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¿Qué hará Biden si preside EE.UU.? / Por José Antonio Gurpegui

¿Qué hará Biden si preside EE.UU.? / Por José Antonio Gurpegui

Hace cuatro años la victoria del candidato Donald Trump resultó tan sorprendente o más que la derrota de Hillary Clinton. Ahora nadie se extrañará si el actual presidente revalida mandato. La situación actual es distinta y particularmente no contemplo tal escenario a tenor de las encuestas.

Se plantea, por tanto, la cuestión: ¿Qué política desarrollará el presidente Biden tras una eventual victoria demócrata?

Pero antes resulta oportuno preguntarse si Trump aceptará un resultado desfavorable para él. El propio inquilino de la Casa Blanca ha auspiciado esa hipótesis apuntando a un hipotético “pucherazo” electoral por mor del voto por correo, que ha cuestionado a lo largo de la campaña y recientemente en Florida tras votar en su colegio electoral.

También el Vicepresidente Mike Pence evitó responder directamente a una pregunta referente a la aceptación de los resultados al manifestar, durante el debate con la candidata Kamala Harris, que “si tenemos unas elecciones libres y justas, sabemos que vamos a tener confianza, y creo en mi corazón que el presidente Trump será reelegido durante cuatro años más”.

Si se cumplieran los pronósticos de las encuestas, Joe Biden recibiría 311 votos electorales dejando los otros 227 para Trump.

Una diferencia suficientemente significativa como para hacer desistir a Trump de cualquier intento de impugnación y, además, el Partido Republicano difícilmente le prestaría cobertura si el presidente persistiera en su empeño de refutar tal resultado. Diferente situación se plantearía ante el escaso margen de un puñado de votos entre ambas candidaturas a favor del demócrata.

Existe un tercer escenario: Trump resulta vencedor durante la noche electoral pero es finalmente derrotado tras el recuento de los votos por correo. Los previsibles disturbios –¿enfrentamientos?– callejeros, que desgraciadamente se producirán sea cual sea el resultado a tenor de la polarización en la sociedad estadounidense, podrían alcanzar tintes realmente trágicos. Thomas Friedman, columnista del New York Times con 3 Premios Pulitzer, manifestó en una entrevista que “Si Trump gana habrá guerra civil de baja intensidad”.

El candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Joe Biden. Shutterstock / StratosBril

El candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Joe Biden.
Shutterstock / StratosBril

Los retos de Biden

Asumiendo que todo transcurre sin deplorables sobresaltos y el 20 de enero del próximo 2021 Joe Biden jure su cargo frente al Capitolio, el nuevo presidente deberá afrontar toda una serie de retos tanto en política interior como internacional.

Ya en la pasada Convención Demócrata de Milwaukee en agosto, el candidato Biden perfiló lo que sería el leitmotiv de su campaña: recuperar la unidad y el sentido de nación de sus conciudadanos. “Este no es momento partidista. Es un momento americano”, afirmó, e indudablemente ese será su primer y más importante objetivo. En absoluto lo tendrá fácil, incluso ganando el Senado y la Cámara de Representantes, dada la trémula situación que vive el país.

Coronavirus

También de forma perentoria deberá abordar la pandemia poniendo en marcha medidas ya por él anunciadas como el uso de la mascarilla en público, efectuar pruebas gratuitas a todos sus conciudadanos, o contratar a 100.000 rastreadores.

Economía

Superados estos escollos de naturaleza, esperemos, puntual, tendrá que afrontar cuestiones económicas y sociales. La economía norteamericana siempre ha discurrido de acuerdo a su propia dinámica; Wall Street no muestra preocupación alguna por una hipotética victoria de Biden aunque sea Trump su candidato. No obstante reducir la tasa de desempleo, que actualmente alcanza el 8%, y recuperar el PIB nacional con un previsible descenso de 4 puntos en este 2020, serán cuestiones que marcarán poderosamente su mandato. También en el ámbito económico la política impositiva será otro caballo de batalla, máxime si finalmente aumenta la presión fiscal como veladamente ha dejado entrever.

Emigración

Todo apunta a que su política social será radicalmente distinta a la seguida por Trump en lo relativo a emigración y sanidad. Ya ha adelantado el candidato republicano que regularizará a 11 000 000 de indocumentados y en los primeros 100 días se ha comprometido a “Revertir inmediatamente las políticas crueles y sin sentido de la Administración Trump que separan a los padres de sus hijos en nuestra frontera”.

Sanidad

En cuanto a la sanidad, la derogación del sistema de asistencia sanitaria Obamacare propuesta originalmente por Donald Trump se quedó en un esquileo, maquillaje de forma más correcta, y el margen de actuación de una supuesta nueva administración dependerá de los apoyos que consiga en el Congreso.

Relaciones internacionales

En cuanto a política internacional la diplomacia norteamericana siempre ha discurrido sin grandes sobresaltos por el cambio de administraciones. Cierto es que en estos 4 años, Trump ha convulsionado el mapa geopolítico, pero a priori no resultará complicado suturar la herida abierta con sus tradicionales aliados europeos –recordemos el apoyo al Brexit, el desplante en las medidas conjuntas respecto a la carrera nuclear en Irán, o el rechazo al Acuerdo de París en medidas medioambientales suscrito por Obama–.

Será precisamente Irán –sin olvidar Rusia, Corea del Norte, o China– el asunto más complejo que tendría ante sí. El reciente acuerdo de normalización de relaciones auspiciado por el presidente entre Israel por una parte y Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos por otra, diseña un nuevo y hasta ahora desconocido escenario en el mundo árabe.

Este innegable logro de Trump marcará el camino a la diplomacia norteamericana en el mundo árabe. Arabia Saudí, enemigo tradicional de Irán en la zona, es un actor protagonista que no puede ser ignorado al reconducir las delicadas y complejas relaciones con el régimen de los ayatolás.

En Sudamérica, por último, nada hace prever que se alterará la política respecto a Venezuela, aunque la irrupción de gobiernos de izquierdas, como ya ha ocurrido en Bolivia podría dibujar un nuevo panorama. Algo distinto se supone ocurrirá respecto a Cuba continuista con aquellos impulsados por la de Barack Obama; todo apunta a una política rupturista con los postulados de la actual administración.The Conversation

José Antonio Gurpegui es catedrático de Estudios Norteamericanos en la Universidad de Alcalá.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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