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Esperpento en el Palacio Arzobispal / por Vicente Alberto Serrano

Esperpento en el Palacio Arzobispal / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

En el madrileño Callejón del Gato los espejos deformantes que colgaban en la fachada de un conocido bar de patatas bravas, hace tiempo que fueron retirados al interior. Y no fue por el calor, –como el género alimenticio– sino a causa de la barbarie de ciertos borrachos nocturnos que se habían empeñado en destrozarlos. Seguramente porque sumidos en los vapores etílicos no les gratificaba verse reflejados deformes, como si el destino les jugase una mala pasada y el inquietante cuasi infinito deliriums tremens no tuviese retorno. Gustaba comentar a Valle-Inclán que aquellos espejos conjugaron la semilla de sus esperpentos.

El 20-N no hubo milagro

El largo otoño del 75 pareció como si nos lo hubiese estado narrando don Ramón María desde el más allá. Al menos así lo recordamos algunos. La realidad superaba al esperpento. El dictador agonizaba lentamente. La noche del 29 de octubre, un arzobispo extendió sobre la cama del moribundo el manto que las religiosas de la basílica del Pilar bordaron para que la Virgen lo estrenara el día que Franco entrara victorioso con sus tropas en Madrid la primavera del 39; y lo consiguió. Ahora la tela trataba de alcanzar otra victoria frente a la muerte. Pero ni el manto ni la reliquia del brazo de Santa Teresa lograron mejoría alguna. Días más tarde el Caudillo sería trasladado al hospital de La Paz. Según se describe en la prensa de la época: «Hasta allí se acercó Severino Domingo Palacios, canónigo de la Iglesia Magistral. Muy emocionado, aguardó en el vestíbulo a que le permitieran entrar. Finalmente accedió a un lugar al que tenían vedado el paso incluso la mayor parte de los ministros. La razón: portaba consigo una parte del cuerpo incorrupto de San Diego, que se conserva en la Magistral de Alcalá de Henares, ciudad donde falleció en 1463. Se dice que curó insospechadamente al hijo de Felipe II. Quizá se pensaba que también podría hacer algo por Franco (…)». La madrugada del 20-N confirmó que no hubo milagro alguno.

Carlos Muñiz y los cristales rotos

Los dramaturgos de la postguerra interior trataron de recoger los cristales rotos del espejo del esperpento, el testigo de fuerza, desgarro y lucidez que Valle-Inclán había dejado caer sobre los escenarios. Pero fue imposible –como aspiraba Max Aub desde el exilio– sacar el teatro a la luz de las tinieblas de nuestro tiempo. Carlos Muñiz, autor madrileño nacido en 1927 y fallecido en 1994, perteneció a aquella “generación realista”, que, paradójicamente, podríamos decir que se caracterizó por un teatro invisible a su pesar, un teatro silenciado, amordazado, tachado y retenido implacablemente por la censura. Sin embargo reencontrarse con la Tragicomedia del serenísimo príncipe Don Carlos (Ed. Cuadernos para el Diálogo) en estos tiempos raros e inquietantes, creo que merece la pena y un espacio para la reflexión.

San Diego y Don Carlos

Introducción del cuerpo incorrupto de fray Diego de Alcalá en el lecho del agonizante Príncipe Carlos (Grabado de la época) y portada de la comedia de Ximénez de Enciso sobre el tema (1622).

Una tragicomedia alcalaína

La historia dramática que Carlos Muñiz trató de contarnos con entera libertad, se inicia con un solemne auto de fe en la Plaza Mayor de Valladolid, pasando inmediatamente en el primer acto a la Cámara del Príncipe Carlos en Alcalá de Henares. El heredero Don Carlos, personaje de aliento shakesperiano en el que antes ya había fijado su atención el dramaturgo del Siglo de Oro, Diego Ximénez de Enciso con su comedia El príncipe don Carlos o Los celos en el caballo, que hasta se atrevió a representarla en Palacio en octubre de 1622. Más tarde Schiller con otro texto dramático y Verdi con una ópera, volvieron sobre tan sugerente tema. Pero es en Carlos Muñiz, donde encuentra al mejor desmitificador de una época en el que política y religión fuertemente amalgamadas configuraban un universo absurdo y grotesco, hipócrita y cruel. Debido a sus fiebres persistentes, los médicos de la corte recomendaron en 1561 que el príncipe Carlos fijase su residencia en Alcalá de Henares para así alejarle de los aires insalubres de Madrid. En 1562, cuando contaba 18 años y mientras perseguía a una cortesana por las escaleras del Palacio Arzobispal, sufrió una grave caída que le llevó al borde de la muerte. Tan pocas posibilidades de sobrevivir le auguraban que el beatísimo rey se saltó todas las reglas de su siempre protegida iglesia y no dudó en llamar a consulta al afamado curandero morisco valenciano Pinterete, que embadurnó la cabeza del Príncipe con todo tipo de ungüentos. No se apreció ninguna mejoría, por lo se optó entonces por un tratamiento más agresivo: una trepanación, llevada a cabo por el médico imperial Andrés Vesalio que, después, ni siquiera alcanzó a valorar los daños cerebrales que se hubiesen podido producir. Frente al Rey Prudente, que en sus ratos libres se dedicaba a limpiar reliquias en compañía de su bufón –entre ellas el ojo de Santa Rita de Casia o las canillas de los Santos Niños– irrumpe la heterodoxia de un hijo inestable, que a causa de su espíritu libre sufrirá tan fatal accidente. Al final su mal parecía no tener cura, es desechado por médicos y curanderos y hasta son minuciosamente organizados los funerales porque el rey que tiene que partir. Como solución última le meten en la cama el cuerpo incorrupto de fray Diego de Alcalá, muerto en olor de santidad. El doliente curó. Posteriormente el fraile sería elevado a los altares mientras que el serenísimo príncipe terminará siendo arrojado a los infiernos por su propio padre.

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La censura para tiempos confusos

En 1972, Justo Alonso, uno de los empresarios teatrales más temerarios e incombustibles de este país, solicitó autorización para poder representar en el Teatro Poliorama de Barcelona la Tragicomedia escrita por Carlos Muñiz. Los informes de los censores no tienen desperdicio y constituyen en si mismos la prueba más palpable de ese esfuerzo ímprobo por arrasar de los escenarios cualquier mensaje “revolucionario”. Los celosos funcionarios, guardianes de la moral ajena, no dudaron en afirmar que: «…este drama sombrío es irrepresentable bajo cualquier punto de vista», «…que habría que dulcificar el trato concedido a Felipe II, para evitar el tufo de leyenda negra que gravita con excesiva insistencia» «…que la obra es de una crudeza no superada por las más escabrosas escenas de La Celestina», «…que si se tratase de un libro de investigación histórica, tal vez podría tolerarse, pero como obra teatral nos parece una página negra, cuyas consecuencias serían el desprestigio de una monarquía y de una iglesia a las que se le juzga, censura e ironiza duramente». Declaraciones de principios para esos momentos, confusos y oscuros entre los estertores de un régimen con su dictador aquejado de flebitis, que al igual que su admirado Felipe II se refugiaba entre reliquias. En definitiva la obra de Carlos Muñiz fue prohibida por mayoría absoluta de la Junta de Censura, en febrero del 73, a pesar del recurso presentado por el autor en el que, a lo largo de veinte folios, minuciosamente recoge todas y cada unas de las referencias históricas y sus exactos lugares de procedencia.

Palacio Arzobispal  Años 40

Vista de los restos de la escalera de Covarrubias, en el Palacio Arzobispal, una vez retirados los escombros que la cubrían tras el incendio. Fotografía tomada por Regiones Devastadas (¿1941?). Reproducida en el libro “El incendio y destrucción del Archivo General Central, Alcalá de Henares 1939” de José María San Luciano (Ed. Domiduca).

Addenda necesaria

Hoy del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares apenas queda en pie su impresionante fachada principal. La negligencia de los militares victoriosos dejaron quemarse, en agosto del 39, la memoria histórica de un país, conservada en legajos en aquel palacio convertido en Archivo General Central, pero lamentablemente entonces depósito de armamento a la vez. Entre el resto de lo que queda de murallas y las pocas pero sobrevivientes piedras arrumbadas, testigos mudos de lo que fue una verdadera joya del Renacimiento español, las autoridades incompetentes crearon un parking que ciertos meses del año desalojan de coches para celebrar conciertos, repetir cansinamente los ovillejos de Zorrilla o conmemorar a Cervantes con animaladas medievales. Incluso en uno de sus portones han colocado dos placas metálicas a modo de absurda y leve memoria literaria, solo para recordarle a la masa turística (adorado becerro de oro de este tiempo) que allí cada noviembre reaparece Don Juan y una vez cantó Bob Dylan. Los espejos deformantes del Callejón del Gato, permanecen en el interior de un bar, mezclados con el picoso de las patatas bravas, pero podrían pasearse por otros muchos lugares para constatar que el esperpento sigue vigente.

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