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Luis Mateo Díez. De la memoria a la imaginación / Por Francisco Peña

Luis Mateo Díez. De la memoria a la imaginación / Por Francisco Peña

La reciente concesión del Premio Nacional de las Letras a Luis Mateo Díez viene corroborar la calidad narrativa de este autor que ha marcado un hito fundamental en la creación literaria española. Mi enhorabuena por ese merecido premio.

Allá por 1989, tras la publicación de la que es, según mi opinión, su novela más conseguida, La fuente de la edad, tuve el placer de dirigir una publicación que abordada el punto de vista creativo de seis autores que se estaban dando a conocer por esa época. Uno de ellos era Luis Mateo Díez.

El libro fue publicado por la extinta Fundación Colegio del Rey con el título “Seis calas en la narrativa española contemporánea” y constaba de una entrevista con cada uno de los autores y un breve estudio de su obra.

La entrevista que disfruté con él es, sin lugar a dudas, una perfecta indagación en el proceso creativo de Luis Mateo Díez, que es como hacerlo en una gran parte de los autores de su época.

Aquí os ofrecemos un extracto de ella. Merece la pena.

Luismateodiez«Voy a empezar a contar mi experiencia como novelista en un tono confesional, directo y llano porque me parece que las evaluaciones más teóricas las hacen mejor los estudiosos, los críticos y los profesores. (…) Hablaré de lo que supuso para mí el aprendizaje de lo imaginario, de cómo enlazan con ello ciertos aspectos vitales y de la condición del escritor como mentiroso.

El entorno rural de la infancia

Haciendo un recordatorio de dónde se inicia mi inclinación de narrador, de dónde surge ese primer estadio que me llevó a fascinarme por lo que es contar historias, inventar mundos —la novela es una obra artística donde el autor inventa mundos imaginarios a través de las palabras, de la expresión literaria— llego a mi propia infancia. (…) Mi infancia se desenvuelve en un valle perdido del noroeste de la provincia de León, el valle de Laciana, en un pueblo que se llama Villablino. Es un valle de quince pueblos con unas características especiales, en el que yo reconozco mi propio escenario. Era un mundo alejado de la realidad porque era un entorno rural de difícil acceso, un mundo muy cerrado, de inviernos muy crudos. Pues bien, en ese valle había una gran presencia de la cultura ancestral y popular, que se había conservado hasta los años 40 y 50, pero que en la actualidad casi ha desaparecido. (…) La presencia en el valle de culturas populares se filtraba desde la noche de los tiempos y era posible por la pervivencia de unas instituciones que tenían cierto carácter ritual: los Calechos y los Filandones. Eran dos tipos de reuniones, en los atardeceres y en las noches, que concitaban a la gente en determinadas cocinas del pueblo con una grata obligación: para consumar el día había que recalar en una de ellas. La gente del pueblo iba a unas o a otras dependiendo de la costumbre o la amistad, lo que da una idea de ese nivel de convivencia, un poco arcaico, que existía. Yo tengo una experiencia infantil muy intensa de esas reuniones, a las que asistíamos los niños, y que es una costumbre muy apropiada para los inviernos duros y fuertes.

En estas reuniones se consumaba el rito de la trasmisión de la cultura oral: se comunicaban las noticias del día, se leía la prensa, generalmente atrasada, y se daba paso al mundo de la leyenda y del romance, lo que pertenece al folclore, lo que está en la memoria de los pueblos.

En este mundo montañés, en León, muy en contacto con la cultura astur y galaica había un gran patrimonio cultural, una sobreabundancia de leyendas y romances, y esto estaba unido a la pervivencia de un habla dialectal, el “pachuezo”, hoy prácticamente perdida. Lo más interesante de esta lengua era su gran abundancia léxica, el acervo exuberante de vocabulario. Yo viví en un mundo de palabras, de raíces antiguas y de gran fuerza expresiva que era normal que fraguara en la memoria de un niño sensibilizado hacia ello. Era tal la abundancia de palabras que, desde niño, tuve la conciencia de que las palabras nombran el mundo que vivimos, de que nombrando un objeto, lo poseemos. Mis paisanos tenían un sentido de la propiedad enorme porque todo tenía nombre; no sólo un prado lo tenía, sino la parte de arriba, la de abajo, etc. Había un entendimiento general en el pueblo, a veces excesivo por exuberante, de que todo estaba nombrado. En este entorno verbal es donde yo siento la inclinación por la hermosura de las palabras. Me encantaba escuchar a alguien que estaba contando, no por la historia en sí, sino también por las palabras que empleaba para contarlo. Esto sería mi primera experiencia de lo preliterario, la primera expresión en la voz del hombre, no para comunicar algo, sino retomando una historia ancestral, hermoseándola. De ahí proviene mi aprendizaje de lo imaginario. He tenido la suerte de aprender, como el hombre más antiguo, que lo imaginario proviene de lo oral y de las grandes tradiciones.

La escuela

(…) Los maestros, en los recreos de los días crudos de invierno, nos leían libros. Recuerdo que la enseñanza de la literatura que yo he recibido en la escuela rural en esos años poco propicios a hacer divagaciones pedagógicas, no tenía apenas elementos informativos o teóricos. Recuerdo no haber leído el Quijote, sino haberlo escuchado. Tengo una referencia oral de la «literatura literaria». Recuerdo la fascinación del mundo imaginario literario con sus héroes y lo que se producía alrededor de ellos.

En mí, por tanto, se compagina el aprendizaje de leer y escuchar; por las mañanas, en la escuela, «literatura literaria», y por las noches, en las cocinas, «literatura oral». Todo aquello me ha dejado un gusto personal por contar historias, por poder recrear mundos y, a la vez. la emoción y el encantamiento que sentía al oírlos (…).

La mentira fabulada

En mi caso particular, todo esto se relaciona con una circunstancia personal que sobrellevé como pude en mi infancia y adolescencia y que, luego, sin embargo, he cultivado expresamente, y es que tenía una propensión especial a la mentira. Yo era un niño mentiroso. La mentira me fascinó con un atractivo intenso. Poder contar algo que los demás se creían, era fabularlo. Las mentiras no eran muy malévolas, pero me crearon fama de celebrado mentiroso en aquellas reuniones.

Tenía entonces la idea de que la mentira pertenecía a mi fantasía personal; luego me he dado cuenta de que la mentira es inocente y la verdad peligrosa. En los tiempos en que he vivido, la verdad era algo inamovible y en su nombre se han cometido actos atroces; sin embargo, la mentira es inocente.

Esta actitud de mentiroso me hizo ser un fabulador. Yo pasaba del ardid de niño con que engañaba a los demás a otro nivel en que no se pretendía un engaño, sino la intención fabuladora. De la mentira cotidiana a grandes fabulaciones fantasiosas. Por este camino me di cuenta de que la mentira tiene mucho que ver con la fábula, y me hice mayor cuando me percaté de que la mentira puede perpetuarse por una técnica: la escritura. De mentiroso me convertí en perpetuador de mentiras, y el modo más noble que hallé fue la narrativa, la novela.

Queda en mí un poco del perspicaz mentiroso que fui y queda también la pretensión de contar la más hermosa mentira, la más hermosa novela, la que todos los novelistas estamos condenados a intentar escribir.

La creación de la novela

Paso ahora a hablaros de mi experiencia vital de la novela. El escritor quiere escribir una novela porque quiere contar una historia. Una historia puede ser algo más o algo menos que un argumento; se pueden escribir novelas que cuenten una historia y no tengan argumento. Yo soy un novelista que necesita que la historia que se me ocurre acabe reflejándose en un argumento, en un proceso narrativo.

Las historias que a un escritor se le ocurren suelen salir de sus obsesiones personales, de su manera de mirar las cosas, de mirar la realidad, de recrearla con su propia memoria y sus sueños. Yo soy un escritor bastante obsesivo —suele ser habitual en todos– y estas obsesiones afectan profundamente a mi vida, hasta tal punto que de vivir la vida y escribir la novela, he pasado, en lo que podría ser una cierta madurez, a escribir la vida y vivir la novela (…). Con esto quiero decir que este intento de crear mundos imaginarios no es algo inocuo o gratuito sino que eso se imbrica en mi propia vida, donde se mezclan el territorio de la realidad y el de la imaginación. Pero para mí esa es una de las vertientes más apasionantes del escritor. La posibilidad de poder crear mundos imaginarios me lleva a poder vivir más allá de lo que se vive, con una intensidad más honda que la propia vida, hasta originar, a veces, una especie de drogodependencia que en muchas ocasiones se hace dura de soportar.

En el proceso de creación de la novela establezco tres situaciones. La primera sería la del planteamiento previo o de entrada. Parto de una idea que ya contiene algo que es posible desarrollar en una historia y con un argumento. Es lo que llamaría una idea narrativa. De aquí surgen los sucesos, situaciones, personajes, etc. Hay un momento, que sólo se delimita por instinto, en que se puede decir si cada idea narrativa dará de sí un cuento o una novela. A veces uno se equivoca y piensa que está manejando una idea de novela para darse cuenta más tarde que sólo es de cuento.

Todo esto pertenece a lo que podríamos llamar la entrada de la novela. En mi caso esto se planifica en un trabajo previo. Yo me suelo comprar un cuaderno, que procuro que siempre sea el mismo –hay que ser muy respetuoso con las propias manías— porque si no, pienso que aquello no va a funcionar, y anoto en él muchas cosas a lo largo de mucho tiempo, con lo que dejo ya la historia construida o vislumbrada. Sobre todo, se perfila ya con cierta claridad el mundo que esa novela va a encerrar. Aquí terminaría la primera fase, aunque en la mente tengo ya toda la trabazón de lo que va a suceder.

Ahora comenzaría la segunda, la de la escritura. El cuaderno es como una puerta que me permite entrar en la novela. Es un momento muy distinto, posiblemente más apasionante, más arriesgado y más lleno de zozobra porque hay que estar eligiendo continuamente. Es un tipo de trabajo, en mi caso, muy laborioso porque soy un escritor muy lento, que rompo mucho de lo que hago y que sigo al pie de la letra aquella frase de Joseph Conrad que decía: «nunca escribas una línea nueva hasta que no estés perfectamente de acuerdo con lo que acabas de escribir». Normalmente, cuando estoy escribiendo ya vislumbro el final de la novela, ya sé cómo va a acabar la historia. A veces también se descubre la frase final con la que se va a cerrar la novela. (…)

Una vez que se llega al final, el escritor sale de ese ámbito, cierra la puerta y ahí está la novela. Ese mundo creado permanece quieto hasta que el lector la despierta con su lectura. Este acto entraña una gran fascinación porque la expresión literaria supone una experiencia insustituible para quien la lee. Cada persona realiza una lectura particular del mundo que allí se ofrece porque la palabra, el juego literario, da pie a que la propia sensibilidad del lector lo recree con mayor libertad que otro tipo de expresiones».

Y ahora, como el autor dice, somos los lectores los que debemos dar vida a sus personajes. Los de La fuente de la edad, quijotescos e iluminados, buscan la verdad eterna de la vida, o sea, un imposible final con un resplandeciente proceso.

 

El pasado 13 de noviembre se hizo público que el escritor Luis Mateo Díez ganaba el premio Nacional de las Letras. El jurado del galardón, concedido por el Ministerio de Cultura, destacó «su singularidad como escritor, heredera de una cultura oral en la que nace y de la que registra su progresiva desaparición»

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