Rita Barberá y la tregua de la Navidad del 14 / Por Antonio Campuzano
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Rita Barberá y la tregua de la Navidad del 14 / Por Antonio Campuzano

Rita Barberá y la tregua de la Navidad del 14 / Por Antonio Campuzano

El minuto de silencio frustrado de Podemos está haciéndose con una naturaleza viral incontestable. No hubo unidad de acción, porque no puede haberla en el manejo de las emociones. Sí al minuto en el Senado, no en el Congreso.

La Cámara Alta, dentro de su insustancialidad, al menos para los correligionarios de la fallecida Rita ha desempeñado función de depósito de las buenas intenciones espirituales. Pero la palabra transitable entre calles y avenidas no se conforma de todos modos con los usos y las costumbres. Hay quien también entiende, y así lo manifiesta, que el desempeño de la sinceridad también atesora cualidades que hacen del ser humano una especie también por ahí diferenciada de los antílopes.

Witold Gombrowicz, en sus Diarios, exclama “Sinceridad! Claridad! Honradez! Las cartas sobre la mesa”. Cuidado que Pablo Iglesias puede preferir estas palabras con mucha anticipación a, por ejemplo, la de Educación.

Si el minuto de silencio, acondicionado como los aires domésticos, se adapta a una situación protagonizada por una persona vilipendiada hasta ese momento, puede que se instruya un expediente de desfachatez desde ese mismo instante de hipocresía. Y en el imaginario de muchas personas preocupadas por la cosa pública existe la convicción en que Rafael Hernando no hubiera desaprovechado esa oportunidad de señalar la hipocresía como mal menor entre las gentes de Podemos.

Cuando Eduardo Madina se pregunta si el problema social, habido el incidente del abandono del Congreso fatídico del silencio, en España quizá “vaya más allá de lo previsto”, cabe caer en la cuenta de la noche del 24 de diciembre de 1914, tan recordado ensayísticamente en el imprescindible libro de José Luis Pardo, Premio Anagrama de Ensayo de este año, “Estudios del malestar”.

Los campos impracticables de lucha de la Primera Guerra Mundial, en territorio belga, donde combatían los bandos inglés y alemán. A unos tenderetes alemanes y unos villancicos en las trincheras, separados algún centenar de metros de las posiciones inglesas, respondieron estos últimos con cánticos de villancicos vernáculos. Aquello fue tomando cuerpo hasta el intercambio de whisky y cigarrillos. Es una de las manifestaciones de más empatía conocida de las que actúan entre contendientes bélicos.

Aquí, afortunadamente, la desaparición de la alcaldesa de Valencia ha sucedido sin trincheras, pese a los símiles de las distintas baterías mediáticas. Incluso cabe decir que aquello no tuvo continuación a lo largo de los años venideros de guerra mundial porque, según Pardo, los comandantes en jefe ordenaban bombardeos masivos a primeros de diciembre para que no cundiese la misericordia tan inoportuna. Esto es, que la reacciópn ante la muerte de seres humanos es tan variada y plural que no cabe convertirla en estudios de interpretación psicológica y mucho menos política.

Para complicar más cosas se puede entrometer el concepto de educación. Se es más o menos educado si se guarda minuto de silencio o no. Hans Magnus Enzensberger dice en sus “Reflexiones del Señor Z”, que “la educación es como el tabaco. El que se hubiera entregado a ella durante un tiempo le costaba desengancharse”. Demasiado lío con acontecimientos que para mucha gente significan el final.

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