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Orfandad de las piedras / Por Antonio Campuzano

Orfandad de las piedras / Por Antonio Campuzano

Curro Lope Huerta, una vez convertido en institución en la ciudad de Alcalá, ha rendido su vida terrenal nada más empezar el año 21 de la esperanza, dos semanas después de haberlo hecho su compañera Pilar Revilla, en el año del lamento.

Curro podía hacer un trayecto a pie de 500 metros en el casco complutense y tardar dos horas, con treinta interrupciones largas por amigos, simpatizantes y otros capítulos humanos. A distancia cercana en metros y saludos se encuentra Bartolo González. La alcaldía, pero no siempre y entre otras cosas, es directamente proporcional a la reverberación del carisma y la influencia social. Pasear con Curro era una liturgia de afecto y lentitud, algo así como hacía Azorín, quien tardaba, según estadísticas, dos horas en descender Serrano desde el número 61 de ABC hasta la plaza de la Independencia.

Salpicado por desgracias familiares de siempre, obtuvo la mejor mano de la partida para la cosa pública. Pero, cuidado, el personaje tenía condiciones inmejorables para el triunfo. Porque tenía capacidad para el ejercicio de la amistad, habilidad para el descubrimiento de los manantiales como zahorí de la cuestión del gobierno y del desarrollo empresas y actividades.

De su singladura plural y densa a lo largo de su vida era capaz de contar un riquísimo anecdotario salpimentado de gracejo y oportunidad. Podía hablarte de Javier Solana como ministro y receloso de la presencia de vehículos mercedes en el aparcamiento del ministerio de la casa de las Siete Chimeneas. Podía hablarte de Emilio Iraola, natural de Villalbilla, con quien departía a media mañana mientras almorzaban a un lado de la carretera cada cual con su porción alimenticia. O del Niño del Acuario, de Torres de la Alameda, campeón del mundo de yo-yó y becerrista de alguna posibilidad artística.

Curro fue alcalde casi un mandato y marchó a la colonización de una dimensión extra complutense, pero sin olvidar jamás sus orígenes y universo cervantino. Labró una colección de fieles entre los ambientes políticos, financieros, de gestión cultural y de irradiación taurófila. Sus ramalazos con la ciudad podrían alcanzar el asunto condueño y su segmentación altruista de defensa del patrimonio histórico, el empujón al mecenazgo para la terminación de cúpulas y fachadas.

Siempre próximo a las labores del tabaco, desde la pipa curva Minuto o similar hasta Montecristo cuatro, pasando por cigarrillos demandados al azar, Curro gustaba de vicios, pero la enfermedad le mantuvo alejado de su intromisión hasta hace no demasiado tiempo. Estuvo en París muchos años de la década de los sesenta, con el paréntesis, como gustaba decir, de “mayo del 68”.  Uncido a la creación con posibilidades del PSOE local de los años setenta, desvió la tradición militar del modo que dice Vargas Llosa, en La ciudad y los perros (“uno es militar por las puras huevas del diablo”; o la costumbre religiosa, como Simone Weil, “la religión es una cosa del domingo por la mañana”.

Lope Huerta desmayó las probabilidades ancestrales para cabalgar sobre el siglo XX con el sello de Alcalá en la frente de las decisiones y de los escaparates institucionales. Se va un hombre muy recordable. Y ello produce una pena objetiva. Los paseos por la ciudad tendrán un ritmo más lamentablemente acelerado.

Las piedras de los edificios singulares “deben ser tocadas”, decía en con motivo de la entrega de la medalla de oro de la ciudad. Las piedras empiezan a ser más pulcras, pero también más huérfanas.

 

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