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Elecciones 4-M, a un mes vista / Por Antonio Campuzano

Elecciones 4-M, a un mes vista  /  Por Antonio Campuzano

Convocadas ad cautelam, las elecciones del 4 de mayo no “tocaban”. Su ciclo natural terminaba en mayo del 2023, pero entre las ganas y los deseos, con el pretexto de la moción de censura de Murcia, abortada finalmente por la prestidigitación de Teodoro García Egea (sobre cuya demanda por compra de votos se pueden producir sorpresas procesales), la presidente Ayuso, que siente la mascarilla de Miguel Ángel Rodríguez en la cercanía más tocante e inmediata, ha convocado para la fecha de 4 de mayo, martes de la quinta semana de Pascua, laborable  y presumiblemente con tiempos despejado con amenaza de las primeras calores. Es decir, jornada ideal para el ejercicio del voto, si bien no contribuye al optimismo participante la cuarta ola de contagios que se nos viene encima, según la acredita opinión científica de Miguel Ángel Revilla, a la sazón presidente de Cantabria. Qué tal entonces un repaso a las posibilidades de los litigantes? A saber:

PSOE. Ángel Gabilondo, pese a quien pese, es outsider de la dimensión pública. Con su mandato al frente de Educación en el segundo gobierno de Zapatero se asistió a su cima y estrellato, a partir del cual no ha podido con sus previsiones. Su victoria en las elecciones de 2019 a la Comunidad de Madrid tuvo el adjetivo de pírrica, siempre asomando, porque la advenediza Ayuso contó con las ayudas legales de Ciudadanos, por entonces bajo el poderoso influjo de Rivera, quien enseñaba adoquines en los debates y ahora enseña la interpretación del compás de una habanera, todo ello con el okey del Partido Popular, de donde nunca debió salir, sobre todo  para evitar la confusión y padecimiento del votante. Gabilondo no ha entrado con buen pie en la pre campaña, para cuya comprensión es imprescindible el valor humano de la aritmética. Ha mostrado a Pablo Iglesias como un impedimento, se ha expresado mal sobre su compañía y ha añadido dudas sobre la idoneidad del propio Gabilondo a la hora de encabezar la candidatura, precisamente en el momento en que debía ocupar el sillón de Defensor del Pueblo, si Ayuso no hubiera firmado la disolución de la Asamblea de Madrid. Es decir, que Gabilondo debería manejar la prudencia con mayor desenvoltura porque así se debería predicar de su conocimiento de los clásicos. Sin Iglesias, las posibilidades de Gabilondo de formar gobierno son de la calidad infinitesimal. Amén de dejar en al aire la impresión propia del candidato socialista de desmerecer lo que ha venido haciendo Pedro Sánchez, que no es otra cosa que formar gobierno con Iglesias. Gabilondo no puede cometer más errores, porque el que ha cometido le dejado sin crédito para la comisión de los demás. Viene de la condición bastante y al mismo tiempo insuficiente de 37 diputados, y necesita todas las ayuda posibles. No está pues para desmerecer esos apoyos.

PP. Ayuso quiere llevar urgencia a las prisas y se atavió de amenazas similares a las de Murcia. Actuó con diligencia para que Ciudadanos no levantara su posición gobernante. Lo que quiere decir que su seguridad electoral para dentro de dos años no existía. Prefiere que llegue pronto “el día del Gran Sí o el Gran no”, como dice Javier Cercas, en El Impostor (Random House, 2014). Corre el peligro de morir de éxito, lo que equivaldría a cercenar las posibilidades de maniobra de Ciudadanos y de Vox hasta tal punto que no tuviese auxilios en forma de voto de ambas formaciones por no llegar al corte del 5 por ciento. Si se mantuviese en la Puerta del Sol con la muleta de Vox, el proyecto de Casado quedaría desvirtuado y la polarización estaría servida si es que no lo está ya. Las ansias de volar sin la propulsión de Génova (antes sede del PP nacional) ya están desenmascaradas, imbuida como está de la convicción de que puede ser presidenta con todos los honores una licenciada en Ciencias de la Información por encima de un catedrático de Filosofía. O una pizpireta sobre un soso, serio y formal. Las profecías de Revilla y su cuarta ola darán un toque trágico a la campaña, con mucha morgue y mucho luto, categorías en las que se manejó con destreza hace un año. El 45 por ciento de voto es mucho porcentaje y pertenece a los cálculos del reinado de Esperanza Aguirre, cuando el bipartidismo imperaba en Madrid, solo atenuado por UPyD, que ya era una marca blanca de PP, rebautizada luego en Ciudadanos. Ayuso, desatada pues, en trance de pronunciar lo que decía el mendigo de París, en las últimas memorias de Alfredo Bryce Echenique, Permiso para retirarme (Anagrama, 2021), “perdone, señor, pero es que estoy en un estado de embriaguez muy avanzado”.

Más Madrid. Hace dos años aún refulgía la figura de Manuela Carmena en compañía de Íñigo Errejón, y este último encabezaba la lista a la Comunidad. Casi 300 mil votos más obtuvo la lista de Errejón que la de Podemos, en una competición fratricida. Ahora, Mónica García, pese a ser presentada como martillo de Ayuso, no representa más que algunos gramos más de voluntad por encima de la media y su paso por el lado aún oscuro de la penumbra es una realidad. Sus maneras de rechazo de la invitación de Iglesias, por muchas heridas que no terminan de cicatrizar, ha tenido el susurro de un desdén apenas comprendido para el electorado de izquierdas que no conoce las quisicosas de la cocina de la política. Puede ser la más herida por el adelanto electoral.

Vox. Rocío Monasterio se ha dejado mucho pelo en la gatera de los intereses privados en el manejo de sus títulos de arquitectura puestos en duda pero válidos para desnudar una práctica muy mal vista como es el paso de lo industrial a lo residencial. Lo inmobiliario ha ganado mucho más peso que una idea de España una, grande y libre. La cuenta de resultados con números negros por encima de los colores rojo y gualda. Ayuso ha oscurecido el perfil de Monasterio y empieza a ser conocida como “la mujer de Espinosa de los Monteros”. Se perfila como otro pieza abatida por el adelanto electoral. Abascal y Macarena Olona han opacado los méritos de Monasterio.

Unidas Podemos. Representa la gran atracción de la feria del 4 de mayo. Iglesias maneja los tiempos de la sorpresa como nadie en el firmamento político español. Hasta tal punto que los intérpretes de la mercadotecnia electoral no saben cómo meter mano a la pieza para despellejarla profesionalmente. No hay antecedentes en el tiempo ni el espacio. Un vicepresidente del gobierno que deja caer la púrpura para vestirse de plata, como los toreros que se hacen banderilleros para seguir haciendo el paseíllo, con la diferencia que Iglesias ha abierto muchas puertas grandes. El sentido de la responsabilidad para husmear la utilidad de su figura en el más serio motín con que se encuentra la izquierda en España en este momento solo puede engrandecer su aureola de auténtica bestia negra de la derecha. Muchos de los lugares comunes de la instalación de pensamiento de la derecha sociológica han caído con estrépito al procurarse a sí mismo una degradación de púlpitos. Hay renuncia, hay descenso, por lo tanto no hay egoísmo, no hay codicia, no hay nuevo rico. Hay reafirmación de posición mental. Todo puede ocurrir, desde conseguir el 5,5 por ciento hasta hacerse con el poder de la línea medular de la alineación titular en las fuerzas de izquierda.

Ciudadanos. La idea de una fuerza independente sobre la que pivotasen las dos grandes partidos que fundaron aquellos intelectuales de Barcelona ha resultado un fiasco enorme del que muchos, después que antes, de esos intelectuales deberían pedir perdón en la plaza pública. Francesc de Carreras ya lo hizo, pero aún quedan muchos por cantar la palinodia. La vergüenza acompaña a los hábitos de Ciudadanos aunque se empeñen en el ejercicio del disimulo. Edmundo Bal, alias Haile Seelassie de Huelva, en segunda versión de renuncia, debuta en plaza de talanqueras, pero en festejo con amenaza de tormenta y suspensión. Cuando dice que pensaría si apuntalar a Ayuso si obtiene representación está amenazando la tolerancia de los preocupados por la cosa pública para darse a la comisión del delito. Apoyo al procurador de Castilla y León de la formación confundida, “déjennos morir en paz”, la misma que negó Rivera, de infausto recuerdo para la salud democrática de este país.

 

 

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