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El monumento imposible / Por Antonio Campuzano

El monumento imposible / Por Antonio Campuzano

Setenta y nueve años después del final de la guerra civil, la simbología de aquel extraordinario episodio de fallo estrepitoso de la convivencia entre habitantes de un mismo país, porque decir hermanos y lucha fratricida casi siempre es un exceso, sigue viva y tangible la persistencia en la memoria de aquel enorme despropósito. Y se hace cuerpo con la también pervivencia del colosal monumento en piedra que es el Valle de los Caídos.

Este tótem fue erigido por decisión del vencedor de la contienda civil con idea de recuerdo permanente de una victoria. Lo que significa que existía una voluntad que residía en que el perdedor de la guerra, que era perdedor prácticamente de todo, en economía, en bienestar, en expectativa laboral y profesional, tenía la condena de saberse perdedor al saber de la existencia de aquel monstruo de edificación que emergía como recuerdo de una demolición de miles de personas porque una porfía militar había arrojado un balance de perdedores y vencedores.

Varios  años de construcción de aquella alegoría berroqueña con mano de obra a la fuerza, de condenados por la pertenencia a otra facción de pensamiento, añadía más infamia a la manifestación de superioridad y entronización de la implacabilidad del statu quo de aquel entonces.

Uno de sus trabajadores sin voluntad y sujetos pasivos de la ordalía del gobierno que implantó su designio de construcción fue Nicolás Sánchez Albornoz, condenado por el coronel Eymar a trabajos forzados por supuesta refundación de la FUE, organización estudiantil, y que chuscamente decía que mandaba al penal de Alcalá de Henares “a comer almendras garrapiñadas”.Sánchez Albornoz, en sus memorias, solo alcanza a decir que “abomino sanamente de Cuelgamuros”. Eso sí, define al general Franco, inspirador del mausoleo, como “el Karadizc español”.

Esa oxigenación única en elocuencia es la que se permite quien tuvo que ahogar su conciencia en aquel recuerdo de partícipe obligado en aquella obra cainita. Ahora está de moda de nuevo por la voluntad del gobierno de Pedro Sánchez en cerrar aquella vileza contra la mitad de un pueblo diezmado por deshonra y privaciones. Sobre aquella ignominia no se puede construir ni siquiera un trozo de historia sin que la cercanía en el tiempo de aquella inmoralidad fuerce a un requerimiento a la acomodación al paso del calendario.

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La historia aún está a tiempo de reforzar su mecanismo de defensa contra la opinión de familiares del causante de la anomalía por muchas razones, entre otras porque representan tras setenta y nueve años tan solo una trabazón histórica firme que puede y deber ser alterada. Las interpretaciones a favor del mantenimiento de la insignia de piedra son de variada índole, desde la entusiasta ochentona negacionista de la dictadura del general gallego hasta la perífrasis descomprometida de Pablo Casado que irradia el miedo comprensivo a perder los votos del extra radio ideológico del PP. Así hasta negar la inflamación cardiovascular del familiar de un muerto de pena y obligado a ser enterrado junto a quien trae causa de la pena.

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