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Gagarin y Komarov: Auge y caída de dos cosmonautas / Por Manuel Peinado

Gagarin y Komarov: Auge y caída de dos cosmonautas / Por Manuel Peinado

El pasado 27 de marzo se cumplieron 50 años de la muerte del cosmonauta ruso Gagarin, el primer gran héroe de la Gran Carrera Espacial librada por Estados Unidos y la extinta URSS. Entre las muchas referencias de prensa, no he visto una fundamental: Gagarin pudo haber muerto un año antes de no haber mediado la lealtad de su amigo Vladimir Komarov.

Komarov

El cosmonauta soviético Yuri Alexéievich Gagarin se convirtió en el primer hombre en dejar la atmósfera terrestre para aventurarse en el espacio; fue el primero en ver el planeta como una hermosa esfera azul reflejándose en sus luminosos ojos del mismo color. Su viaje a bordo de un cohete ruso Vostok duró sólo 108 minutos en los que alcanzó la belleza suma y la felicidad. Valió la pena. Al final de aquella expedición iniciática, el valiente coronel Gagarin se había convertido en el hombre más famoso del mundo. De vuelta a la Tierra, su cara sonriente enmarcada en el casco con las grandes letras CCCP en rojo capturó los corazones de millones de personas de todo el mundo. De Europa a Japón, de la India a los Estados Unidos, personalidades de todo el mundo compitieron para estrechar la mano de aquel héroe que había descendido de los cielos.

Collage_KOmarov

A pesar de esta inmensa fama, poco se sabe acerca de Gagarin o de las personas excepcionales que estuvieron detrás de su espectacular vuelo espacial. Ese es el principal bagaje de Starman: The Truth Behind the Legend of Yuri Gagarin, (Starman: la verdad detrás de la leyenda de Yuri Gagarin) de Piers Bizony y Jamie Doran (Bloomsbury, 2011), un libro que narra la odisea personal de Gagarin, su trayecto vital de campesino a icono internacional, su posterior declive personal cuando el personaje empezó a sepultarse bajo las presiones de la fama y su desilusión final con el régimen soviético. El empeño del presidente Kennedy para poner un estadounidense en la Luna fue una reacción directa al triunfo de Gagarin, un hombre que, envejecido cuando apenas contaba treinta y cuatro años, ya había fallecido  en un accidente aéreo cuando Neil Armstrong posó su bota izquierda en la superficie lunar el 21 de julio de 1969.

Cuando se supo que el MiG-15UTI que pilotaba en un vuelo rutinario se había estrellado cerca de Moscú el 27 de marzo de 1968, la jerarquía soviética decretó luto oficial; en privado, sus suspiros de alivio casi podían oírse a través de los muros del Kremlin. Para entonces, aquel «Héroe de la Unión Soviética», aquel «Héroe del Trabajo Socialista», comenzaba a poner en duda los ideales con los que había sido educado y amenazaba con convertirse en un peligroso disidente. Anna Timofeyena Gagarina sorprendió a todos exigiendo que le abrieran el ataúd de su hijo en el funeral de Estado. Dentro había una bolsa de plástico con los restos irreconocibles del gran cosmonauta.

Yuri_Gagarin

Entrelazada con la historia de Gagarin, Starman desvela el asombroso mundo que subyace detrás de las épicas escenas de la carrera espacial, los entresijos del impresionante y altamente secreto programa espacial soviético, su audacia tecnológica, sus triunfos y sus desastres. Y entre ellos, me topo con la historia de otro cosmonauta, Vladímir Mijáilovich Komarov, el primer hombre que murió orbitando la Tierra.

Como la de Santiago Nasar, en 1966 la vida del coronel cosmonauta Komarov era la crónica de una muerte anunciada. Un año después, lo que quedaba de su cuerpo, condecorado por segunda vez con las medallas de Héroe de la Unión Soviética y la Orden de Lenin, fue enterrado en la muralla del Kremlin, un honor reservado a las grandes personalidades del país.

El programa espacial soviético atravesaba ese año una situación crítica. Mientras en los Estados Unidos la NASA ponía a punto los distintos elementos para llevar un hombre hasta la Luna, en la URSS los problemas domésticos y la muerte del gran ingeniero jefe Serguéi Koroliov, habían logrado adormecer la respuesta soviética al programa Apolo. Sin embargo, Vasili Mishin, el ambicioso sucesor de Koroliov, quería lanzar un cosmonauta alrededor de la Luna antes que los americanos. Para garantizar el éxito de la aventura lunar había que avanzar paso a paso. Las naves que iban a emplearse en el programa, las Soyuz, debían probarse primero en vuelos orbitales terrestres. Esas dos misiones se llevarían a cabo con dos prototipos, las Soyuz 7K-OK.

Desde el verano de 1966 hasta febrero de 1967 se hicieron varios vuelos no tripulados con las Soyuz. Todos ellos acabaron en desastres. Cualquiera en su sano juicio hubiera decidido tomarse las cosas con calma. Pues no. Allí el lema era «¡A la Luna, camarada, a la Luna!» No había más que hablar salvo que uno tuviera interés en pasar una temporada en Siberia.

Había que seguir porque 1967 era un año muy especial: la URSS iba a celebrar los fastos del quincuagésimo aniversario de la Revolución, de modo que las autoridades soviéticas, con Leonid Brézhnev a la cabeza, estaban dispuestas a asestar un nuevo golpe en la carrera espacial. Era una buena oportunidad para adelantar a la NASA, sumida ahora en el desconcierto más absoluto después del desastre tecnológico y de la tragedia humana del Apolo 1.

Así que se continuó con los previsto. La siguiente nave, la Soyuz 1, no sólo iría tripulada sino que además llevaría a cabo una ambiciosa misión que incluía un acoplamiento con otra nave (Soyuz 2) que transportaría a tres tripulantes. Komarov fue elegido comandante de la Soyuz 1, con Yuri Gagarin como suplente. Valeri Bykovsky, Alexéi Yeliseyev y Yevgueni Jrunov serían los tripulantes de la Soyuz 2. Yeliseyev y Jrunov debían salir de su nave con trajes espaciales y regresar junto con Komarov en la Soyuz 1.

Gagarin y un grupo de ingenieros inspeccionaron la nave y el informe final fue concluyente: habían detectado 203 problemas estructurales graves que hacían muy peligroso llevar las Soyuz al espacio. Gagarin redactó un informe de diez páginas en el que sugería que la misión fuera postergada y se lo entregó a su amigo en la KGB Venyamin Russayev, pero nadie se atrevió a hacerlo llegar a manos del presidente Brezhnev y todos los agentes que estuvieron en conocimiento del documento fueron degradados o enviados al Gulag. De hecho, cuentan que cuando Komarov se atrevió a insinuar su desacuerdo con la idea de que lo enviaran tan pronto al espacio, el Vice-Primer Ministro de Defensa, mariscal Dmitri Ustínov, le dijo que si no pilotaba la nave sería capaz de «quitarle las estrellas del pecho y los galones de los hombros». La misión siguió adelante como estaba previsto.

Cuando faltaba menos de un mes para partir, Komarov se reunió con Russayev y le dijo: «No voy a regresar de este vuelo». Cuando el agente de la KGB preguntó por qué no se negaba a pilotar, Komarov, respondió: «Si no hago este vuelo, enviarán al piloto suplente en mi lugar. Ese es Yuri Gagarin. Y no quiero que muera por mí». Luego, Komarov se echó a llorar.

Su muerte estaba anunciada. El 24 de abril de 1967, Komarov murió achicharrado. Pero esa es una historia terrible que pueden leer en este enlace.

©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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