Cuentos de la Luna: cambio de hora
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Cuentos de la Luna: ‘Cambio de hora’ / Por Ismael Ahamdanech

Cuentos de la Luna: ‘Cambio de hora’ / Por Ismael Ahamdanech

La miró y, al ver su cara, supo que había llegado el momento y que le sería imposible evitarlo.

Aun así hizo un último intento. Se acercó a ella, la tomó de las manos y, sin mucha convicción, trató de convencerla.

– Una semana más. Solo te pido eso. Después hablaré con ella. Lo entenderá. Estoy seguro.

– No, no lo entenderá. Tú no la conoces tan bien como yo.

– Gema, llevo casado con ella cinco años. La conozco bien. Y en algún momento incluso he estado enamorado de ella. Ya casi ni me acuerdo, pero estoy seguro de que pasó.

– Ha cambiado mucho.

– Aun así…

– Javi, te entiendo. –Gema le acarició la cara con dulzura–. Sé que no es fácil. Para mí tampoco. Me acuerdo de cómo era, claro que me acuerdo. La hermana perfecta. Radiante, llena de vida y de alegría, compasiva, tierna, siempre ayudando en todo lo que podía. ¿Sabes? Ella fue quien me ayudó a tener mi primera cita. Yo era muy tímida, y ella… ya sabes cómo era ella. Tan guapa, tan decidida. Le gustaba a todos los chicos. A mí no me miraba ninguno, pero a ella… Y un día uno la invitó a un concierto de Mecano y cuando llegó a casa dijo que estaba mala y que prefería quedarse, pero que yo podía acompañarlo. No era muy guapo, no tanto como tú. Pero fue mi primer chico.

– Por eso, Gema. Porque sé cómo era no puedo hacerlo, no puedo matarla. Ni siquiera se merece esto que le hemos hecho. Pero esto es la vida, yo no elegí enamorarme de ti. Sin embargo, lo otro, matarla… eso sí que podemos elegirlo, Gema.

– No, lo otro tampoco podemos elegirlo. No nos dejaría en paz, no dejaría que fuésemos felices. Ahora tiene mucho dinero. Y el dinero es poder. Y lo utilizaría para amargarnos la vida.

– Pues nos iremos de aquí.

– ¿Irnos? ¿Dónde? ¿Por qué? Yo no quiero irme a ningún sitio. Y además…

– ¿Qué?

– Además –Gema pasó la mano por la nuca y empezó a jugar con sus cabellos–, además, amor mío, todo lo que tiene, todo lo que ha ganado, también es tuyo. Tú has estado a su lado en los malos momentos. Tú lo dejaste todo por ella y por su carrera. Y has aguantado sus cambios de humor, sus decepciones, tantas cosas… Tú la has apoyado siempre. No habría conseguido todo lo que tiene sin ti. Y mira cómo te lo paga, cómo te trata. ¿Qué crees que te quedaría si le pides el divorcio? Nada. Absolutamente nada. Y tú no te mereces eso.

– Me da igual el dinero.

– A mí no.

– No sé si puedo hacerlo, Gema –le imploró Javi por última vez.

– Claro que puedes, amor mío, yo te ayudaré.

Se separó un poco de él y lo atravesó con su ojos verdes. Un verde tan puro que era casi inverosímil, como las hojas que crecen a principios de la primavera, como la hierbabuena en flor, como sus primeros recuerdos.

Después volvió a acercarse sin dejar de mirarlo y le cogió la cara y la llevó hasta sus labios y le dio un beso largo y húmedo mientras le desabrochaba los pantalones y descendía las manos hasta el sexo de Javi, que se hinchó al sentir el tacto suave de ella.

– Mañana –le dijo. Todavía respiraba fuerte, casi jadeaba. Estaba más bella que nunca: el sudor le caía por la cara y realzaba sus facciones: su nariz fina, sus pómulos marcados, sus ojos verdes que eran todo lo que Javi podía ver– Mañana es el mejor día.

Él quiso contestar algo, pero ella le puso el dedo índice en los labios y continuó:

– Estará en la sauna a la una. Lo sé porque he bajado a coger hora y su nombre estaba en la lista. Yo me he apuntado a las doce. Después irá ella: ha reservado a las una. No habrá nadie más: estarán todos en el cóctel que dan los nuevos vecinos. Solo tienes que ir, subir la temperatura y forzar el pestillo. Y luego dejarte ver en la fiesta. Es la coartada perfecta.

No dijo nada más. Quitó el dedo de los labios de Javi y comenzó a recorrer con los suyos el cuerpo de él: el cuello, el pecho, el vientre…

**

Una sensación de irrealidad le embarga nada más cruzar la puerta. Setenta grados. Hola Javi, ¿cómo estás?, le pregunta uno de los vecinos. Ve caras conocidas que hablan y ríen y brindan como si no pasara nada. Bien, bien, contesta Javi. Pero pasa: el pestillo está roto y la sauna es una celda hirviendo de donde no se puede escapar. ¿Quieres una cerveza? Llegó a intuir, detrás del vaho que había empañado el ventanuco, una mano golpeando el cristal. Luego, dice Javi, ahora tengo el estómago un poco revuelto. Cuando salía del gimnasio escuchó una voz a lo lejos, un grito de terror que se le clavó en los oídos como sentencia que también lo condenaba a él. Pero ya estaba lejos, ya solo pensaba en subir y dejar el destornillador en la caja de herramientas y llegar rápido al cóctel para que nadie sospechara nada. ¿Te importa que vaya al baño?, le pide al anfitrión. No, claro, al final del pasillo a la izquierda, le contesta con una sonrisa de domingo soleado que a Javi le parece una mueca cruel. Porque el grito sigue resonando en sus oídos y se ha instalado en su cabeza y en su corazón y en su estómago.

Vomita. Mira el reloj. La una y media. Ya debe haber acabado. Vuelve a vomitar. Se mira al espejo, se lava la cara, sale y busca la de Gema. Necesita ver sus ojos verdes. La una y treintaicinco. Ya debe estar. Seguro. Pero Gema aún no ha llegado…

Y entonces oye una voz a su espalda. Parecida, casi idéntica a la que retumba en su cabeza. Pero es real. Tan real como el mareo, la flojera, el vacío en el estómago que está a punto de hacerle caer al suelo cuando escucha a su mujer decirle:

– Javi, estás como ido, hijo, yo no sé qué te pasa. Me tomo una y me voy, tengo cogida la sauna, espero que mi hermana haya salido ya, no me gusta estar dentro con ella. Por cierto, esta noche han cambiado la hora, no te olvides de adelantar los relojes cuando subas a casa.

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