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La plaza de Colón y y la perspectiva de Casado / Por Antonio Campuzano

La plaza de Colón y y la perspectiva de Casado  /  Por Antonio Campuzano

El 10 de febrero de 2019, en una base de mármol del monumento al Descubrimiento de América, de Joaquín Vaquero Turcios, en plena plaza de Colón, en una fría mañana, en la cercanía de la bandera más hermosa, longitudinal y superficialmente hablando, la de España, allí ondeando con sus 294 metros cuadrados y 50 metros de altura de su mástil, se hacían una foto los representantes más granados del magisterio político de la derecha española. Todo ello después de la manifestación por la unidad de España y la necesidad de convocatoria de elecciones generales.

La unidad de España es un término más químico y gaseoso y discutible que la convocatoria de elecciones, como demuestra que las elecciones demandadas se celebraron dos meses y medio después y la unidad de España sigue consumiendo papel prensa y minutos de programación audiovisual. El centro de la imagen lo aprovecha íntegramente Pablo Casado, pertrechada su espalda por actores del PP ahora secundarios como Javier Maroto y Dolors Montserrat, uno en el Senado tras demostrarse su histórica relación con Sotosalbos, municipio de Segovia con una población en ascenso hasta llegar a la cifra de 113 habitantes según datos de 2018; la otra, europarlamentaria y alejada por tanto de la calle Génova. A la izquierda de la imagen, aparece despistadamente ubicado junto a las gentes de Vox, José Luis Martínez Almeida, con una bufanda con los colores nacionales, que seguramente ocultaban otra con la identidad del Atlético de Madrid. Su candidatura a la alcaldía todavía era muy reciente y caminaba por allí con poca fe y mucho frío. Al parecer hubo disensiones sobre quién subía y en qué orden y Teodoro García Egea y Adolfo Suárez Illana no llegaron a tiempo a los peldaños. La única corbata del escenario es la de Pablo Casado. Las corbatas inexistentes hubieran podido guarecer del fresco a Abascal, Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio y Ortega Smith, que ocupaban la derecha desde el ángulo de visión de Casado y del PP en general, ahora con mucho mejor perspectiva. La única bandera nacional del fresco la porta Monasterio, naturalmente pequeña en comparación con la hermosa de anterior mención. A la izquierda de la facultad de visión de Casado, saltando algunas presencias excéntricas y concéntricas de personas de UPyD y Foro Asturias, quizá alguna más, se encontraban las gentes de Ciudadanos, con su faro de aquel entonces, Albert Rivera, muy seguro de su pertenencia al futuro en aquel entonces y más consolidado aún con la cercanía berroqueña del mármol y del adoquín de la plaza, tan utilizados por su asesores en los debates de máxima audiencia. Ignacio Aguado y Begoña Villacís están a su lado, como seguros de la pinza contra la izquierda, media sonrisa la de ambos, ninguna sonrisa la de Juan Carlos Girauta, como maliciándose el futuro, como si esa foto ya fuera un arma cargada de pésimo futuro. Rivera fue el primer peso pesado descabalgado de la pose tranquila de la imagen para serenarse en la obligada serenidad más estrepitosa que los tiempos acuñaron, la del fracaso. Cierto que le quedan las paternidades y los libros de memorias y la compañía siempre agradable de Bertín Osborne, quien apenas le conocía entonces pero seguro que tenía referencias por los padres o las madres.

Pablo Casado, en su lento y abrasivo itinerario hacia el centro del tablero de aquel friso de la derecha, contó con las catástrofes electorales que terminaron con Rivera en los brazos de Malú y del presentador de Jerez de la Frontera. Pero ahora ha tenido que tirar de profundidad en matrimonio civil con la habilidad parlamentaria ganada con una formación ajena a los masters que amargaron poquitín su desarrollo. Casado ha dado un puñetazo en la mesa del atril del Congreso de los Diputados, que es siempre mejor que darlo en el tablero de las relaciones internacionales.

Se avecinan contiendas numerosas por saber quién ocupa el cetro de la “derechita cobarde”, pues Casado se puso la corbata en Colón y ahora también en la moción de censura. Abascal iba a cuerpo en Colón, fiel a la demostración torácica y al tallaje de camisas un punto por debajo de la media. “Su botón”, le dijo Franco después de una audiencia al general Rodrigo al recoger lo que se había desprendido de la guerrera de tan apretado como estaba, como lo cuenta Fabián Estapé en sus Memorias. Casado le ha dado el botón a Abascal. A partir de ahora, el morrión, el casco de los tercios que tanto gusta a Abascal, puede salir a relucir en cualquier momento, máxime cuando hace falta en Andalucía y en Madrid, lugares de culto de Vox, donde su concurso es justo y necesario. La izquierda, siempre tan desunida, resulta que ahora no lo es tal. La derecha triple parece ahora más desmembrada que nunca, cuando Casado la quiere concentrada como el caldo de “Avecrem”, la exaltación de Mariano Rajoy que terminó con los ocho años de Zapatero.

Las borrascas de la cornisa cantábrica de Abascal siempre han asolado las costas de China, de Soros, de los gobiernos social-comunistas, de la Unión Europea a la que hay quien se juega que terminará llamándola “puta”. Pero no se adivina bizarría en Abascal para asediar el Partido Popular, quizá porque resulta de gran fealdad escupir sobre la mano que te dio de comer durante tres quinquenios, tres. El quinquenio todavía es un complemento salarial.

 

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