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Ida Vitale y Max Aub en el exilio mexicano / por Vicente Alberto Serrano

Ida Vitale y Max Aub en el exilio mexicano / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

La derrota de los republicanos en la Guerra Civil, llevó al escritor Max Aub –como tantos otros– a iniciar un penoso peregrinaje hacia el exilio. Tras su detención en París sufriría las terribles privaciones del campo de prisioneros de Vernet d’Ariège. Mas tarde, desterrado a Marsella, sería detenido de nuevo y deportado al campo de Djelfa en Argelia. El 10 de septiembre de 1942 logró embarcarse en Casablanca rumbo a Veracruz. En el número 5 de la recoleta calle Euclides en la capital mexicana, establecería su domicilio definitivo y desde allí reanudaría su fructífica labor creativa, truncada por la guerra. A partir de 1959 y hasta 1968, con la llegada de cada nuevo año, felicitaba a sus amigos con el envío de una página tabloide (50 x 38 cms). Impresa a dos tintas, contenía un juego malabar de tipografías en sus titulares. Simulaba la portada de un periódico conservador (sic) titulado El Correo de Euclides. Conocí todos sus números, enmarcados y colgados en las paredes de la cocina de Solita Salinas y Juan Marichal en su piso de la madrileña calle Caracas, cuando regresaron del exilio. Sorprendido por la abundancia de tan peculiares titulares, Solita –si yo ni siquiera preguntar– me aclararía con aquella dulce sonrisa: «¡Las cosas de Max!».

En el barrio de Anzures

En uno de sus poemas más recientes Ida Vitale (Montevideo, 1923) traza un verso que se nos antoja lo suficientemente definitorio para ayudar a adentrarnos en su tan sugerente y personal universo literario: «Caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo». Más de treinta años después de la llegada de Max Aub al céntrico y discreto barrio mexicano de Anzures, Ida Vitale y su marido, el escritor Enrique Fierro, iniciaron también el camino del exilio ante el temor de la represión de las Fuerzas Armadas tras el golpe de estado perpetrado en su tranquilo país en junio de 1973. La pareja terminará estableciéndose en el mismo barrio de Anzures, en la calle Shakespeare, a pocas cuadras de aquel emblemático número cinco de la calle Euclides, desde el que ese: «…señoruco que ni siquiera era español –según Francisco Umbral– sino un viajante de comercio suizo que llegó a España y se quedó» con una prosa menospreciada por la suficiencia consentida del pomposo escritor vallisoletano, consiguió recomponer El laberinto mágico y describirnos, desde la distancia, a través de seis novelas sobrecogedoras, el friso de la barbarie de aquella Guerra Civil.

periodico Max Aub

Uno de los ejemplares de “El correo de Euclides”, de Max Aub (Archivo VAS).

La poética de Ida Vitale

La concesión del Premio Cervantes a Ida Vitale, ha vuelto a permitirnos dirigir de nuevo la mirada hacia Montevideo. En nuestra ya tan lejana adolescencia Isidore Ducasse, el enigmático Conde de Lautremont, consiguió perturbarnos con aquellos Cantos de Maldoror (Ed. Visor). Más tarde el no menos inquietante Juan Carlos Onetti nos descubriría el territorio de Santa María. Ahora se nos ofrece la oportunidad de asombrarnos con la poética de Ida Vitale. Al parecer afirmaba Álvaro Mutis que envidiaba al lector que comenzase a descubrir su obra poética, pues «…le espera un placer que no se sospecha». Efectivamente, acabamos de sentir ese placer insospechado al recorrer, por vez primera, las páginas de su Poesía reunida (Tusquets Ed.). Aurelio Major preparó hace un par de años esa antología indispensable que ya conoce una tercera edición. Siguiendo el criterio de la propia autora, las páginas del libro se articulan en un orden cronológico inverso que nos adentra en una rigurosa e intensa selección de poemas, algunos parece ser que retocados y pulidos a lo largo de décadas. Se inicia con los más recientes, aquellos titulados Antepenúltimos, para acabar con los versos contenidos en La luz de esta memoria, publicado en 1949. Setenta años nos contemplan. Tanta intensidad esparcida en tan larga vida, nos hace: «Caminar [leer] despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo».

Cubiertas Ida

Cubiertas de dos recientes ediciones de Ida Vitale, fundamentales para descubrir a la autora.

Shakespeare Palace

Cercana ya la fecha en la que Ida Vitale agradecerá a Cervantes este reconocimiento desde la tribuna del Paraninfo alcalaíno, ha querido adelantarse con un generoso regalo; como solía hacer Max Aub en otro tiempo con su Correo de Euclides. La editorial Lumen acaba de publicar Shakespeare Palace, un volumen que no se ajusta a los límites de libro de memorias. Se trata –como los subtitula la autora– unos Mosaicos de mi vida en México. «Que la gratitud y los afectos no sean inexorables cenizas», declara al final de la introducción a esta visión tan lucida con la que envuelve los recuerdos de aquellos años de exilio compartidos con Enrique Fierro. Transmitidos con ese maravilloso lenguaje poético y sobre todo con un optimismo contagioso. Unos recuerdos amontonados, sin un hilo conductor cronológico, pero recuperados de la memoria con la gratitud a todos aquellos que le ayudaron a sobrellevar y hacer tan agradable su estadía en tierras mexicanas. En homenaje a aquel tranquilo barrio de Anzures, titula su obra con el nombre de Shakespeare, la calle donde terminaron recalando para tan largo exilio, a la vez rodeada por otras vías con nombres tan significativos como Goethe, Descartes, Bécquer, Milton, Víctor Hugo… Sin embargo en estas páginas ella evoca a esos otros autores con los que compartió vivencias, en un intento por tratar de conseguir que las ausencias sean imborrables en el tiempo. El recuerdo a la bondad generosa del gran poeta Tomás Segovia, su admiración hacia Octavio Paz, la descripción de la insólita aparición de Juan Rulfo, la inesperada magia de Juan José Arriola, aquella peculiar colaboración literaria con García Márquez o su curiosa relación con su vecina Elena Jordana, creadora de las Ediciones del Mendrugo donde llegó a publicar, entre otros, a Nicanor Parra, Octavio Paz y Rafael Alberti. Pero aparte nos queda por destacar aquellos capítulos que se convierten en divertidos apuntes de la vida cotidiana en la gran ciudad: sus aventurados viajes a bordo de un desvencijado Volskwagen, su decepción en la Plaza Río de Janeiro ante la réplica del David de Miguel Ángel, y también todos y cada uno de los agudos bocetos que traza de la gente anónima que se amontona en los transportes públicos, que protagoniza el endiablado tráfico o pueblan los patios de vecindad. Una obra de lectura imprescindible, porque creo que sirve para conseguir perfilar a su autora, desconocida hasta ahora por muchos de nosotros, y adentrarnos en su mundo poético con mayor seguridad en el convencimiento de conseguir disfrutarlo con placer, como auguraba Álvaro Mutis.

La foto de Daniel Mordzinski

Abusando de su generosidad y de una reciente amistad, me hubiese gustado ilustrar este artículo con una de las fotos que Daniel Mordzinski le realizó a Ida Vitale, aquella en la que la autora sostiene una pajarita de papel en la mano. Pero no me atreví a pedirle permiso, abochornado por el trato que el genial retratista de escritores ha estado recibiendo en esta ciudad por ciertos gestores culturales a lo largo de todo un año, tan solo por reivindicar el pago de su trabajo. Me refiero a aquella magnífica exposición titulada Centroamérica Cuenta del pasado año, con motivo de la concesión del Premio Cervantes a Sergio Ramírez, en la que Daniel inundó las paredes de la Capilla del Oidor con las imágenes de algunos de los más destacados escritores iberoamericanos. En la página 17 de Poesía reunida (Tusquets Ed.), Ida Vitale le dedica un poema a Daniel Mordzinski con el título: ‘Foto con pajarita de papel’: «Entonces vino a mi mano / que sin labor se engreía, / para la fotografía, extravagante y expresa / de Daniel la gran sorpresa / que instantánea me depara, / esa pajarita rara…». Entiendo que son dos maneras muy distintas de homenajear a los galardonados con el Premio Cervantes.

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