En qué cabeza cabe / Por Víctor Alonso
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En qué cabeza cabe / Por Víctor Alonso

En qué cabeza cabe / Por Víctor Alonso

Los niños adivinan qué personas los aman. Es un don natural que con el tiempo se pierde.

Charles Paul de Kock. Escritor francés

En qué cabeza cabe… Un cartel publicitario en una parada de autobús. En él se ve a un hombre y una mujer trasportando una nevera de playa de grandes dimensiones de la que emana un llamativo reguero de sangre que da lugar a las más siniestras y escabrosas suposiciones.

En qué cabeza cabe, decía, que esa fotografía se exhiba durante dos o tres semanas ante la puerta de un colegio. No, no puede ser, me dirá. Pues sí, está pasando. Ahora mismo. Y aquí, en España. En Alcalá. Mil niños diarios como público objetivo han podido observar esa escena que a cualquier adulto (a mí por lo menos) como mínimo inquietaría. Y en sitio preferente. Ya le digo, en la parada del autobús. Reemplazó la afortunada imagen a otro cartel que durante dos semanas anunció un teatro de terror, con personaje incluido tan fantástico como repugnante. Lamentable.

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¿Y por qué le hablo ahora de esto? ¿Qué vinculación hay entre lo que hoy le cuento y cualquier otro tema que se haya tratado antes en este de lo seguro y lo improbable? Si recuerda publicaciones anteriores, desde aquí reclamaba la absoluta necesidad de proteger a la infancia aunque solo fuera por la aplicación del simple —y egoísta— razonamiento de que esa “inversión” ha de garantizarnos la supervivencia futura. Pues bien, a este tipo de actos, entre muchos otros, tan absurdos y que tan alejados quedan de velar por el bienestar de los niños, y de la necesidad de evitarlos, me refería. Qué lejos queda esta agresión tan inútil y gratuita, —bendecida por la legalidad y barnizada con el cumplimiento de todo tipo de normativas—, de dotar a los niños de todo aquello que pueda aportarles una mejor educación, manteniéndolos alejados de cualquier perturbación, absurda y gratuita, de su correcto desarrollo. No busque aquí altruismo, ni cualquier pensamiento filantrópico. Egoísmo es la palabra. Cuido de mis cachorros, ellos cazarán mañana y alimentarán la manada. Cuanto mejor los cuide, mejor cazarán.

Pues no, maltratamos a los cachorros. Este solo un ejemplo, uno más, pero válido para demostrar lo lejos que andamos a veces de tener en consideración lo importante que son los niños (y las niñas) para todos, y la naturalidad con la que transitamos ante lo incongruente y lo carente de un mínimo sentido común.

Otro ejemplo que seguramente ya estaba esperando mencionara es el de la televisión. Habrá oído alguna vez en algún programa, y me muerdo la lengua para no nombrar ninguno concreto (ese que acaba de pensar tampoco lo citaré), “brillantísimos” razonamientos adobados con palabras malsonantes y seguramente hasta mal pronunciadas. Y habrá tenido que soportar esa cantinela de “…no lo digo porque estamos en horario infantil…” Como si fuera una lacra, una censura o una forma de represión. “Ojalá no hubiera niños, que verían lo clarito que me iba a expresar yo”, como si ese fuera el único impedimento, criatura, que te separa de formular un razonamiento que no es digno ni de ser escuchado en la barra de un bar.

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Otro ejemplo. Series juveniles plagadas de actores pseudoadolescentes, mayores de edad en la vida real, que interpretan a chicos y chicas quinceañeros cuyo único afán es aparentar que ya tienen los dieciocho años. Obviamente lo bordan, y de paso sumen a nuestros chicos en una confusión no carente de cierta frustración. Ellos nunca serán así. Tan jóvenes, tan guapos y tan independientes como los que ven en la tele.

Son anécdotas, detalles, casos puntuales, pero que juntos constituyen una constante en el día a día de niños y adolescentes. Claro que les protegemos, y claro que somos conscientes de que es nuestra obligación. De hecho estamos en el camino de hacerlo cada vez mejor. Basta remontarse una par de generaciones para comprobar lo que nos hemos sensibilizado. Pero no es suficiente. Los medios actuales, las tecnologías, la propia sociedad, son muy diferentes ahora dado que están en constante y vertiginosa evolución. Inculcan a la infancia valores y le proporcionan experiencias que ni nos hemos parado a pesar qué efecto producen y qué consecuencias llevan aparejadas. No nos desanimemos y mantengámonos alerta. Estamos en el camino. Me dirá, con razón, que si de algo están dotados los niños de hoy es de estímulos, oportunidades y medios. Que nuestros hijos suben a aviones, practican deportes cada vez más complejos y van con frecuencia a espectáculos, cines y museos. Pero cuidado que cantidad no es, nunca lo fue, sinónimo de calidad. No podemos bajar la guardia ni perder el hábito de ser extremadamente críticos con todo aquello que les ofrecemos -o a lo que les exponemos- por el simple hecho de transitar por una calle de nuestra ciudad.

Y por último, no olvidemos una cosa. Es trabajo de todos; de absolutamente todos. Aquí no hay ni responsables, ni interesados, ni afectados, ni jefes de negociado. Esto afecta a absolutamente todo el mundo. No está en su sano juicio aquel que considera su bienestar a salvo porque también lo están su situación económica, social o personal, y a su vez tolera con displicencia que la infancia que le rodea pueda estar expuesta a agresiones, abusos, maltratos o simple desprecio. Sepan estas personas que pisan terreno resbaladizo y peligroso. Apuestan al número equivocado. Son nuestros niños porque lo son de todos, de absolutamente todos.  En qué cabeza cabe…

Víctor Alonso Ramos, asesor independiente especialista en ahorro, inversión y seguros personales.

victoralora@gmail.com   @victoralora73

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