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El bicho de la soledad / Por Antonio Campuzano 

El bicho de la soledad  /  Por Antonio Campuzano 

En el muy recomendable en cualquier tiempo de lectura, y más en el presente, libro Una vida sin fin, del divertidísimo Frédéric Beigbeder, en Anagrama, el autor dice “ha llegado la hora de que la medicina practique la eutanasia a la muerte”. Y qué verdad es. El mundo tiene un enemigo fantasmal, invisible, pero no menos certero en sus designios, que no son otros que buscar y hallar la vulnerabilidad humana. La ceguera del virus Covid no le importa lo más mínimo al mal del año 2020, busca los intersticios e imprudencias de la organización de los estados y gobiernos. Clona, imita, enreda, entre seres, objetos, ropas, respiraciones, fronteras y lagunas, para superar la barrera de la vida, para perforar el bienestar y el orden.

En la cercanía de nuestro país, mientras el gobierno hace frente a las contingencias diarias de un enemigo que tiene tan cambiantes trincheras, excavadas sin hacer ruido de obras, se redescubren espacios y luces jamás imaginados. Las calles sin coches obtienen superficies jamás calculadas, la ausencia del hombre y sus pasos y sombras ensancha lo silencios. Los silencios abren la puerta al misterio y ambos, silencio y misterio, compiten en grandeza con los espacios geómetricos engordados. Si ese encuentro con la soledad es voluntario se agradece el espíritu monacal y de retiro, pero si no es querido entonces sobreviene el encontronazo, emocional  y físico.

Otro autor francés más dotado para la polémica como Michel Houellebecq hace en su libro “En presencia de Schopenhauer” una comparativa original: “entre nómadas y turistas; el continuo movimiento de los primeros es por necesidad, el de los segundos es por aburrimiento”. Ahora, ni lo uno ni lo otro, se niega el movimiento. Leila Guerriero, en “Plano americano”, un repaso por la biografía de grandes autores americanos, habla no ya de la poeta uruguaya Idea Vilariño, pero sí de su marido, Jorge Liberati, que definía a su excelsa esposa como “un bicho de la soledad”.  Y quizá una descripción muy aproximada a la verdad lo que está sucediendo en este momento a consecuencia de los latigazos sin chasquido del virus, pero productores de sentimientos inigualables.

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La soledad aparece disimulada con la estancia familiar, con la salida a la panadería, pero se amplía en seguida y coge cuerpo de tal cuando la perspectiva del tiempo lucha contra lo desconocido. Y encima esa imagen gana cuerpo y crece con el recuerdo del aislamiento en los hospitales de las víctimas en sus estertores finales.  Las urgencias, a la vuelta del accidente bacteriológico, se abrirán de par en par y estas sensaciones quedarán en el olvido o a la altura de una percepción difusa, mejor o peor recordada con el paso del tiempo y con la certeza de las ambientaciones.

El regreso a los asuntos devolverá la prisa y la compañía, pero quedará para siempre la imagen sensorial de una situación tan desconocida como alejada de la compasión.

“A Juan Andrés Gómez, portador de conversación a los necesitados.”

 

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