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El nacionalismo y la peste / Por Ismael Ahamdanech

El nacionalismo y la peste  /  Por Ismael Ahamdanech

Dice Stefan Zweig en sus memorias (El mundo de ayer. Memorias de un europeo): “…he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolcheviquismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Este párrafo me llamó la atención. Zweig, austríaco judío, fue perseguido por los nazis hasta convertirlo en un apátrida. De pasaporte y, lo que es más importante para un escritor, de idioma, pues hasta le despojaron de la que era su lengua materna, el alemán, quemando sus libros y prohibiendo que se leyeran en Alemania y Austria. Y, sin embargo, lo que califica como mayor de las pestes, no es el nazismo. Es el nacionalismo, una idea irracional nacida al calor de algo tan ingenuo (en el peor sentido de la palabra) como el romanticismo del siglo XIX y que ha envenenado el mundo desde el mismo instante en el que apareció.

El párrafo de Zweig me llamó la atención por lo que tuvo que vivir, pero no me sorprendió. No me sorprendió porque en mi fuero interno siempre he pensado lo mismo: no hay nada peor que el nacionalismo, una enfermedad que solo ha traído (y traerá) desgracias. No importa de qué se disfrace, al final siempre acaba enseñando la pata e infectando todo lo que toca, convirtiendo lo que de bueno pueda tener cualquier ideología o cariño en una basura que anega la razón, coarta las libertades y destruye la paz tarde o temprano.

Y cuando hablo de nacionalismo, me refiero a cualquier nacionalismo. Insisto: cualquiera. Porque todos acaban en lo mismo: en una idea unitaria en la que el disidente no tiene cabida y ha de ser enviado a la cárcel, al exilio o, al menos, expulsado de la vida social. Con brutalidad, como ha sucedido en períodos recientes de nuestra historia, o con eso que llaman violencia de baja intensidad, como ocurre ahora en algunos lugares cercanos, donde la no afección a la idea primigenia se paga con insultos, desprecio, ruedas pinchadas o ventanas rotas. Todo vale para amedrentar al que no piensa como ellos.

Porque el nacionalista es, antes que cualquier otra cosa, nacionalista. Se siente investido por la autoridad que le da una misión histórica, trascendental, ya sea la unidad de destino de la patria, el milenarismo de la lengua más antigua de Europa y sus derechos históricos, o la superioridad intelectual y empresarial sobre los pobres del sur. ¿Quién puede interponerse entre un hombre y un destino milenario que le entronca con la tierra y la sangre de sus muertos? Nadie. Y quien ose hacerlo ha de ser exterminado o apartado, porque ningún peso pueden tener los derechos individuales de las personas ante la tarea histórica de construir la patria de nuestros antepasados.

Solo hay que rascar un poco para verlo, siempre que se quiera ver. El árbol y las nueces, los rivales y los enemigos, los MENAS, España para los españoles, aunque España nos roba porque son unos vagos y siempre están en el bar o durmiendo la siesta y por eso hay que adoptar a los niños extremeños. Es una rueda que nunca para. Porque hoy son tres provincias por un lado y cuatro por otro, pero mañana también ha de ser Navarra, y el Condado de Treviño, y la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares. Y pasado mañana será otra cosa, porque si algo dice la experiencia es que el nacionalismo es insaciable y que siempre hay agravios históricos que deben ser reparados.

Por eso sigo con especial estupor el deambular ideológico de (casi) toda nuestra clase política. De gran parte de la derecha, que en los últimos tiempos es incapaz de articular una agenda liberal centrada en el concepto de ciudadanía y cuyo único discurso y meta parece ser la unidad indivisible de la patria española. Y de gran parte de la izquierda, la que creía mía, que dice no ser nacionalista, pero aplaude y jalea los nacionalismos que vienen de cualquier región. Supongo que es una (otra) de las singularidades del caso español. Y, sin embargo, no hay motivos para ello. Ni históricos ni de futuro. Ni los Países o los Estados son una verdad inmutable y eterna ni el nacionalismo será la cuña que quiebre lo que llaman el Régimen del 78. Y no lo será porque a los nacionalistas no les importa lo que pase en el resto de España, a no ser que se puedan aprovechar de ello.

Así que sigamos. Sigamos por este camino y no echemos cuenta de lo que escribía Stefan Zweig sobre la peste que nos asola y que acabará, si nadie lo remedia, llevándose por delante todo lo bueno que se ha construido en los últimos cuarenta años. Nadie escarmienta en cabeza ajena, ya lo sé. Pero no deja de resultarme triste que nos vuelva a pasar. Que se nos olvide que cualquier persona decente debería repudiar y combatir con todas sus fuerzas cualquier nacionalismo. Vuelvo a insistir: cualquiera. Aunque venga disfrazado con banderas enormes que no tapan vergüenzas, buenas formas aprendidas en colegios de Jesuitas o discursos de progresistas que se quedan en nada cuando se enfrentan a su idea de nación.      

 

 

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