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La coalición / Por Antonio Campuzano

La coalición  /  Por Antonio Campuzano

El antagonismo entre izquierda y derecha se ha presentado con todo su esplendor esta semana en el Congreso de los Diputados. Ese lugar común que se abre paso con mucha facilidad entre los taxistas y los cuñados más avezados que consiste en negar las diferencias -se suele adornar con el añadido de “hoy en día”-, entre izquierda y derecha, ha saltado por los aires en la Carrera de San Jerónimo.

Hay derechas nacionales, PP, CS y Vox, derechas homologadas pero con tinte nacionalista, PNV y JxC, entre las más significadas, lo que no quiere decir que entre las nacionales y las nacionalistas exista empatía y mucho menos simpatía en la mayor parte de las ocasiones en que se encuentran ideológicamente. Lo de los territorios encabrita de tal manera el entendimiento de la economía y el reparto de la riqueza entre estas derechas tan difíciles de homologar que solo especialistas podrían decir que vienen del mismo cordón umbilical. Luis María Anson lo decía cuando dirigía ABC, pero ya no se encuentra en su memoria, pese a la voluntad del reseteo.

Apareció Pablo Iglesias, en eso llegó Fidel que decía la canción de Carlos Puebla, “se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar”. Los integrantes tres, los tres integrantes, reparten sus simpatías entre el presidente interino Sánchez y el secretario general Iglesias con muy parecida desgana y comprensión hacia quienes no piensan como ellos, pero en cambio han cosechado más de once millones de votos. Es igual, es idéntico, la razón de esos once millones de votos solo se puede perfilar como los de la Anti España. Hasta ahí todo cabe dentro de la normalidad, solo Rivera hubiera podido cambiar el tono del estribillo hasta terminar con un eufónico “con Rivera, sí”. Pero, en este momento, en este preciso instante, en terminología deportiva, el propio Pedro Sánchez goza de unas dudas que no pueden serle jamás aprovechables para su digestión de estadista. Ochenta días después de las elecciones ha quedado meridiano y “greenwich” que la estabilidad institucional no está entre las preocupaciones de los tres que “cabalgan juntos”, tanto en Andalucía como en galopes en Murcia y en Madrid, como parece son ya ensayos generales.

La opción del partido en el Gobierno es Podemos, ahora con adjetivo en género femenino, con ayudas benevolentes por parte de algunos nacionalistas. Prácticamente los mismo que participaron con rapidez y solvencia en mayo de 2018 para la fabricación de una moción de censura que sería la devolución de pelota a una condena del PP como institución colectiva por conducta delictiva, que no es poco. Pero las dudas de Sánchez resultan de un empobrecimiento colosal de las ideas de las derechas y las izquierdas. La negación a participar en el juego de partidos a Podemos desnaturaliza de tal manera el sustrato constitucional en la existencia de las formaciones políticas que dan ganas de comparar esto con una competición deportiva en la que estuviese al Mirandés prohibido al Real Madrid en el Santiago Bernabéu, por la estabilidad del negocio.

Todos hacemos campaña, todos tenemos papeletas en las mesas electorales, pero no todos podemos formar gobierno, si bien Psoe y Podemos militan en el terreno de la izquierda, lo que pudiera hacer pensar que la amistad es una virtud que hacen bien en cultivar. Pues no señor, no es así. A menos que se tenga mucha confianza en la climatología electoral de noviembre, exactamente en la fecha número diez del mes, ignorar a Podemos como alternativa al otoño puede resultar de una incertidumbre enorme. Y claro, pretender, como parece lo hace el presidente Sánchez, domesticar a Pablo Iglesias con abalorios distintos y encima entregados a fieles del líder de Podemos, nada a él en persona, es conocer poco la estructura ósea del personaje.

La calidad disidente de Iglesias está siendo muy probablemente amplificada: nada mejor contra el oleaje de la revolución que tomar el mando de la nave antes necesitada de la revuelta. Se está en la onda de enfatizar a Iglesias como hiciera con su verbo luminoso Octavio Paz, en El prisionero, recogido en “Libertad bajo palabra”: “Cometa de pesada cola fosfórea:razones-obsesiones,/atraviesas el siglo diecinueve con una granda de verdad en la mano/y estalla en nuestra época”.

 

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