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Jacques Tati, un tío tan cercano / por Vicente Alberto Serrano

Jacques Tati, un tío tan cercano / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

En este pueblo ­–con título de ciudad–  a comienzos de los sesenta casi todo el mundo iba en bicicleta, a excepción del cura y el practicante que poseían flamantes velosolex. La velosolex fue un artilugio que vino a desquebrajar cualquier resquicio posible a una explicación lógica de las leyes de la aerodinámica. El secreto de la ‘bici-moto’ consistía en liberar de su presilla, sobre la rueda delantera, un depósito parecido al de las arcaicas cocinas de petróleo. A partir de ese momento se producía el milagro, porque entonces el privilegiado conductor, olvidándose de los pedales, atravesaba de golpe el umbral del futuro, o al menos así lo creía cuando entraba en el vertiginoso y prometedor mundo del motor, que era tanto como decir que se había precipitado por el tobogán del progreso.

Al otro lado de la frontera

La primera vez que pisé suelo extranjero fue a través del puente internacional de Hendaya. Mi hermano mayor me pasó a Francia de modo casi clandestino. La emoción fue parecida a cuando vi por primera vez el mar. Al otro lado de la frontera existían realmente aquellas chicas que aparecían en la revista Salut, les copains. Eran auténticas silvies vartans y françoises hardys de melenas al aire, que galopaban en brillantes velosolex adornadas con alforjas de cuero a cada lado del sillín trasero. En nada se asemejaban a don Manuel ni a don Fernando, el cura y el practicante del pueblo –con título de ciudad– donde transcurrió parte de mi infancia y adolescencia. A partir de ese momento acerté a descubrir que existían otros mundos, pero que desgraciadamente aún no estaban en éste.

Tati cartel y libro

Cartel original de la película “Mi tío” y cubierta del libro “Jacques Tati” (Edición de José Miguel Ganga).

Mi tío en un cine de verano

En la tórrida noche de un cine de verano apareció mi tío Jacques Tati a lomos de su velosolex para invitarme a razonar sobre un mundo que iniciaba su descomposición. Confieso que entonces no capté el mensaje, pero que me identifiqué plenamente con su sobrino, coprotagonista de la película. Venía a tener la misma edad que yo en ese momento y se enfrentaba al mundo de los adultos con gamberradas inofensivas tan  parecidas a las mías e idéntico desencanto. Descubrí entonces que la estética de aquella película poseía la misma magia que la línea clara de los álbumes de Tintín. Es posible que por eso se haya mantenido en mi memoria durante tantos años.

Y en esto llegaron Truffaut y Godard

Pasó el tiempo, dejamos los juegos y crecimos a golpe de lecturas y películas. Con mi amigo Pepe Ganga descubrimos el mundo del joven Antoine Doinel, que leía a Balzac y escuchaba música de jazz; y a Pierrot Le Fou, que desentrañaba los secretos de la pintura de Velázquez sumergido en la bañera, leyendo uno de aquellos manuales de la colección ‘Le livre de Poche’. Libros que convertimos en manuales imprescindibles con los que adentrarnos en un mundo que nos venían negando. Personajes de Truffaut y Godard, hermanos mayores del sobrino de Tati que nos invitaron a revisitar Mon oncle y fue entonces cuando captamos íntegro el mensaje del “tío” del ciclomotor.

Un progreso cuestionado

Francia, tras el traumático descalabro de la Segunda Guerra Mundial, aceleró el motor para recuperarse, pero sobre todo para alcanzar lo más rápidamente posible ese ansiado y envidiado estado del bienestar que les mostraba con descaro la sociedad norteamericana. Tal vez sin detenerse demasiado en observar y entender a aquellos que preferían quedarse en la cuneta ante el vértigo de tanta velocidad. La lírica de Jacques Tati, sabia combinación de Chaplin y Buster Keaton con acento francés, nos supo regalar una de las más poéticas declaraciones de amor a la tradición, a través de una sátira sutil, elegante y entrañable a un progreso que, con los primeros signos de tecnología y absurdos conceptos arquitectónicos, amenazaban con la despersonalización y  la deshumanización; observadas a través de la mirada de un niño y su tío que asisten impotentes al desmoronamiento de un París, hasta entonces ciudad con férrea vocación de pueblo.

Mi tio 2

Tío y sobrino, paseando por París, a lomos de una velosolex.

Aprender francés a golpe de correa

Sin embargo nosotros mirábamos a Francia con envidia desde este lado absurdo y gris, mientras que el director de un colegio de pago, se empeñaba en enseñarnos la lengua de Molière al ritmo de sádicos golpes de correa sobre nuestras espaldas. En un tiempo que parecía arrancado del oscuro medievo, era lógico que añorásemos la limpieza y claridad que mostraba aquella película emblemática, porque todas nuestras simpatías se volcaban entonces como ahora sobre “mi tío”, el de la velosolex, al que nos gustaría presentar a todos aquellos que en nombre del progreso y el bienestar han convertido, con sospechosa ambición, nuestros pueblos y ciudades, en incómodas colmenas rodeadas de coches por todas partes, menos por una que nos une directamente a la deshumanización.

Tati en Alcalá

Coincidiendo con la undécima edición del Festival de Cine de Alcalá, allá por 1981, se inició una colección de libros. El primer título fue  Jacques Tati, en edición del director de cine José Miguel Ganga. En él se recogían estudios de Miguel Marías, Geneviere Agel, Claudie Beytie y Esteve Riambau sobre el director francés, así como una extensa entrevista sobre su peculiar modo de hacer cine. Posiblemente agotado, este libro se ha convertido en un preciado fetiche,  ya que contiene un material imprescindible para el conocimiento de director y actor tan peculiar.

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