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Luces de Bohemia, de los escenarios al papel / por Vicente Alberto Serrano

Luces de Bohemia, de los escenarios al papel / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

El 31 de mayo de 1968, el director teatral José Tamayo vuelve a elevar un escrito al Ministerio de Información y Turismo en el que solicita la autorización definitiva para intentar representar íntegra la obra de don Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia. Una petición requerida el año anterior a la Junta de Censura que entonces decidió suprimir 902 palabras por su carácter inmoral y subversivo. Valle nunca logró verla montada sobre las tablas. En su época se consideraba una obra irrepresentable por la gran cantidad de escenas y personajes que se manejaban. Durante la dictadura franquista las causas para su prohibición fueron bien distintas. Por todo ello el público español tardaría casi 50 años (hasta 1970) en lograr contemplar sobre un escenario a Max Estrella y a don Latino de Hispalis. En 1957 el grupo ‘Escena Teatro de Ensayo’ se atrevió a presentar Luces de Bohemia a la consideración de la censura para poderla estrenar en una única sesión de cámara en el Teatro de la Comedia de Madrid. Se autorizó esta representación con la supresión de la escena sexta y décima completas y varias frases y expresiones de otras escenas del texto. En 1962 se solicitó permiso para la puesta en escena en régimen comercial. Se concedió la autorización después de que la absurda tijera podadora hiciera importantes recortes en las escenas sexta y décima, además de en otras 14 páginas del texto. El hijo de Valle-Inclán, Carlos, consideró excesivos los cortes y se negó a que la obra se estrenara.

El escenario frente al papel

Entre los argumentos que esgrime la valiente defensa del director granadino, rebate que la obra pueda considerarse inmoral y subversiva, desde el momento en que desde tiempo atrás el texto se vende, en edición popular (Colección Austral de Espasa-Calpe), en cualquier librería a mucho menos precio del que cuesta una butaca en el teatro. Desde su gracejo andaluz y, sobre todo, su experiencia teatral, trata de burlar así la ignorante represión de aquel régimen. Bien sabe él la fuerza que adquiere la palabra encima de un escenario. Si seguimos la lectura del recurso, pronto descubrimos que todos y cada uno de sus apartados contienen una sutil tomadura de pelo, encerrada en párrafos como este: «La primera versión de esta obra apareció en 1920, la definitiva en 1924. Refleja, pues, la situación de una España decadente […] un Madrid absurdo, brillante y hambriento, del que está muy lejos el actual y la sociedad española en que nos hallamos enmarcados…». Se lamenta que una obra –escrita hace casi medio siglo– no pueda representarse en España, mientras que en Francia consideran a su autor un clásico, estrenado en París por el T.N.P. En Buenos Aires bajo los auspicios del Ministerio de Educación argentino, programado en el Festival de Edimburgo y adquiridos los derechos para representaciones en Alemania, Austria, Suiza, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Italia… Al final José Tamayo logró su propósito, cuando por fin el Director General de Cultura Popular y Espectáculos, ante argumentos tan contundentes, que tal vez ni siquiera entendía, autorizó las representaciones.

Cartel y Portada Luces

Cartel de Frederic Amat para el montaje de Lluís Pasqual y cubierta de José María Gallego para la edición de Reino de Cordelia.

 

De Granada al Centro Dramático Nacional

En noviembre de 1970, durante mi época de estudiante en Granada, asistí desde el gallinero del Teatro Isabel la Católica al estreno de Luces de Bohemia, dirigida por José Tamayo. A pesar de la lejanía del escenario los personajes de Max Estrella (José María Rodero) y don Latino de Hispalis (Agustín González) consiguieron impactarme, de pronto me abrieron las compuertas de una dramaturgia rebelde, contundente y necesaria que hasta entonces me había sido vetada. Tan solo con recordar la shakesperiana escena del cementerio, después del entierro de Max Estrella, cuando Rubén Darío y el Marqués de Bradomín se dirigen hacia la puerta de salida. Los dos sepultureros comentan: «En España el mérito no se premia. –le contesta el otro– Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo». Una frase escrita en 1920 que sigue manteniendo su vigencia casi cien años después. Quien me iba a decir que pasado el tiempo, en 1983, me  reencontraría en el Teatro María Guerrero con Max Estrella redivivo y con José María Rodero en primer plano. Ambos de la mano de Lluís Pasqual que, con genial maestría, logró tomar el testigo de Tamayo y remontar un Luces de Bohemia para tiempos más permisivos. Aquel espectáculo de sombras, de una luminosa oscuridad envuelta en la mágica escenografía de Fabià Puigserver, estuvo rodando durante varias temporadas: desde París a Moscú; desde Milán a México D.F. Concebimos entonces una edición del texto con extensa introducción de José Monleón que nos fue vetada cuando ya estaba en máquinas, porque los textos de Valle tenían un contrato exclusivo con Espasa Calpe. Ante tal prohibición, ideamos un catálogo a gran formato con cerca de doscientas páginas y una generosa y didáctica selección de textos preparada por Andrés Amorós que servía para arropar las magníficas fotografías con las que Ros Ribas conseguía explicarnos la función en imágenes. El catálogo alcanzó hasta seis ediciones.

Rodero y Lucena

José María Rodero (Max Estrella) y Carlos Lucena (Don Latino) en el montaje de “Luces de bohemia” dirigido por Lluís Pasqual (foto: Ros Ribas).

 

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Las Luces de José María Gallego

La obra de Valle, hoy ya libre de contratos exclusivos, ha permitido la edición del volumen que acaba de aparecer en las librerías. El dibujante José María Gallego (componente del dúo Gallego & Rey que durante décadas llevan perfilando las aristas más satíricas –y son muchas– de este país, desde sus tiras en distintos medios de comunicación) ha tenido el valor de enfrentarse en solitario con la obra cumbre de la dramaturgia española contemporánea. Se quejaba Tamayo de que se le vetaran escenas íntegras de la función, mientras que el texto se vendía en edición popular. Aunque como experimentado director de escena conocía a la perfección el impacto de una obra como aquella encima de un escenario. La editorial Reino de Cordelia ha publicado un exquisito volumen a gran formato de Luces de Bohemia donde José María Gallego consigue ilustrar con genial maestría la compleja dramaturgia de don Ramón María del Valle-Inclán. En este país de tan pocos lectores, acometer la edición de libros de teatro resulta, cuando menos, una heroica aventura. Si encima se trata de una edición ilustrada, el riesgo es añadido porque aquella mínima porción de espectadores de teatro que aún existe, seguro que guardan en las retinas de sus recuerdos las interpretaciones de José María Rodero, Carlos Lemos y Gonzalo de Castro como inolvidables Max Estrellas o Agustín González, Carlos Lucena y Enric Benavent como geniales don Latinos, dirigidos por José Tamayo, Lluís Pasqual o Lluís Homar. Sin embargo José María Gallego consigue, con sus ilustraciones coloristas y totalmente valleinclanescas, encerrar buena parte del tablado de la farsa entre las sugerentes páginas de este libro. Solo apuntar nuestro desacuerdo con el débil prólogo de Luis Alberto de Cuenca, autor de esta edición. Probablemente porque nos formamos en Valle-Inclán a través de los inteligentes análisis de Alonso Zamora Vicente y aún recordamos el exhaustivo apéndice que preparó Joaquín del Valle-Inclán para la edición de Austral. No se puede definir Luces de Bohemia como: «Una de las novelas (sic) dialogadas más hermosas y divertidas de la literatura universal contemporánea. Luces es teatro, puro teatro y en cuanto a la diversión… tal vez solo desgarro, puro desgarro.

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