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Escritos ante la Gran Guerra / por Vicente Alberto Serrano

Escritos ante la Gran Guerra / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Hace cuatro años, cuando se conmemoraba el centenario del inicio de la Gran Guerra, la editorial Anagrama tuvo el acierto de publicar la versión castellana de 14, una novela con un título tan breve que parece como si su autor se lo hubiese robado a Augusto Monterroso. El escritor francés Jean Echenoz había conseguido –casi cien años después–, en un genial alarde de maestría y concisión, resolver con poco más de noventa páginas, lo que Vicente Blasco Ibañez se empeñó en tratar de narrar, por aquellos años, a través de infinitos folletones del Heraldo de Madrid que después convertiría en un novelón de cerca de quinientas páginas con el título de Los cuatro jinetes del apocalipsis (Alianza Ed.). En suma, el desarrollo de los cuatro años que imprevisiblemente duró la Primera Guerra Mundial. Aquella no iba a ser una guerra «con sus descansos y sus largos ocios» como la había soñado el poeta Apollinaire que se alistó voluntario y un par de años más tarde regresaría del frente herido de gravedad en la cabeza.

Las bicicletas no son para el verano

Anthime, el protagonista de la novela de Echenoz, coge la bicicleta en la luminosa tarde de un sábado de verano y decide alejarse de la ciudad para poder disfrutar, desde un altozano, del paisaje sereno que ofrece a sus pies el departamento de la Vendée, en el valle del Loira, con los pueblos desperdigados entre campos y pastos. De pronto un viento repentino, e inusual para este primer día de agosto, logra romper la tranquilidad del momento, que se torna en preocupación cuando comienzan a tañir al unísono todos los campanarios de la región. Apretando con fuerza los pedales, se desliza por la pendiente en un regreso precipitado que desemboca en la plaza Royale donde se entera de una noticia esperada: la movilización. Todos parecen encantados ante la fugaz aventura épica que no creen que dure más que lo que resta del verano. Con el bueno de Anthime (que a veces parece rescatado de una canción de Brassens) y sus amigos Padioleau, Bossis y Arcenel, también con la suficiencia y la ambición malograda de Charles y la candidez de Blanche en la retaguardia, Jean Echenoz logra trazar con un friso de personajes cotidianos; toda una lección de estilo literario. A través de las claves que ofrece en cada frase al cómplice lector, se despliega la ironía hasta los recovecos del humor más negro para resumirnos, lejos de toda retórica y supuesto aliento épico, el desgarro estúpido que supone cualquier guerra; ejemplarizando desde un apocalíptico escenario de metralla, cuerpos cercenados y gases mortíferos que sirvió para inaugurar el pasado siglo y, en medio del horror, convertir en miseria y barbarie las décadas posteriores.

El fin de aquel mortífero conflicto

El 11 de noviembre de 1918, Alemania aceptó las condiciones del armisticio. En estos días se cumplen cien años del fin de aquel mortífero conflicto que inició un siglo atormentado. Se calcula que más de nueve millones de combatientes y siete millones de civiles perdieron la vida en una guerra casi infinita que creían no iba a durar un verano. Tras largas negociaciones en la Conferencia de Paz de París, hasta finales de junio del año siguiente no se firmó el Tratado de Versalles.

Foto Reims

Manuel Azaña ante las ruinas de la catedral de Reims, 1916.

Imágenes bélicas

Es posible que el libro de Marc Ferro, La Gran Guerra 1914-1918 (Alianza Ed.) que estudiamos con bastante interés en la Facultad, fuese uno de los manuales que nos dejó más claros los conceptos de aquella terrible confrontación que siempre pretendimos creerla tan lejana en el tiempo. El autor afirmaba al inicio de sus páginas: «No hay duda que el examen sistemático de la mayor parte de los archivos cinematográficos me han sugerido hipótesis y orientaciones de investigación. La imagen y la frecuencia de la cinta cinematográfica obligan a resucitar la psicología de los hombres de esos albores del siglo xx, a volver a hallar sus aspiraciones, y eso me ha parecido tan importante como el estudio de los mecanismos económicos o de los cálculos de la política». Años después, cuando asistí sobrecogido, con algunos de mis compañeros a las proyecciones de Senderos de gloria, de Stanley Kubrick; Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo o Capitan Conan, de Bernard Tavernier, nos solidarizamos aun más con las lúcidas propuestas de investigación de Marc Ferro. El año pasado, al contemplar en el Colegio San José de Caracciolos de la Universidad de Alcalá, las imágenes de la exposición “Manuel Azaña en Reims y Verdún. Impresiones de un viaje a Francia (1916)”, magníficamente comisariada por Jesús Cañete, traté de imaginar el impacto que la proyección de esas placas de cristal debieron de suponer entre los asistentes aquella tarde de enero de 1917 en el Salón de Actos del Ateneo madrileño, durante la conferencia de Manuel Azaña dirigida, por supuesto, a los que pretendidamente se enorgullecían de neutrales, mostrándoles de este modo los horrores de la guerra.

Chevallier-Junger

Cubiertas de dos de los más significativos libros sobre la Gran Guerra.

Gabriel Chevallier y Ernst Jünger en el frente

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Un siglo después del 11 de noviembre de 1918, no solo se hace necesaria la recomendación de descubrir esa ficción sintética con la que Echenoz perfila en su corto relato una conmoción inesperada en el verano del 14, sino que también debemos adentrarnos en dos de los más sobrecogedores y perturbadores testimonios directos de aquella guerra. En la novela autobiográfica El miedo (Ed. Acantilado), Gabriel Chevallier, un estudiante francés de Bellas Artes a los diecinueve años es obligado a incorporarse a filas en 1914 y permanecerá en primera línea de combate hasta 1918. «En mi juventud –escribe en una de sus páginas– cuando estábamos en el frente, se enseñaba que la guerra era moralizadora, purificadora y redentora. Ya hemos visto qué derivaciones han tenido estas muletillas». El libro se publicó por primera vez en 1930, pero en 1939 el propio autor prohibió su venta, ante el desarrollo de los acontecimientos, porque lamentablemente la historia comenzaba a repetirse. Del otro lado, Ernst Jünger recordaba que «…las semanas anteriores a la guerra se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano». Así lo recoge el tan cuestionado escritor alemán en Tempestades de acero (E. Tusquets) mientras preparaba el examen final de bachillerato, aunque optó finalmente por alistarse voluntario cuando estalló la guerra y fue enviado de inmediato al frente francés. Allí iniciará una serie de diarios que terminarán convertidos en otra de las obras más significativas sobre aquella confrontación. Un relato que arranca desde un militarismo radical frente al enemigo para terminar derivando en una singular defensa de la paz. Uno y otro escritor –francés y alemán– enfrentados a cada lado de las trincheras; aquellas mismas trincheras de barro y desolación desde las que reflexionaría Azaña en su fugaz pero intenso viaje a los frentes de guerra.

 

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