Podemos, la oposición / Por Antonio Campuzano
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Podemos, la oposición / Por Antonio Campuzano

Podemos, la oposición / Por Antonio Campuzano

En esta sesión de investidura y de una manera innegable se está asistiendo a la configuración de una escena política con dos estilos, dos tendencias. De un parte, las fuerzas que conforman la posibilidad de gobierno, que son PP, Psoe y Ciudadanos. De otra, Podemos. Sus modelos, sus gestualidades, sus estéticas, nada tienen que ver entre sí.

El discurso del pretendiente a la jefatura de gobierno, Rajoy, habla de encajes, de posibilidades, de números, de presupuestos, de millones de inversión. Tareas propias de un potencial gobernante en la proximidad de serlo de veras. Pablo Iglesias comienza su intervención con un trueno que restalla en el hemiciclo: ochenta años después de su desembarco en España, un recuerdo para las Brigadas Internacionales. Las mismas que conservan una calle en Alcalá de Henares, muy próxima al Hospital Príncipe de Asturias.

Rajoy se viste de solemnidad de Estado en la búsqueda de la estabilidad que solo le pueden proporcionar los partidos que van a permitir su entronización tras la guerra de los diez meses, únicamente terminada no por su retirada, como anticipaban quienes desconocen la interioridad del político gallego, y sucesión dentro de las filas del PP; sino que ha tenido que suceder la gran estrategia en las filas del Partido Socialista para provocar, entre otras cosas dignas de mención en la propia casa socialista, la corporeidad de Rajoy como presidente de gobierno en este año 2016. Iglesias acude a la tribuna de oradores como quien va a comprar el pan, quizá con más tibieza que la utilizada por Paco Umbral cuando hacía lo propio en los años iniciales del régimen del 78. Otra vez las dos Españas, con algunas veleidades territoriales e independentistas, pero de nuevo las dos versiones de la moneda ibérica caída en vertical para mantenerse con las dos visiones, una por cada cara. Lo peligroso de todo ello, de momento, con toda la responsabilidad de parte del Psoe, lo cierto es que ahora toda la oposición la capitaliza por entero Podemos.

Repárese en el estilo directo, combativo, pugnaz, de Iglesias contra el portavoz Antonio Hernando, las acrobacias semánticas con el marxismo como pretexto, que si Carlos, que si Groucho. Los desafíos de orden interno del Psoe tienen una dificultad de explicación para la clase humana verdaderamente insuperable, lo que con toda naturalidad es y será aprovechado por Iglesias para utilizar el martillo pilón en sus intervenciones contra el adversario socialista. Si el aliado para la investidura sigue siendo aliado en la acción parlamentaria se convierte en socio de coalición sin atisbo alguno de defensa.

Pero da la impresión de que en esta legislatura, probablemente corta, el rostro reconocible del Psoe como aliado y como socio de coalición no se lo va a quitar nadie y mucho menos Podemos. Cada vez que Iglesias, Errejón, Bescansa y largo etcétera, salgan a la plaza pública de la tribuna de oradores, el portavoz socialista que corresponda podrá esgrimir muy pocas bazas en defensa de su integridad doctrinal. Quizá repetir lo que dijo Giangiacomo Feltrinelli, editor ineludible de la izquierda italiana de la segunda mitad del siglo XX, cuya biografía de su hijo Carlo, Senior Service (Anagrama, reedición 2016) resulta muy útil para entender el juego de la socialdemocracia. Y dijo Feltrinelli, editor: “En la situación actual es imposible definir qué es un marxista”.

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