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Del bálsamo de Fierabrás a la economía global / Por Francisco Pérez Rubio

Del bálsamo de Fierabrás a la economía global  /  Por Francisco Pérez Rubio

Tras unas de sus muchas palizas, mencionó Don Quijote a Sancho Panza, que él conocía la receta del bálsamo de Fierabrás. Era éste un objeto de leyenda, una poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano.

A semejanza de aquel bálsamo, una leyenda actual del siglo XXI es la Economía Global, cuyos grandes beneficios serían capaces de sacar a todos los pueblos y gentes de la pobreza. Ya no habría fronteras, ni aranceles, ni trabas administrativas a las importaciones (homologaciones, certificados, etc). Se podrían comprar y vender productos más seguros, de calidad y sobre todo más baratos. La felicidad mundial al alcance de todos.

Sin embargo la realidad, tozuda, se impuso a la leyenda económica de felicidad y desde hace ya muchos años comenzamos a sufrir en España – Alcalá de Henares es un buen ejemplo- el primer paso de esa economía global: La Deslocalización. Un eufemismo para decir que la actividad industrial en que concurría una gran parte de la masa laboral alcalaína, se iba a otras partes del mundo donde los sueldos eran más bajos y las trabas administrativas para instalarse, menores: nulo control medioambiental, ausencia de seguridad laboral, etc. Lo curioso del caso es que aquella mudanza no obedecía en muchos casos al objetivo de eliminar pérdidas en las empresas, sino a un afán por obtener mayores ganancias.

Hacia 1980 Alcalá comenzó a perder grandes empresas industriales como Guillette, Avón, Cointra, Schwarzkopf, Ibelsa, la última Roca,… que generaron en su día miles de parados de difícil recolocación debido a su edad y a su falta de formación.

El segundo paso de la economía global alcanzó a nuestra agricultura y ganadería, supuestamente el punto fuerte de España. En una economía global se deberían aceptar productos agrícolas o ganaderos de otros países capaces de producir más barato.

El resultado fue que nuestros campos y nuestros pueblos comenzaron a despoblarse por falta de perspectivas de trabajo hasta llegar a la “España vaciada” tan de moda ahora.

Gracias a las ayudas de la PAC (Política Agraria Común) llegadas de la Unión Europea, que sujetan en parte los beneficios de agricultores; pues de lo contrario muchos de nuestros campos, decenas de miles de hectáreas, estarían yermas y la población desprotegida de alimentos básicos frente a cualquier contingencia: una guerra, una pandemia o cualquier catástrofe de grandes proporciones. Acostumbrados a la abundancia, el desabastecimiento generalizado de alimentos nos convertiría en lobos.

En ningún manual de economía global se habló de los millones de parados que generaría en España y en otros países de nuestro entorno; sólo de sus innumerables beneficios. Del mismo modo que no se habló de una competencia desleal, puesto que el producto resulta más barato debido a que los trabajadores en esos países no tienen vacaciones, no tienen Seguridad Social, trabajan hasta los niños y mucho más de 40 horas a la semana, a veces en condiciones de semiesclavitud. Ya no hablemos de respeto al medioambiente, ni tampoco de seguridad en las condiciones laborales. Sólo hay que ojear los periódicos para encontrar numerosos ejemplos de lo anteriormente citado. Para colmo en algunos casos las empresas productoras reciben ayudas de sus gobiernos, no importando el coste o vendiendo incluso por debajo –dumping-, frente a las empresas privadas de nuestro país que deben dar beneficio a sus socios o accionistas.

Y, sí, el producto sale más barato… pero apesta y fomenta el consumismo estúpido del “todo a 1€” –despilfarro y agotamiento de recursos-.

Poco a poco nos fuimos quedando sin producción local y cuando llegó una pandemia cualquiera, caímos en la cuenta de que en España casi no tenemos producción de mascarillas, de batas, de respiradores, de tests para el coronavirus,… de casi nada: teléfonos móviles, palillos, televisores, calcetines, paraguas,… cosas elementales que nos hacen depender excesivamente de otros países y además lejanos. De ahí el espectáculo bochornoso por hacerse con un producto de alta tecnología como las mascarillas, pagando precios desorbitados, consiguiéndolas casi de favor,  conviviendo con prácticas comerciales y de transporte que rozan la piratería.

La economía global según está desarrollada, no es el moderno bálsamo de Fierabrás. Nos empobrece como país y nos pone en peligro al depender de otros países hasta en las cosas más elementales. Nos aleja de la tecnología de producción, de sus procesos y de sus puestos de trabajo que suponen el bienestar de muchas familias.

Harán bien nuestros líderes políticos y empresarios si consideran este hecho como un aviso, como una oportunidad de crecer. Si hay que ayudar a la agricultura y la ganadería para asegurar un abastecimiento, ayudémoslas aunque para la economía global sea una herejía. Si hay que ayudar a nuestras empresas –que compiten en desventaja en la economía global- ayudémoslas. Sin vergüenza y sin complejos.

No más leyendas, ni con el bálsamo de Fierabrás ni con la Economía Global.

 

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