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Anguita: la revisión / Por Antonio Campuzano

Anguita: la revisión  /  Por Antonio Campuzano

Murió Julio Anguita y, como tantos otros, no se libró del “día de las alabanzas”, conocida fórmula en virtud de la cual todos aquellos desaparecidos, por biológicos que sean los matices que han acompañado su óbito, concitan en su paso por este mundo méritos suficientes para ganar el cielo en caso de ser creyentes, o el panteón de hombres ilustres, de ser incrédulos.

El paso por la vida pública de Julio Anguita tuvo un concluyente balance: fue el creador de un fantástico escenario de ilusiones en el mundo de la izquierda, apoyado en los hechos históricos de la entrada en la Comunidad Europea y el referéndum OTAN, con un resultado siempre pobre en votos e incapaz de producir el adelantamiento al PSOE de Felipe González.

Sus relaciones con Santiago Carrillo refrescaron siempre la polémica hasta que el asturiano dijo que Anguita sentía más interés por la figura de José Antonio Primo de Rivera que por la de Lenin o Stalin. Carrillo obtuvo 23 diputados, en 1979, frente a los 21 de Anguita, en 1996, pero la opinión pública degenera y se deja llevar por el amparo al desajuste matemático.

La degradación a que se vio sometido Nicolás Sartorius, procesado en el histórico 1001, tampoco hacía sentir respeto alguno al cordobés sobre la trabajada transición. Si no repudio, sí hubo ausencia de entusiasmo por parte de Anguita cuando se produjo el acuerdo de gobierno reciente entre PSOE y Unidas Podemos. Es decir, que el desaparecido referente de la izquierda, como se dice gacetilleramente, ejerció siempre con gran convicción la modulación del ombliguismo.

Pedro J. Ramírez, quien abrió numerosas  veces su vivienda privada al llamado califa rojo pero siempre para activar erosiones al socialismo del aquel entonces, dice que Anguita nunca reconoció, ciertamente, en el PSOE a un partido que hiciese algo en España por su modernizase en sentido progresista. En lo que respecta a Felipe González siempre masticó con deleite que fue él quien acuñó el apelativo de “señor X”, para indeleble acusación en el asunto GAL. Pues bien, todos estos vectores de la insania contra su compañera, la izquierda socialaldemócrata, fueron puestos en valor por la opción conservadora de José María Aznar, antes y después de su etapa de gobierno del PP, con la dinámica colaboración mediática de mucho “sindicato del crimen”, sin que el ahora fallecido mostrara disgusto alguno. Su ejemplo desgarrado contra el PSOE permitió imitaciones burdas en muchos ayuntamientos, en 1995, que concluyeron con gobiernos del PP en medio de festejos adánicos de Izquierda Unida. La escultura de aquellos remoquetes de “las dos orillas” y el “sorpasso” resultaban cada vez menos creíbles por cuanto provenían de alguien cuyo lugar más cómodo es aquel más lejano de la realidad.

Las polémicas con el grupo Prisa de comunicación ayudaron a la desnudez del personaje en materia de teoría política e incluso en la órbita estricta de la cultura general. Anguita no era un hombre sabio, aunque él lo deseara y sobre todo que se dijese, a ser posible públicamente. Javier Pradera, verdadera columna de ejemplaridad en la izquierda, mantenida contra todo pronóstico y contra la objetividad política de sus orígenes, le decía aquello que más cólera le producía, que era un “semiculto”, esa apariencia de versado más o menos fácil de despojar para hacer prevalecer la ignorancia.

Anguita fue de una gran utilidad tonta, en términos políticos, para una derecha en España que no podía resistir gobiernos socialistas durante mucho tiempo. Ayudó con una condición de bochornoso interclasismo y neutralidad al deterioro de la figura pública de Felipe González, sin que en el tránsito obtuviese ventaja alguna. La silueta de Pablo Iglesias, para quien conocía al personaje, solamente le producía sentimientos inconfesables, porque había logrado lo que significaba urticaria para el cordobés: el entendimiento de la izquierda.

El revolucionario ruso Alexander Herzen, en Los exiliados románticos, de Edwar H. Carr, en Anagrama, habla con reprobación de un enemigo: “escuchaba a los demás con estudiada condescendencia y a sí mismo con sincero placer”. Anguita, retratado.

 

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