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Curro Lope Huerta, el paso de humano a institución / Por Antonio Campuzano

Curro Lope Huerta, el paso de humano a institución / Por Antonio Campuzano

El 27 de febrero de 2020, Curro Lope Huerta, pasó de la figura humana a la configuración de las instituciones. Aquella anti encarnación aconteció en el Teatro Salón Cervantes, con la complicidad de 400 personas de variado sexo que festejaron la imposición de la medalla de oro de la ciudad a nuestro hombre de la tribuna. La primera, la segunda estará siendo acuñada para aproximadamente una década en que su portador estará en posición de recibirla ya decantado y madurado en barrica de roble francés.

El formato elegido resultó de la conversión del teatro en salón de plenos municipal para acoger al voluntariado entusiasta y solidario con Curro. Es decir, que el acto se celebró entre que se abre la sesión y se levanta la sesión. Entre ambas categorías y después  de palabras de María Aranguren, de cantos y laudatio de la vecindad, la esencia complutense y el barniz del arte (Jacqueline Trillo, Gustavo Chamorro y el profesor Castillo Oreja) emergió la silueta de Curro bendecido por un acuerdo por unanimidad de los grupos municipales, Vox incluido, para hablar de Alcalá, para hablar de la transición y para hablar del futuro.

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Curro ya se encuentra en esa pose incandescente que se adquiere cuando la veteranía ha consagrado muchas cosas entre las cuales se llevan bien, como trayectoria, biografía, amistad, capacidad de selección memorial en beneficio de lo bueno, posibilidad de influir, practicar el consejo, hacer pedagogía, incluso practicar el perdón, como acreditó con el catedrático Castillo, que se empeñó con devoción en llamarle López muchas más veces que el error de Pedro después de la crucifixión. Curro ejerce el perdón como decía Bergamín ante la contrariedad, “yo ya le he perdonado”.

La iluminación del espacio favorecía el movimiento de Curro como un espectro de magisterio que lindaba con el de jefe de Estado, ya al margen de lo humano, como si efectivamente hubieran pasado varias generaciones entre el día 27 de febrero y el alumbramiento del mundo coincidiendo con el séptimo día de la creación. El terno gris de su indumentaria “displicentemente inglés”, como dice Joaquín Leguina, y el juego de luces de los focos le concedía parecidos algorítmicos. Unas veces parecía habitual del paraninfo de Salamanca para parecer Unamuno, otras retrocedía a la imagen de siempre con su tabaco en pipa, para recaer en la mayestática posición de un cierto Mitterrand, o quizá Chirac, encantado en el sortilegio del vuelo de la cigüeña y que cayó en Alcalá, allá por 1943. Mitterrand decía tener la suerte de ser francés y De Gaulle se preguntaba muy en serio si Dios era “acaso francés”. Nacer en Alcalá para Curro es algo que sucede después que alguien te ha dicho “que la suerte te acompañe”. Hasta Javier Bello fue recordado con criterio nominal, como lo fueron con más o menos afecto Bartolo González,  Florencio Campos, Manolo Peinado, Javier Rodríguez, para caer en el agujero de la historia Carlos Valenzuela, elegido en 1979 y ya en negrita en esquelas y obituarios.

El tejido urbanístico y el conjunto patrimonial de la ciudad fueron objeto de bisturí por parte del distinguido y los congregados intercambiaban gestos de asombro ante las imágenes en blanco y negro de la ciudad cuando se parecía a Dresden y ahora que ha recobrado el color y la salud al mismo tiempo. Curro se encargó en su disertación de recuperar las imágenes de un atentado urbanístico que con la ayuda del tiempo torna en hábito, lo que ha sucedido con las inflamaciones arquitectónicas de las diez alturas que están ahí por decisión caciquil o por causa de corrupción o por ambas en unidad de acto. Vía Complutense y carretera de Pastrana y Empecinado supusieron dos operaciones de memoria asestadas con material de dentista sin anestesia. Qué daño el que sufrió el auditorio y la memoria histórica tan fácil de utilizar con la hemeroteca y los libros de actas como herramientas de intervención en la historia.

Gloria in excelsis, Curro, impulsado a la estratosfera del aprecio por los amigos de Alcalá, declarado machadianamente por el alcalde Javier Rodríguez  “bueno, en el buen sentido de la palabra bueno”, si bien hay en sus “venas sangra jacobina”, como dice la misma estrofa. Las hermanas juanas, con el permiso de la autoridad del obispo, hicieron excepción en tiempo ya cuaresmal y no faltaron a la cita, ni ellas ni el titular de la diócesis. Venció la laicidad, pero la creencia pudo tocar balón. De la intendencia, solo consistente en agua del Sorbe, se encargó Pilar Revilla, ejemplo de vía paralela pero tangente en la vida de Curro Lope Huerta, omnipresente en toda la ceremonia de homenaje, en atención al hombre de su vida, aunque el hombre de su vida a veces  creyese que allí se había dado la vuelta la historia de la opresión de la mujer por el hombre para iniciar el viaje contrario.

La medalla de oro está bien colgada y pende de pecho constituido en méritos. Los zócalos de los monumentos de la ciudad deben ser bruñidos por las manos de sus habitantes, según emotiva advertencia del graduado en afectos. Larga vida a Curro por muchas cosas, también por este acto en que ha brillado con luz propia y también con la ajena. El ejército de fieles aplaudió en pie por tiempo de cuatro minutos sin descanso, como la Scala de Milán con María Callas.

Ahora, en breve, todo es manejo de encuestas para poner sobre la mesa la próxima medalla.

 

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