Mantra y terceras elecciones / Por Antonio Campuzano
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Mantra y terceras elecciones / Por Antonio Campuzano

Mantra y terceras elecciones / Por Antonio Campuzano

El mantra es término que viene del sánscrito y que viene a ser como una frase, palabra o sílaba de contenido sagrado que se repite con mucha periodicidad. De origen y creencia asiáticos, su aclimatación a Europa, concretamente a España, si no se habla de mantra en cualquier argumentación, esa argumentación carece de una mínima validez. Entre otras acepciones, gana naturaleza el mantra referido a las terceras elecciones.

Todo lo que sea acudir a unas terceras elecciones es un fracaso de volumen cósmico, universal. Todo puede estar en riesgo si se llega a esas terceras elecciones que podían perfectamente poner en riesgo la adoración de los pastores, la celebración de la Navidad, las campañas de gran consumo de los grandes almacenes, la corporeidad de la fiesta más pagana o entregada al culto divino.

Pedro Sánchez, ex secretario general del Partido Socialista, estaba devotamente alejado del mantra de las terceras elecciones, a las que contribuía con denuedo al decir abiertamente “no” a cualquier investidura que tuviera a Mariano Rajoy como depositario de sus favores, bien con voto activo o voto pasivo, o sea abstención.

Las fuerzas ocultas pero latentes de la normalización política, de la corrección política, con miras a las instituciones europeas, han ejercido de ahuyentadores del mantra de las terceras elecciones. Y, sorprendentemente, en el interior de ese conglomerado de fuerzas resulta que estaba también el Partido Socialista, o alguna de sus variantes. Y ese mantra, operado en contra de la triple cita electoral, se ha llevado por delante la figura pública de Pedro Sánchez, precisamente cuando estaba en la plenitud moral de una formulación política en todo caso discutible pero llena de coherencia y racionalidad.

El Partido Popular, como institución de representación pública, está asaeteada por más de una decena de procedimientos judiciales que le afectan hasta lo más íntimo y que pueden o podrán al menos poner en liza moral la idoneidad de ese partido para representar a un segmento del electorado español.

La posición de Sánchez, al poner la cara de Rajoy, su presidente, al partido de la presunta corrupción, no parece bajo ningún concepto que fuese experimental para la consecución de objetivos extraños. De una parte, el no a la investidura era el mismo no a la orfandad del buen hacer político, al abrazo indisimulado a las prácticas obscenas de administración y gobierno. La posición de Sánchez, como líder del partido socialista, era alejarse de la complicidad en una investidura que podría rajar los organismos sanos del partido.

La acusación de acercamiento a formaciones como Podemos resultan rechazables cuando fue precisamente Podemos el partido que propició el mantenimiento de Rajoy y la convocatoria de las segundas elecciones. Esto es, el espectáculo del fin de semana pasado hay que convenir que resultó innecesario desde el punto de vista público e inoportuno desde el punto de vista privado del partido socialista.

Puesto que ahora coloca a esta misma formación en la necesidad, para legitimar la defenestración de Sánchez, y en la obligación de la abstención. Es decir, la colaboración pasiva para erigir a Rajoy, cuando pueden que vayan cayendo sentencias condenatorias contra el Partido Popular, que regirá los destinos del país con el empujón colaborador de la nueva dirección socialista. Incomprensible. Octavio Paz, en El ogro filantrópico: “Frente a la injusticia, la frialdad es complicidad”.

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