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El 68 a los 68 / por Vicente Alberto Serrano

El 68 a los 68 / por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

El 18 de mayo de 1968 –se cumplen ahora 50 años– en el vestíbulo de la entonces Facultad de Económicas en la Ciudad Universitaria, el cantante Raimon consiguió aunar aquella tarde, al grito de “Diguem no”, a un multitudinario grupo de jóvenes rebeldes que por unas horas creyeron percibir vientos de libertad procedentes de los bulevares de París; al tiempo que imaginaban, tal vez engañados por Bob Dylan, que los tiempos estaban cambiando. Aquel recital me lo perdí, aunque tantas veces me lo ha descrito mi amigo José María San Luciano, que terminé creyendo que estuve allí. Él si que se encontró de bruces con aquella masa enardecida cuando salía de un examen en su primer curso en la Facultad. Yo no llegué a pisar el mítico vestíbulo hasta muchos años después, cuando la Facultad de Económicas se convirtió en Facultad de Geografía e Historia. Por entonces ya no se oían acordes de guitarra, ni gritos de amnistía y libertad, pero de vez en cuando, mientras subía por las escaleras hacia las aulas, me gustaba tararear estrofas de “Yo vinc de un silenci…”. Había pasado tanto tiempo que por eso creo que eran solo las piltrafas de mi raquítica rebeldía. Sentí tanta envidia por no haber palpitado en masa aquella tarde de mayo, que tuve que esperar ocho años a que Raimon regresara a Madrid. Compré entradas para el 6 de febrero de 1976 en el Pabellón de Deportes del Real Madrid. Las del día anterior se habían agotado de inmediato. Creíamos que muerto el perro se acabó la rabia, pero una vez más estábamos engañados; la rabia de Fraga Iribarne prohibió los tres recitales restantes. Nos devolvieron el importe de las entradas. Guardé el dinero durante meses hasta que salió a la venta un doble elepé con las veinte canciones de aquel único recital. En una de ellas: “18 de maig a la Villa” Raimon evocaba el emblemático 68. Cada vez que la vuelvo a escuchar me acuerdo de José Mari, que aquel día tuvo la fortuna de tropezarse con un histórico grito de esperanza: «Durante unas cuantas horas / nos sentimos libres, / y quien ha sentido la libertad / tiene más fuerzas para vivir…». Al fin y al cabo se convirtieron en Canciones para después de un fracaso.

Raimon en Madrid-1968

El recital de Raimon el 18 de mayo del 68, en el vestíbulo de la Facultad de Económicas de Madrid.

Nuestro 68

Desde esta esquina del tiempo, cincuenta años después –con los 68 bien cumpliditos– me viene a la memoria el año que algunos creímos fundamental desde nuestra rebelde juventud de los dieciocho. Pero no: yo no estuve arrancando adoquines en el Boulevard Saint Germain de París aquel mes de mayo. Tampoco se me presentó la oportunidad de encaramarme a un tanque soviético cuando estos irrumpieron en la Plaza de san Wenceslas para tratar de agostar –en agosto– la Primavera de Praga. Ni afortunadamente fuí víctima de la masacre que el presidente Díaz Ordaz ordenó en la Plaza Tlatelolco de México D.F., supuestamente para preservar la paz en los Juegos Olímpicos. Sin embargo de aquel año recuerdo otras muchas cosas: que el 4 de abril, cuando regresábamos de Andalucía con una excursión del Instituto, nos enteramos que acababan de asesinar el sueño de Martín Lutero King en un motel de Memphis. Al día siguiente Massiel ganaba Eurovisión con una insulsa canción que las autoridades incompetentes prohibieron a Joan Manuel Serrat interpretarla en catalán. A comienzos de mayo estallaban las calles de París en una revolución que aquí apenas si nos dejaron un mínimo margen para entenderla. Ellos tenían un De Gaulle tan viejo como Franco. El 6 de junio asesinaban a Robert Kennedy en las cocinas de un hotel de Los Ángeles. El 20 de agosto, mientras se fraguaban los Juegos de México, mi humilde olimpiada consistía en entrenarme en la piscina del Gurugú, con el ánimo de poder ganar al frutero en los cuatrocientos metros libres, algo que por cierto nunca conseguí. A la hora de la comida, la televisión –ese invento diabólico que acabábamos de estrenar en mi casa– nos trajo imágenes en blanco y negro de la lejana ciudad de Praga invadida por los cañones de los tanques del Pacto de Varsovia que nos señalaban amenazantes desde la pequeña pantalla.

Alcala-Mexico 1968

La llama olímpica ante la Universidad Cisneriana. Finales del verano del 68.

 

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El final del verano llegó, y tú partirás. Yo no sé hasta cuando…

Parecía como si el Dúo Dinámico quisiera que partiésemos para poner punto final, con una huida hacia ninguna parte, sin saber cuando regresaríamos de la pesadilla. Un final del que recuerdo fundamentalmente que, una vez más, no conseguí batir al frutero en los campeonatos de ferias, que Franco seguía sin morirse. Pero sobre todo la imagen de una ceremonia irreal, cutre, patética y pelín hortera (ya apuntaba maneras esta ciudad) con la que trataban de hacernos copartícipes de los Juegos Olímpicos de México. La antorcha pasó por este pueblo camino de casa del asesino Díaz Ordaz. Venía de Guadalajara y al comienzo de la calle Libreros recogió el testigo un conocido concejal en calzón corto, metidito en kilos y años, para llevar la llama hasta un pebetero, con estética de falla valenciana, instalado ante la fachada de la Universidad. Custodiado por cuatro jóvenes vestales ataviadas a la más pura usanza del mundo clásico. Lástima que en la iconografía de nuestros recuerdos, esta imagen se superponga siempre y trate de borrar a la de Daniel Cohn-Bendit increpando a un gendarme galo. También al campus de la universidad americana de Berkeley, el Parque Grant de Chicago, las comunas de Berlín, las fábricas polacas, las calles de Tokio y Seúl, las plazas italianas y hasta los podiums de la olimpiada mexicana, desde los que los atletas de color elevaron su protesta, descalzos y con el puño en alto, reivindicando el poder negro. Fue en suma una lucha generalizada contra la rigidez del autoritarismo político, un movimiento cultural y moral con un carácter fundamentalmente libertario, de tal modo que el discurso se tornaba anticapitalista en las protestas de occidente mientras la crítica era anticomunista en los países del telón de acero. Cincuenta años después tenemos que reconocer que, lamentablemente, nuestro 68 no fue más allá del folklore cutre de una llama encendida ante la Universidad Cisneriana. Y el recital de Raimon tan solo el leve espejismo de libertad en una tarde de mayo en la que muchos creyeron a Bob Dylan. Para algunos de nosotros los tiempos no cambiaron, ni entonces ni en cincuenta años después.

Bendit Mayo 68

Daniel Cohn-Bendit tratando de explicar a las fuerzas del orden que los tiempos estaban cambiando. París, mayo del 68.

Íbamos a peor

El 18 de septiembre del 68 León Felipe moría en el exilio mexicano, aquel poeta que en uno de sus versos se atrevió llamar a Franco: «…sapo iscariote». El 24 de enero de 1969 se declaraba el estado de excepción en todo el territorio nacional, ante el temor que acciones minoritarias turbaran la paz de España. Pocos meses más tarde un militar me denunció por haber homenajeado a León Felipe sobre una tela, donde citaba la dictadura franquista. Vinieron a detenerme para encarcelarme en Carabanchel hasta que el tribunal de Orden Público dictara sentencia. Me salvé por los pelos, más bien por los buenos oficios de mi padre. Hoy los periódicos conmemoran el medio siglo de aquellos acontecimientos que parecían iban a cambiar el mundo. Cincuenta años después me temo que estamos en el mismo sitio, mientras la nueva y corrupta clase política se cachondea de nosotros.

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