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Biden: la historia y su mecanismo de defensa / Por Antonio Campuzano

Biden: la historia y su mecanismo de defensa / Por Antonio Campuzano

Quince millones de votos más cosechados  por  Biden este martes que los obtenidos por Trump hace cuatro años dan para pensar mucho. En paralelo a estas reflexiones se encuentra la perplejidad por el recuento a lomos de mula del sistema electoral de los Estados Unidos, sobrepasado en eficacia por los recuentos de Sierra Leona o Guinea Bisáu. La familiaridad con que se asume esta manifestación obsoleta cada cuatro años no puede alimentar el hecho como una cuestión intocable.

El mundo contiene el aire durante cuatro jornadas con la complicidad del descalabro técnico en plena glaciación tecnológica de la información. El automatismo de los habitantes del mundo puede que sea una realidad tangible en el siglo XXI después de lo ocurrido en el siglo anterior. Cuando se tensionan los pulsos los electores acuden en ayuda del instrumento de las urnas.

En 2002, en la primera vuelta de las elecciones francesas Jacques Chirac contabilizó cinco millones y medio de votos frente a los veinticinco millones y medio de votos en la segunda vuelta, precisamente cuando la representación de los peligros de la primera mitad del siglo XX se corporeizaba en Jean Marie Le Pen. La inestabilidad que se ha generado durante estos cuatro años, sin que apareciesen conflagraciones de nuevo cuño, a partir de la elección de Donald Trump, había generado un stress internacional que solo podía ser contrarrestado por la sensibilización del país más poderoso de Occidente.

En la onírica puesta en escena de un mundo insensibilizado que hace la premio Nobel polaca Olga Tokarckuz, en “Un lugar llamado Antaño” (Anagrama, 2020), habla de la confusión como la personalización del “Hombre Malo el cuarto día receló de los puntos cardinales del mundo”, se representa el riesgo sobre el que se mueve una comunidad, con la profusión de amenazas que se solventan con situaciones interactivas.  Las relaciones internacionales acumulan, al parecer, un caudal de antígenos para dotar de elementos de inmunidad a los agentes peligrosos y extravagantes que aparecen disruptivamente en la escena pública para producción de alarmas.

Poner de acuerdo en una pareja de apellidos, Biden y Harris, a setenta y cinco millones de personas, es una tarea común propia de un país como los Estados Unidos, “ese paradisíaco comedero de cerdos”, definido así por Norman Mailer, en Los ejércitos de la noche; el mismo país donde existe un promedio de ingresos por mes de tres mil euros, según el economista Thomas Piketty.

Las anomalías históricas sufren de una reacción que no puede ser desdeñada. China, Corea, Medio Oriente, Unión Europea, Rusia y adyacentes, ven el mundo de otra manera a partir del triunfo de Biden y la derrota de Trump. El vaivén histórico que permite la eclosión de semejantes representantes a la manera del magnate metido a presidente de la primera potencia occidental admite numerosas interpretaciones, pero los mecanismos correctores aparecen con una espontaneidad misteriosa.

Antony Beevor, historiador de referencia en muchos asuntos, prologa “Los Papas, una historia”, de su suegro John Julius Norwich, y dice que “los hechos casuales de la historia pocas veces son predecibles y en ocasiones resultan ridículos”. La casualidad de hace cuatro años ha sido corregida con un arsenal de votos surgidos del arrepentimiento y de la necesidad de corrección de un despropósito.

 

 

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