sancho”. Acompañadas con una breve reseña biográfica donde se destacaba –aparte de su lugar de nacimiento– también cómo desde su condición de autodidacta: «…su obra surge laboriosa, lenta y tenaz, al margen de escuelas y grupos». A la derecha aparecía su retrato en un limpio trazo del pintor sanluqueño Miguel Acquaroni. Todo un fetiche para tan peculiar colección de cromos de nuestra lírica.

Página de ABC y foto de Salustiano Masó aparecida en la antología “Poesía Social”  (1969).

Página de ABC y foto de Salustiano Masó aparecida en la antología “Poesía Social” (1969).

En la calle de la Imagen

Salustiano Masó Simón nació el 26 de junio de 1923 en el número 6 de la alcalaína calle de la Imagen. En 2013 Ediciones Vitruvio publicó el primer tomo de sus memorias con el título La batalla de vivir en las que a lo largo de medio millar de páginas, abarca los recuerdos de la etapa inicial de su extensa trayectoria vital, desde 1923 a 1950. Comienza con un capítulo titulado “Alcalá años veinte” y es aquí donde evoca el territorio de su primera infancia. «Quiso el azar –inicia su relato– que yo viniese al mundo en un lugar muy próximo al que, siglos atrás, viera nacer a Miguel de Cervantes Saavedra: nos situamos, por supuesto, en la ciudad de Alcalá de Henares, número 6 de la calle de la Imagen, dentro de un cuerpo de viejos edificios de dos plantas, hoy recompuestos e integrados en la precisamente denominada Casa de Cervantes». Efectivamente edificios desaparecidos porque en 1953 las autoridades incompetentes se empeñaron en construir un chalet de hechura entre herreriana y neomoderna con vuelta a la calle Mayor,  jardincillo incorporado y hoy hasta con un pisapapeles escultórico a modo de photocall para ensalzar, a su extraña manera, la figura y la obra del escritor alcalaíno. Me refiero por supuesto a don Miguel no a don Manuel, el de la casa de enfrente, bastante denigrado por aquel tiempo de vencedores y vencidos. Comenzaron por adquirir el número 2 de la calle de la Imagen, finca que Astrana Marín certificaba como la auténtica casa natal del autor de El Quijote. Al parecer el inmueble se lo compraron al propietario por 110.000 ptas., con 12 inquilinos de bajo alquiler en su interior a los que inmediatamente el Ayuntamiento les ofreció una mísera indemnización o la posibilidad de realojo en una nueva barriada de las afueras. Es muy posible que algunos de aquellos vecinos llegaran a conocer a don Toribio Masó, padre del poeta, natural de Tomelloso, que trabajó de botero en un pequeño taller de la calle Mayor, frente por frente a la que luego sería fachada del chalet citado.

La calle de la Imagen antes de que desapareciera el portal de la casa natal del poeta.

La calle de la Imagen antes de que desapareciera el portal de la casa natal del poeta.

El número 6 de la calle de la Imagen ya no existe, las supuestas necesidades del cervantismo virtual que al parecer requieren los iletrados turistas, se ha extendido a los edificios colindantes. Por eso si el poeta pretendiera ahora regresar para rememorar y adentrarse en la infancia perdida, no encontraría siquiera el portal de entrada a su casa natal. Cada vez que paso por allí y contemplo aquel muro ciego, me vienen a la memoria un par de versos deshilvanados de su poemario La pared (1964): «Yo también tuve mi pared. […]/las coordenadas de mi desamparo…»

La batalla de vivir

Con noventa años Salustiano Masó consiguió reordenar sus recuerdos y publicar en 2013 la primera entrega de unas Memorias. Arrancan el mismo año de su nacimiento, que coincide con el inicio de la Dictadura de Primo de Rivera, y se cierran el 14 de marzo de 1950, el día que se casa con Luisa en la parroquia de San Lorenzo, patrón de Lavapiés. Tras este intenso volumen nos promete a sus lectores una quinta parte del relato: «…el azaroso inicio de una nueva vida», que titulará “Los años clave”. En esta primera parte de La batalla de vivir se agolpan los recuerdos, las alegrías y las tristezas de un niño de la guerra que asiste al espectáculo cruel y desolador de una serie de acontecimientos históricos que se van sucediendo a su alrededor y a cada momento están a punto de hacer tambalear su sensibilidad:  Dictadura, Advenimiento de la República, Bienio Negro, Frente Popular, La Guerra, La Derrota y la noche oscura del alma de una Posguerra casi infinita. En plena guerra, en 1937, con apenas catorce años, envía un relato titulado El fin de la opresión al concurso del semanario Ayuda, órgano del Socorro Rojo Internacional y obtiene el primer premio, otorgado por un jurado en el que figuraba el poeta Miguel Hernández. Un dato premonitorio de su posterior, brillante y extensa trayectoria poética al señalar que  cuarenta y seis años después recibiría en Orihuela el premio Miguel Hernandez por un poemario titulado Así es Babilonia (Ed. Ayuso). Sin embargo en esta primera parte de sus Memorias apenas si nos muestra sus aspiraciones poéticas, celosamente protegidas por un íntimo pudor, aunque no duda en citarnos sus lecturas constantes y sus autores admirados y envidiados cuando afirma que considera su autodidactismo más como  defecto que como virtud: «En el fondo he añorado siempre unos maestros, una orientación, un método que en mi libertad de autodidacta nunca supe imponerme». Gerardo Diego llegó a reivindicar a Salustiano Masó como: «…uno de nuestros mejores y más hondos poetas». En una reseña en el diario ABC sobre los poemas contenidos en su obra La pared, escribió: «…Masó es uno de esos poetas que no escribe sino cuando está henchido de idea y de emoción interior, inquieto y generoso de su propio pensamiento poético». Es lógico por tanto que estemos esperando la segunda entrega de sus Memorias. Necesitamos que nos cuente en ellas ese tiempo de poemas y poetas, que tal vez se iniciara en 1956, cuando consiguió un accésit de Premio Adonáis con Contemplación y aventura. Necesitamos saber de su no relación con otros grupos del exilio interior y el comentario a su larga lista de títulos publicados y también, porqué no, que nos hable de su callada labor de traductor de textos de Dickens, Rousseau, Elsa Morante… y autores de literatura infantil. En 1993 obtuvo el Premio Mundial Natthort-Unesco por el conjunto de su obra como traductor literario.

Cubiertas de la Antología “Poesía Social” y del libro de Memorias de Salustiano Masó.

Cubiertas de la Antología “Poesía Social” y del libro de Memorias de Salustiano Masó.

Poesía Social

Hubo un tiempo en que Gabriel Celaya nos hizo creer que la poesía era un arma cargada de futuro, mientras Blas de Otero nos mantenía esperanzados porque al menos nos quedaba la palabra. Por eso se entiende que en aquellos años Leopoldo de Luis tuviese el valor de publicar una antología de Poesía Social, 1939-1968 (Ed. Alfaguara) cuya segunda edición, corregida y aumentada con algún que otro poeta como Manuel Vázquez Montalbán, apareció en el mes de mayo de 1969, fecha tan significativa por estar sufriendo aquel año el Estado de Excepción. Allí volví a reencontrarme con Salustiano Masó, que aparecía casi agazapado entre los capítulos dedicados a José Hierro y Eugenio de Nora. En su poética inicial trataba de justificarse ante término tan controvertido para apellidar a la poesía, pero a pesar de su innata tendencia a la vida solitaria, definiéndose como un ser bastante asocial, defendía sin embargo la conciencia del deber por compartir con los demás, luchas y sufrimientos ya que: «…nos guste o no, es una consecuencia natural de nuestra época». De la treintena de poetas que componían aquella antología, hoy solo sobreviven dos: el sevillano Manuel Mantero y el alcalaíno Salustiano Masó, al que le arrebataron el portal de su casa natal, pero del que seguimos esperando la segunda parte de esa batalla que mantiene con la vida.

 

 

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