Los Invisibles / por Ismael Ahamdanech
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Los Invisibles / por Ismael Ahamdanech

Los Invisibles / por Ismael Ahamdanech

Hace unos años leí un artículo del maestro Miguel Delibes, sin duda uno de los mejores escritores en castellano del siglo XX, en el que exponía una tesis interesante sobre el aborto. Básicamente, venía a decir que la izquierda (o un amplio sector de ella) que, normalmente se había caracterizado por defender a los más débiles, hacía todo lo contrario en el caso de los niños no-nacidos al defender la posibilidad de la interrupción del embarazo.

A fin de cuentas, ¿quién tiene menos voz que un niño que aún no ha llegado a nacer? Yo no quiero hablar aquí del aborto, un tema sobre el que no tengo una opinión definida. Y entiendo que la tesis del maestro parte de un supuesto no todo el mundo acepta, la de que un feto es ya un ser humano.

Sin embargo, hay algo en la argumentación de Delibes en lo que no puedo dejar de darle la razón: el abandono de gran parte de la izquierda de su tarea como voz de los que no la tienen.

Viene esto a cuento de un tuit que leí el otro día, en el que un periodista comentaba que la quema de contenedores no es violencia, sino el grito de quienes no tienen otra forma de ser escuchados. A mí esta retórica de lucha de clases no me pareció demasiado mal, honestamente. Vivimos en una época en la que, por desgracia, determinados discursos vuelven a ser necesarios. Ha habido un aumento de la desigualdad, una polarización de las clases sociales, cada vez hay más personas que a pesar de tener un trabajo no logran salir de la pobreza y que sufren la quiebra del ascensor social… Son todo ellos aspectos que bien merecen, desde mi punto de vista, el regreso a discursos que creíamos olvidados en el cajón de la Historia.

Pero el caso es que seguí leyendo el tuit del citado periodista, que lo era de TV3. Y no, no hablaba de lo que acabo de mencionar. Ni él ni las muchas personas que lo retuiteaban o entraban en la conversación estaban en esa onda. Para ellos, los que no tenían voz eran, sorpresa, los independentistas catalanes. Esos eran los invisibles. Un grupo de gente que controla todo, el gobierno, los medios, las escuelas. Las calles y hasta el uso de la violencia. Muchos de estos invisibles son individuos con rentas altas en una de las regiones más ricas de España. Nada de obreros, nada de familias que tienen problemas para llegar a fin de mes y que necesitan políticas sociales que apuntalen un Estado del Bienestar en ruinas. Nada de los niños, nacidos o no, con menos recursos que han visto cómo sus posibilidades de mejorar sus vidas se han truncado por el desguace de la educación pública. No, de eso, nada de nada. Quienes necesitan el amparo de esta que se dice izquierda son los representantes de un movimiento étnico y excluyente, sin ningún tipo de problemas reales la mayoría de ellos.

Y ahí estamos. Aplaudiendo con las orejas y dando voz a quien ya la tiene de sobra y, además, la utiliza para intentar cortar los cables de solidaridad que deben unir las partes de cualquier Estado habitado por ciudadanos que se suponen iguales. A eso hemos llegado. Por lo menos nos queda un consuelo: el de de saber que, una vez más, el maestro tenía razón.

 

Ismael Ahamdanech es Doctor en Economía por la UAH y autor del libro “El enigma del origen de Cervantes” 

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