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La tarde que llegó la noticia al Café Gijón / por Vicente Alberto Serrano

La tarde que llegó la noticia al Café Gijón / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Dedicado a Rosa Regàs, en el recuerdo de otros tiempos
en los que tanto hablamos de estas cosas.

Con morosa delectación me gusta recrear como debió de transcurrir la tarde que llegó la noticia al Café Gijón. Ocurrió en el crudo, triste y gris invierno del 45. Por supuesto que yo no había nacido. Pero en mi imaginario soy capaz de perfilar más de docena y media de bigotitos afilados envueltos en humo, envidia y miseria. Los machotes de régimen vencedor que, como casi todos los días de la semana, al rebufo de espesas tazas con pésimo café y peor mala leche, seguro se encontraban sumidos en el vano intento de trazar mediocres sonetos garcilasistas o rematar argumentos malogrados para novelas casi siempre fallidas. Embriagados con la estúpida creencia de que con la victoria también ganaron la genialidad. Genios pomposos de ese régimen que pocos años antes, por la gracia de Dios, había organizado su peculiar auto de fe arrojando a la hoguera un sinfín de lecturas perniciosas. Escritores patéticos para un país sin lectores. Atrincherados de aburrimiento entre los veladores de mármol, escudriñando tras las cristaleras, las aceras del Paseo de Recoletos (entonces de Calvo Sotelo) ante el temor de que los buenos escritores regresaran del exilio. Solo Max Aub se atrevió enviar a un limpiabotas mexicano con el encargo de matar a Franco.

cafegijon

Fachada del Café Gijón.

Mujeres sin presencia

Esa lejana tarde de enero, como si se tratase de un retrasado y envenenado regalo enviado por los Reyes Magos de Oriente, llegó la fatal noticia de que el primer Premio Nadal se lo habían otorgado a una mujer, además joven y desconocida. Bien es verdad que desconocidas, fuera del ámbito casero y del confesionario, eran casi todas las mujeres en aquel largo tiempo de silencio. Por supuesto que no tenían presencia alguna en tan petulantes tertulias. Doña Emilia Pardo Bazán, la escritora que mantuvo abrumados a muchos plumillas de otras generaciones, ya no hacía sombra, había muerto mucho antes.

El Premio Eugenio Nadal y César González Ruano

En 1944, el escritor Ignacio Agustí, director del semanario Destino, junto a otros colaboradores de la publicación, concibieron la creación de un premio literario a la mejor obra inédita, empeñados en la idea de descubrir nuevas voces que renovaran el estéril panorama literario español. Lo llamaron Eugenio Nadal, en homenaje al redactor jefe de la revista, muerto prematuramente a los 28 años. A la primera convocatoria solo se presentaron 26 originales y desde semanas antes, los bigotitos afilados se regodeaban en los corrillos del Gijón, porque al parecer era un secreto a voces que el premio ya estaba destinado a César González Ruano, escritor prepotente y peculiar personaje cléptomano de oscuro pasado inmediato en el París ocupado por los nazis, donde consiguió ser encarcelado por la Gestapo por protagonizar hechos sobrecogedores. Pasó un par de meses en la cárcel parisina de Cherche-Midi. Huido de acusaciones bien fundadas, desde 1943 se había refugiado en Sitges. Al enterarse de la creación del Premio Nadal, no dudó en presentarse en la editorial Destino para exigir el anticipo de cinco mil pesetas a cuenta del galardón que él debería alcanzar para: «… contribuir de este modo a darle mayor empaque a los inicios del proyecto con una firma de su prestigio».

Ni siquiera finalista

El escritor de las uñas afiladas no llegó a quedarse ni finalista, lo fue el escritor gallego Álvarez Blázquez, con una novela de significativo título, En el pueblo hay caras nuevas. Al día siguiente de la concesión del Premio, Ignacio Agustí tuvo el valor de presentarse en Sitges para comunicarle a González Ruano en su propia casa, que había triunfado la democracia, porque la ganadora había sido una desconocida joven de veintitres años, llamada Carmen Laforet con una novela titulada Nada. Al parecer, las largas uñas del escritor se debieron encrespar aún más como un gato acorralado, porque desde su frustración se dirigió hacia Ignacio Agustí con actitud amenazante: «Hemos hecho una guerra –él que se mantuvo alejado de la contienda como corresponsal en Berlín y Roma– para acabar con la democracia y ahora la democracia se proclama desde un pequeño premio literario. ¿Es que no sabéis que en España los premios se han dado siempre a los amigos? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el que nos parezca mejor!».

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Carmen Laforet y César González Ruano.

Carmen Laforet hacia la nada

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Nada cuenta la historia, en clave autobiográfica, de una chica de dieciocho años que regresa a Barcelona para iniciar sus estudios de Filosofía y Letras. Acaba de terminar la guerra y se encuentra con una ciudad desolada que ella mantenía mitificada por los lejanos recuerdos de su infancia. Cuando llega al sórdido piso de la calle de Aribau, donde aún residen sus parientes y donde vivió de niña, se le produce el brusco salto desde el ensueño a una realidad, convertida en una visión de pesadilla. Los sombríos tintes de la postguerra, un mundo en descomposición convertido en símbolo de decadencia, no ya solo de una familia burguesa venida a menos, sino de todo un país agonizante. La joven Andrea, inmersa en el mundo maravilloso de sus sueños e ilusiones juveniles, pretende rebelarse, pero pronto descubre que como de una cárcel, de ese entorno familiar, resulta casi imposible escapar. Carmen Laforet consigue romper tópicos y prejuicios, logra que algunos críticos –aquellos pocos que no la denigraron– hablen de Nada como de la primera novela femenina moderna en España. Sería tal vez porque los hechos estaban narrados por una mujer joven o simplemente porque no estaban acostumbrados a esta forma de describir sentimientos después de tanta narrativa triunfal. Sin embargo los dos censores necesarios para su publicación coincidieron en su falta de valor literario y mientras el primero alegaba que atacaba la moral y el dogma católico, el segundo resumía sus conclusiones comentando que solo se trataba de una novela insulsa, sin estilo, por lo que no veía inconveniente en su publicación. A pesar de los maliciosos comentarios que durante mucho tiempo se siguieron enredando entre los malos humos del Café Gijón, que con su “genialidad” característica los misóginos escribientes del local le terminaron llamando el ‘Premio Dedal’ por la cantidad de mujeres que posteriormente lo consiguieron, Nada fue un auténtico éxito de ventas. Lástima que su autora –con el tiempo y las circunstancias– se fuese disolviendo hacia la nada.

Juan Ramón Jiménez y Ramón J. Sender

Desde ese exilio que los prepotentes escritores victoriosos –pero temerosos– trataban de escudriñar a través de las cristaleras de su Café preferido por si el enemigo irrumpía en cualquier momento, le llegaron a Carmen Laforet dos bellísimas cartas repletas de esperanzadora sinceridad. La primera del poeta Juan Ramón Jiménez, que tras leer Nada le escribe para agradecerle: «…la belleza humana de su libro». La segunda del novelista Ramón J. Sender que le aconseja: «Conserve siempre ese dominio de la realidad, esa visión directa, sencilla y asombrosamente humilde –es la humildad la que hace el milagro– de su Nada que releo y admiro». Carmen Laforet y Ramón J. Sender mantuvieron posteriormente una intensa correspondencia; leída hoy, desde la distancia, nos abre muchas claves de la dificultad de la creación literaria, cuando se veía rodeada de tanta envidia y prejuicios. Las cartas se publicaron en 2003, por la editorial Destino con el título Puedo contar contigo. Correspondencia, en edición a cargo de Israel Rolón Barada. Un ejemplar para apoyar cualquier tarde en la barra del Café Gijón mientras se pide una caña y observamos el panorama desolador, ya vacío de todos aquellos que se fueron sin haber llegado.

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