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El patriota / Por Francisco Peña

El patriota  /  Por Francisco Peña

Se levantó pronto. Apenas podía dormir. El frío entraba por las rendijas de la ventana. Un viejo jersey de lana le reconfortó ligeramente. Preparó café en una cafetera italiana que dejaba escapar todo el vapor a través de una goma ajada. Un azulejo de la cocina, caído en pedazos, permitía ver el cemento con que había sido pegado muchos años atrás. Sobre la mesa, cubierta con un mantel de cuadros rojos y blancos, un trozo de pan del día anterior le sirvió de desayuno mojándolo en el café. “¡Me cagüen…!”, gritó Segis al cortarse con la cuchilla de afeitar. Una vez peinado se encasquetó su gorra de la legión. A una cazadora de cuero viejo le había pegado la bandera a lo largo de las mangas. En la muñeca sobresalía una pulsera también con la misma bandera. En la pechera de la cazadora, varias insignias con el escudo de la guardia civil, los requetés, la legión… y otras cuantas más. Se había quitado recientemente la de la policía nacional porque había tenido un mal encuentro con dos de ellos. El dueño del bar les había llamado porque no quería fiarle un par de güisquis que se había tomado… y en lugar de apoyarle, tuvieron la desfachatez de llevarlo al cuartelillo. “¡A mí, que les he defendido en todas las manifestaciones! ¡Pues no me he pegado yo veces con la gentuza esa que va a las manifestaciones!”

Decidió irse al bar con el grupo de amigos de la misma cuerda, pero se dio cuenta de que no tenía ni un duro. “Voy donde don Cayetano. Seguro que me echa una mano, como siempre”. Don Cayetano era un empresario que vivía en un gran chalé a las afueras de la ciudad. Su empresa, una de más boyantes en épocas pasadas, tenía ahora problemas económicos. Parece ser que las cuentas no estaban claras y parte del dinero estaba en algún paraíso fiscal. Un juez estaba abriendo un proceso sobre el caso. Don Cayetano veía cómo todo su poder anterior se iba difuminando. “¡Si incluso Pepe ha dejado de hablarme! ¡Ahora, después de las comilonas que nos hemos metido entre pecho y espalda!” Pero tenía confianza en la justicia y esperaba salir de esta. “¡Quizás un poquito de presión…! Aún le quedaban amigos”.

Segis se acercó andando hasta el chalé. No se atrevió a tocar el timbre y esperó pacientemente a que don Cayetano saliese. No tardó de hacerlo en su Mercedes. Al salir del garaje, vio a Segis apostado en la esquina. Estuvo a punto de seguir, pero pensó que no le venía mal. Paró. Segis se acercó lo más deprisa que pudo con la leve cojera que le martirizaba. “Don Cayetano, buenos días. ¿Cómo está usted?”. “Hola, Segis, ¿Cómo va esa pierna?” “Bien, me molesta un poco pero no le hago caso. ¡A mí una cojera no me va a impedir defender mi patria de truhanes y comunistas!” Don Cayetano sonrió levemente.

Conocía a Segis desde los catorce años cuando entró en su empresa de chico de los recados y alcanzó el máximo nivel de mozo de almacén. Cuando le dieron el puesto de mozo, con cinco chavales a su cargo, alcanzó el “culmen de toda buena fortuna”. ¡Cómo mandaba! Parecía el director general.

“¿Qué te trae por aquí?, preguntó don Cayetano. “Pues quería saber si necesitaba usted algún recado. Ya sabe, siempre a su servicio”. Don Cayetano sabía que esa frase y su presencia allí indicaban que necesitaba dinero. Sacó 50 euros y se los dio. Segis los recogió y esperó con la cabeza gacha. “Pues mira, sí que necesito que me hagas un favor”. Le entregó una carpeta con papeles y le dijo: “Necesito que me guardes estos papeles durante un tiempo”. “Por supuesto, don Cayetano. La guardaré como oro en paño”. “Ya te la pediré cuando la necesite”.

Segis se fue directamente al bar. “Luego llevo la carpeta a casa”, se dijo. Los 50 euros fueron cayendo en rondas de vinos. “Joder, no tengo un duro”, les decía a sus amigos. “¡Menos mal a don Cayetano!” “¿Pues no tienes una pensión?”, le preguntó uno de ellos. “Sí, la mínima. ¡Una mierda! No me da para nada”. “Joder, pues no lo entiendo. Si te has pasado la vida trabajando. Tendrías que tener una pensión decente”. Segis no quería confesar que don Cayetano le había tenido trabajado sin dar de alta durante toda su vida. Al fin y al cabo, los 50 euros que le daba de vez en cuando le venían muy bien. “Estos socialistas de mierda, nos tienen a los obreros aplastados. Tanto presumir de ayudas y al final nos moriremos de hambre”, clamaba con el quinto vaso de vino en la mano.

“¿Y esa carpeta tan chula? ¿De dónde la has sacado?”, dijo uno de los amigos. “No la habrás “apañao” por ahí, ¿verdad?”. “No, me la ha dejado don Cayetano para que se la guarde”. “Joder, qué cosa más rara. ¡Que le guardes tú a don Cayetano unos papeles! ¡Es que no tiene suficientes cajas fuertes! ¡Si no sabe dónde meter el dinero!”.

Tras el octavo vino, Segis hizo el ademán de marcharse con la carpeta a su casa. “¿Qué pasa, tío, no pagas otra ronda?” “No puedo, se me ha acabado el dinero”, dijo trastabillando las palabras. “¡A lo mejor llevas un montón de dinero en esa carpeta y no lo sabes!”. Segis se quedó mirando la carpeta, negó con la cabeza e intentó levantarse. “Trae acá. No va a pasar nada porque veamos qué hay dentro”. Su amigo se acercó a él, tiró de la carpeta y se sentó de nuevo. Abrió el cierre y empezó a sacar papeles que desparramó sobre la mesa. “Papeles, papeles… pero dinero parece que no hay nada”. Otro amigo cogió alguno de los papeles y leyó en voz alta algunas cabeceras: “El Global Bank de Panamá, transferencia… ¡Cinco millones, tío…! Abogados Mossack Fonseca… minuta por 200.000 euros… Transferencia AIG Private Bank… No entiendo nada, pero esto no me huele nada bien”.

Durante unos segundos alternaron las miradas entre los papeles sobre la mesa y las caras de asombro, ya enrojecidas por el vino.  “¡Puedes sacar una pasta, tío! ¡Dile a don Cayetano que o te suelta mil pavos, o mejor, cinco mil, o llevas esto a la policía! ¡Te lo da, seguro! ¡Esto huele mal!”

Segis, miró a sus amigos, apuró el último vaso de vino. Recogió los papeles y los metió en la carpeta. Ya de pie, volvió a mirar a sus amigos: “¡Ni de coña! ¡Yo soy un patriota!”

 

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