Regreso a Marsé / Por Vicente Alberto Serrano
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Regreso a Marsé / Por Vicente Alberto Serrano

Regreso a Marsé / Por Vicente Alberto Serrano

Desde la Biblioteca de Babel

Me contaba uno de mis hermanos mayores que en vísperas del estreno de la película “Gilda”, programada para el Domingo de Resurrección –allá, en una ciudad del sur– los dueños del cine Cervantes decidieron, a modo de previa promoción, colocar el cartel de la película en la fachada, el mismísimo y sacrosanto Viernes de Dolores. La calificación moral podía consultarse en los tablones de cualquier iglesia parroquial. Antes del estreno ya la habían clasificado como: ‘4, gravemente peligrosa’. Tal vez por eso los jóvenes de Acción Católica, alentados por los curas, madrugaron aquel sábado para arrojar sobre la cartelera sus tinteros, a modo de purificadores cócteles molotov. Durante toda la Semana Santa la sugerente y pecaminosa pelirroja Rita Hayworth permaneció emborronada. El efecto de la tinta Pelikan logró ocultar los provocadores hombros, el excesivo escote y hasta el moldeado espectacular de su cuerpo perturbador que se intuía bajo la seda de un largo vestido. Tan largo como las túnicas de los penitentes que de este modo pudieron procesionar durante la santa semana, sin tentación alguna, porque el céntrico cine estaba ubicado al inicio del itinerario oficial por el que obligatoriamente tenían que desfilar todas y cada una de las cofradías. Al terminar de leer “Esa puta tan distinguida” (Ed. Lumen) de Juan Marsé, me ha rebotado en la memoria aquella historia que un día me contó uno de mis hermanos mayores.

El efecto de la tinta Pelikan logró ocultar los provocadores hombros, el excesivo escote y hasta el moldeado espectacular de su cuerpo perturbador que se intuía bajo la seda de un largo vestido

Gilda

Un genial ajuste de cuentas con el cine

La última novela de Marsé supone un guiño genial para todos los que nos consideramos sus lectores incondicionales, aquellos que siempre nos hemos sentido cómplices, tanto de sus muchos aciertos como de sus pocos errores. Las páginas de “Esa puta tan distinguida” encierran algo más que un magistral autobiográfico ajuste de cuentas con el mundo de cine. Sin embargo la primera recomendación antes de iniciar su lectura, sería la de retirar la desafortunada sobrecubierta, que semeja más bien un mediocre anuncio de fajas: (Señora: su tipo como ninguno, en Espoz y Mina uno) unido a ese torpe tratamiento tipográfico repetitivo de autor y título, que creemos imaginar pretende dar idea de la cinta continua del celuloide. Tal vez quiera sugerir, aunque no lo consiga, que la trama de la novela se sostiene sobre un crimen cometido una tarde de enero de 1949 en la cabina de proyección del cine Delicias. Programa doble y achicharrándose sobre la pantalla los fotogramas de Gilda desnudando su brazo, mientras una puta muere estrangulada con un fragmento de los descartes de la película de Glenn Ford y Rita Hayworth anudados en su cuello. En el verano del 82, en plena transición y aún con el recuerdo muy presente de un tricornio en el Congreso, al autor se le encarga que convierta su memoria en un guión de cine. Durante algunas tardes convoca en la terraza de su casa al asesino, pero Fermín Sicart aunque sí recuerda el crimen, es incapaz de poder recapacitar sobre las causas. Fue detenido, encarcelado y sometido a terribles tratamientos de shock en el siquiátrico de Ciempozuelos llevados a cabo por el doctor del régimen Tejero-Cámara (Vallejo-Nájera). La novela se inicia con un insólito cuestionario de respuestas sin preguntas a través de las cuales Marsé logra perfilar un perfecto autorretrato, prólogo de ese guiño genial al que nos referíamos. Existe el productor del encargo, un prepotente y temible mercachifle cuyo nombre: Moisés Vicente Vilches, de manera inevitable nos evoca el frustrado resultado final del film “El embrujo de Shanghai”. Un director de izquierdas, Héctor Roldán (que semeja demasiado a Bardem), poniendo tantas zancadillas ideológicas al proyecto, en el deseo de alcanzar un morboso docudrama con mensaje, que pronto será sustituido por otro veterano director de sospechoso nombre, José Luis de Prada (Sáenz de Heredia), escorado a la derecha, reliquia del cine de pelucones históricos en Cifesa y hagiografías del Dictador. Carol, la puta asesinada, al parecer estuvo liada con un falangista, cacique político del barrio. Ella actuaba algunas noches, allá por el 45, en el Salón Guinardó con el nombre artístico de Chen-Li, acompañada en las selectas varietés con personajes como: «Rufián y Tardá, afamada pareja de payasos volatineros y saltimbanquis o Pilar Rajola, contorsionista verbal y cómica radiofónica». Una novela en suma con la que resulta reconfortante, una vez más, regresar a Marsé.

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