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El tiempo de espera electoral / Por Antonio Campuzano

El tiempo de espera electoral / Por Antonio Campuzano

El descenso a niveles de sensibilidad verdaderamente popular ha supuesto el fin de la crisis de Cristina Cifuentes al frente de la Comunidad de Madrid. El latigazo emocional de una autoridad pública sometida al escarnio de la conmiseración del vigilante frente a robos de menor cuantía llega a la epidermis más curtida por los sonrojos y la vergüenzas. Lo de las falsificaciones académicas parece que soportarse mejor otras miradas de los alojados en lo sectores laborales de menos cualificación.

La cercanía sentimental que proporciona una grosería tan comprensible para todos embaraza muy rápidamente de indignación a la protagonista y a cuantos la rodean en sus actuaciones y responsabilidades. Y esa impronta de desvergūenza crece y se desarrolla de tal modo que amenaza con un crecimiento molecular en el partido de gobierno.

A partir de aquí las esperanzas de acabar con la legislatura iniciada en la mitad del año 2016 se comportan como el escenario de una gran dificultad. Gonzalo Torné, en Años felices (Anagrama, 2017), dice que “la vergüenza es un inflexible reino de fronteras invisibles “. Esa vergüenza probablemente atenazará con invisibilidad interna a los votantes del partido Popular, pero nadie sabe hasta qué punto.

La desaparición de UCD estuvo acompañada de hechos relevantes en la historia de España, como un golpe de Estado, la defenestración del fundador de aquellas siglas. El paralelismo con el PP actual puede que resulte muy forzado. La pregunta que corroe a muchos depositarios del voto potencial a la alternativa de Ciudadanos es si se acertará con la copia que saldrá del original, porque no otra cosa es Ciudadanos que calcomanía del PP por más que en su origen participasen personas que poco a poco se han ido desmarcando de aquel edificio ideológico de origen. Y los mordiscos electorales de Ciudadanos a la izquierda solo parecen juegos con tubos de ensayo. Es decir, que en su mayor parte, de aquí a las próximas elecciones, en 2019 o 2020, la intriga estará depositada en la posible alternativa de Ciudadanos a la preeminencia del Partido Popular.

Bien es cierto que la suavización política en Catalunya, de producirse la formación de gobierno, secaría y mucho las potencialidades de Ciudadanos, puesto de que de aquella provisionalidad accidentada saca un gran crédito, no en Catalunya, sino en el resto del territorio español. La estabilidad catalana frenaría los ímpetus quizá inconsistentes de Inés Arrimadas e impediría ese crecimiento exponencial que para muchos pudiera parecer exagerado.

Entretanto, PSOE y Podemos, cada cual por su lado, expresarán sus movimientos sin renuncia a nada y sus cifras seguirán siendo de difícil encaje para la cuenta definitiva que permita o no formar gobierno al probable/improbable candidato a la presidencia Albert Rivera. Rivera tiene que desalojar de su cabeza ese embotamiento que le lleva a convertir su mensaje en mesiánico para terminar de creerse en el hombre que va a acabar con los nacionalismos vasco y catalán. Aquello no será posible con contiendas, solo con mesura y paciencia. No puede olvidar la definición del autor de moda, Fernando Aramburu, en su reciente y luminoso Autorretrato sin mí (Tusquets, 2018), del hombre provisional como “aquel que se echa a la calle a mejorar la sociedad a martillazos”.

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