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La inmensa valla a prueba de conejos de Australia / Por Manuel Peinado

La inmensa valla a prueba de conejos de Australia / Por Manuel Peinado

El pasado viernes 6 de abril, mientras me entretenía escribiendo sobre Cervantes y la libertad de las mujeres, escuché en la radio que un grupo de enfurecidos agricultores castellano-manchegos intentaron asaltar las Cortes regionales en airada protesta contra una plaga de conejos que, según dicen y no pongo en duda, es extremadamente dañina para las cosechas. Cosas del comportamiento humano. Durante décadas, agricultores, ganaderos y cazadores se han esforzado por exterminar con pólvora, cepos, venenos, artimañas innúmeras y no pocos artefactos a las denominadas “alimañas” de pelo y pluma que controlaban las poblaciones de conejos. Aquellos polvos exterminadores han traído estos lodos lagomórficos.

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Carteles como este se colocan a modo de hitos a lo largo de la valla a prueba de conejos. Este está situado en la milla 40 de la valla 2.

Como nos enseñaron en la escuela, es probable que Hispania, la raíz latina de la que ha derivado España, proceda a su vez de la denominación que los fenicios dieron a una tierra rica en conejos. En el más que improbable caso de que los fenicios arribaran hoy a las costas australianas, la isla continente sería hoy otra Hispania.

Hasta 1788, los conejos no se conocían en Australia porque, como es sabido, si algo falta en las Antípodas son los mamíferos, carencia que suplen con la abundancia de sus parientes marsupiales. Ese año se introdujeron por primera vez en Australia para aprovechar carne y piel, pero convenientemente enjaulados en conejeras. No había ningún problema (salvo para los conejos, claro). Pero hete aquí que un colono inglés, Thomas Austin, tuvo una ocurrencia. ¿Por qué no soltar aquellos animalitos corredores y saltarines para solaz y entretenimiento propio y de sus invitados?, se dijo el ocioso hijo de la Gran Bretaña. Dicho y hecho.

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La valla se pierde en la inmensidad del árido bushland australiano.

Una mañana de octubre de 1859, Austin, que pretendía hacer caja con su recién inventado coto de caza, liberó veinticuatro conejos salvajes en su finca. Cuando sus alarmados vecinos denunciaron una nueva plaga que estaba arruinando sus cosechas, Austin declaró que él había pensado que la introducción de unos pocos conejos causaría poco daño y daría cierto toque británico en recuerdo de su madre patria (los conejos abundan en la pérfida Albión), además de sacar un dinerillo con su conejil cazadero.

No calculó bien, aunque –todo hay que decirlo- si Austin quería conejos tuvo conejos, demasiados conejos. Los recién llegados, sin apenas depredadores y con toda la hierba del mundo para comer, se sintieron como un grupo de hooligans ingleses en Manacor: se convirtieron en una peste. Austin no calculó bien la capacidad reproductiva de sus inquilinos. Gracias al crecimiento exponencial, los veinticuatro conejos de Austin se habían convertido entre 1859 y 1887 en unos veinte millones, sin tener en cuenta los cazados. Un hábitat favorable, la abundancia de alimentos, la falta de un enemigo natural y la gran velocidad con la que se reproducen, causaron la difusión más rápida de un mamífero jamás observada en el mundo. Por si eso fuera poco, y para mayor fortuna de los conejos, Australia resultó ser el lugar ideal para procrear.

Los conejos generalmente dejan de reproducirse en invierno porque los gazapos, además de ciegos, nacen sin pelo y, por lo tanto, son susceptibles al frío. Pero los inviernos en Australia son suaves, por lo que podrían seguir dándole que te pego durante todo el año. Y por pura suerte (para los conejos), el mestizaje entre las dos variedades de conejos introducidas por Austin acabó por crear una raza particularmente resistente, vigorosa y rijosa. En diez años, sus poblaciones alcanzaron cifras tan altas que incluso después de atrapar, envenenar y disparar hasta dos millones de conejos al año, no se observó ningún efecto notable en su población.

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Mapa con las tres fases de la valla.

En 1887, las pérdidas por el daño causado a los conejos fueron tan grandes que la Comisión Intercolonial del Conejo ofreció un premio de 25.000 libras “a cualquiera que pudiera demostrar una forma nueva y efectiva de exterminar a los conejos”. A principios del siglo XX la plaga era de tal magnitud que en amplias zonas del país la vegetación herbácea había sido arrasada y numerosas especies de herbívoros nativos estaban en grave peligro de extinción por falta de alimento. Había que hacer algo. Las autoridades se pusieron a cavilar.

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Carromato habilitado para el mantenimiento de la valla. Hacia 1926. Cortesía de la State Library of Western Australia.

En la década de 1920, la población de conejos alcanzó un pico de 10.000 millones de individuos, una verdadera peste que empujó a las autoridades australianas a organizar iniciativas de todo tipo para luchar contra la plaga bíblica. Empezaron con importar a sus enemigos naturales: los zorros. Estos, sin embargo, descubrieron que cazar a los lentos marsupiales nativos, como los ualabíes, era mucho más cómodo y dejaron en paz a los rápidos conejos. Los zorros también se reprodujeron de forma espectacular y, entre otras cosas, empezaron a cazar muchas especies de confiadas aves nativas. La disminución progresiva de las aves hizo aumentar el número de insectos dañinos para los árboles y los eucaliptos. Los australianos entonces decidieron salvar a los eucaliptos disparando a los koalas, responsables, en su opinión, de la desaparición gradual de los bosques. Se arrepintieron a tiempo, justo antes de exterminarlos a todos.

La desesperación llegó a adoptar soluciones drásticas, como la invención de la mixomatosis, que causó y sigue causando problemas. Pero esa moderna técnica biotecnológica empezó a fraguarse en la década de 1950. Antes se intentaron soluciones más campestres. ¿Qué tal una malla conejera?, se le ocurrió a un abnegado funcionario. Las agobiadas autoridades se pusieron manos a la obra. Los fabricantes de alambre se frotaron las manos.

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Las fábricas de mallas conejeras hicieron su agosto. Nave de fabricación de la Lysaght Bros Wire Works, de Sydney, que recibió en 1902 el encargo de fabricar 700 km para la valla nº 1. Cortesía de State Library of New South Wales.

En 1896, el Subsecretario de Tierras de Australia Occidental envió al inspector Arthur Mason al sudeste, hacia la frontera con Australia del Sur, para que informara sobre la población de conejos. Mason sugirió que se construyeran una serie de vallas, una a lo largo de la frontera con Australia del Sur y otra al oeste. La Comisión Intercolonial del Conejo decidió en 1901 que se construyera una gigantesca cerca. La construcción comenzó ese mismo año, y durante los siguientes seis años, se erigió una barrera de 1.824 kilómetros que se extendía desde la costa sur hasta la costa noroeste, a lo largo de una línea al norte de Burracoppon, a 230 kilómetros al este de Perth. Cuando se completó en 1907, era la cerca más larga del mundo.

Hoy en día, la Rabbit Proof Fence (Valla a Prueba de Conejos), una endeble cerca de alambre de 3.256 km se extiende de norte a sur a través de Australia Occidental, dividiendo todo el continente en dos partes desiguales. Para que se hagan una idea cabal: si usted se desplaza de Madrid a Moscú en avión recorrerá 3.427 km. Desgraciadamente, mientras se levantaba la primera valla, los conejos seguían a lo suyo: migraban hacia el oeste reproduciéndose como lo que eran. Para contener a los nuevos sin papeles, se erigió una segunda valla (astutamente llamada valla nº 2) un poco más al oeste de la nº 1. La segunda valla tampoco es moco de pavo: se extiende 1.166 km desde Point Ann en la costa sur, más o menos paralela a su hermana mayor. Finalmente, se construyó una tercera valla, la valla nº 3 (ya ven que para poner nombres no eran muy originales), más modesta, que se extiende a una corta distancia de 257 km de su unión con la segunda hasta alcanzar la costa. Los conejos, ni caso.

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Este hito señala el punto donde se inició en 1901 el tendido de la valla conejera 1. Desde ese punto, el tendido se dirigió por el sur hasta Esperance y por el norte hasta Port Hedland.

Sobre la tumba de Austin no crecen hoy las flores porque se las comen los descendientes de sus orejudos invitados, aunque la población conejera se haya mantenido relativamente bajo control mediante la liberación deliberada de ciertos virus en la naturaleza. A pesar de la adopción de nuevas tecnologías, la valla sigue desempeñando un papel importante en la protección de los medios de vida de los agricultores, en especial frente a dingos, zorros y emúes. Pero esa es otra historia de la que me ocuparé otro día.

© Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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