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Campaña y desenlace / Por Antonio Campuzano

Campaña y desenlace  /  Por Antonio Campuzano

A falta de una semana para la cita electoral, ni siquiera los más avezados encuestadores se sienten capaces de transmitir un avance sólido acerca de los resultados del 10 de noviembre. Un repaso de las fuerzas en liza y sus movimientos pre electorales desde abril hasta ahora quizá convenga aunque solo sea un ejercicio de reflexión, antes de la jornada decidida para ello, es decir, el 9-N, festividad de la Almudena, patrona de Madrid. A saber.

El PSOE resultó vencedor en minoría el 28-A y se encargó de desmentir a analistas y adelantados del porvenir, quienes se creían portadores de seguridad acerca de un gobierno de acuerdos o coalición con Podemos. Aquella certidumbre se tornó en irrealidad a medida que se sucedían los meses de negociación. Los liderazgos de Sánchez e Iglesias no fueron capaces de parir una concertación para la formación de un gobierno. Gentes de la opinión política tenidos como dueños de idea certera de lo razonable como Luis María Anson y Juan Luis Cebrián, cada cual validados en terrenos y posicionamientos políticos dispares, coincidían en que lo posible y probable podían convivir en un acuerdo de gobierno de PSOE y Unidas Podemos.

Un detalle nada baladí, el movimiento de Pablo Iglesias cedente de protagonismo en favor de otros en su partido para favorecer el entendimiento,en el mes de julio, concede al líder morado un barniz de tolerancia nada despreciable, pero que resultó insuficiente para la plana mayor del partido socialista. Una vez más, los consejos recibidos por el presidente en funciones en torno a las dudas que podría suponer la voz de Podemos tras la sentencia de Catalunya, hicieron precipitarse las razones del no definitivo a un acuerdo y el sí terminante para la convocatoria de elecciones en noviembre.

Ese divorcio entre las dos fuerzas mayoritarias de la izquierda, negadoras de la posibilidad cercana portuguesa, podría significar la repetición de esa ruptura para escenarios futuros, como el del 10-N,  a menos que se produzca la retirada no estratégica sino total y física de uno los dos agentes principales, Sánchez o Iglesias. Y eso, hoy por hoy, no parece al alcance de lo posible. Los recelos permanecen intactos tras el verano y la negación de las alianzas.

La negación de las fuerzas mayoritarias, PSOE, PP y Cs, a Unidas Podemos puede desnaturalizar muy peligrosamente el juego de partidos y su credibilidad en el tablero político constitucional. Unidas Podemos deberá jugar siempre en la oposición, jamás en tareas de gobierno, como sucede, por ejemplo, en otras administraciones. Eso solo es un empobrecimiento del juego político.

Unidas Podemos parece remontar en los últimos sondeos y su presencia de 30-40 diputados va a permanecer siempre como una imagen fija en la escena pública. La dialéctica poderosamente argumentada de Pablo Iglesias no es fácil de erradicar. La aparición de Más País, de Iñigo Errejón, no parece en principio más que una escisión de la masa madre de Podemos para trasvasar algunos votos, pero que no jugarán con el favor descontado del PSOE.

Pablo Casado y el PP parecen beneficiarse del ostracismo de CS y de su líder Albert Rivera, cuarteado a pasos agigantados por las fugas internas. El PP juega a favor con las corrientes más conservadoras de España, sus automatismos, sus costumbres, sus hábitos más ancestrales relacionados con el orden y el concierto, que han encontrado en Casado y su capacidad de reencuentro con todo ese arsenal y cosmovisión de la vida en sociedad. Casado, al encuentro de la España de toda la vida, refractaria a los cambios y a los sesgos innovadores.

Ciudadanos se encuentra a muy pocos metros de la categoría de la decepción. La misma decepción que experimentaron personajes como Rosa Díez, generadora de una impresión de sí misma incompatible con la merma de esa imagen por los otros. Las obsesiones de Rivera con el PSOE y con el nacionalismo ya tienen denominación de origen en el PP y esa deriva ya no es compartida por muchos de sus militantes, que gotean su deserción poco a poco. Y ese goteo corre riesgo de dejar de serlo para convertirse en inundación si los resultados son contrarios abiertamente.

Vox, contrariamente a los pronósticos tan llenos de optimismo creciente, puede tropezar con el universo de las cifras, tan convincente como resultó en abril. El 15 por ciento presumible y negado de abril encuentra el mismo muro en este momento. Un crecimiento de treinta y cinco diputados del PP a costa de la versión mínima de CS no aflora crecimiento de Vox en el doble de actas. Si eso fuese así, habría que pensar en una derechización sumatoria capaz de hacer emerger un mayoría conservadora con apoyo de la ultraderecha de Vox. Y eso no aparece en ningún sondeo. Eso supondría un gigantesco efecto Catalunya, que tendría adeptos claramente contrarios a la democracia. Es decir, que la podredumbre de la vida pública sería muy difícil de embridar.

Por otra parte, el liderazgo de Vox en la persona de Abascal no es comparable, por autoridad y carisma, al de Iglesias, en la otra parte de la contienda con un gran partido. Abascal es menos problema para PP que Iglesias lo es para PSOE.

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