Los cines de verano y la última película / Por Vicente Alberto Serrano
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Los cines de verano y la última película / Por Vicente Alberto Serrano

Los cines de verano y la última película / Por Vicente Alberto Serrano

Desde la Biblioteca de Babel

Cerca de mi casa aún perviven los restos de lo que fue un cine de verano. Por encima de la tapia sobresale el muro encalado sobre el que entonces se proyectaban las películas. Con el paso del tiempo, desconchado por tantas lluvias, el muro ha perdido buena parte de su blancura. Desde el centro de aquello que fue pantalla, hoy surge un cable que atraviesa todo el espacio hasta el extremo opuesto, esa especie de garita elevada por cuyas mínimas troneras, en las noches calurosas surgía un haz de luz que al rebotar en la pared contraria narraba sugerentes aventuras en technicolor. En la esquina de la calle Arratia todavía se conserva el ventanuco que fue taquilla y sobre él, con tosca caligrafía trazada con pintura verde se puede leer: 75 ptas. Tal vez sea el precio de la entrada a la última película.

Foto 1. Cartel

Cartel de La última película.

La última película

De este modo se tradujo en nuestro país “The Last Picture Show” un filme dirigido por Peter Bogdanovich en 1971, adaptación de la novela autobiográfica de Larry McMurtry (Publicada en 2012 por la editorial Gallo Nero). Una película que no nos narraba sugerentes aventuras en tecnicolor, pero que habría servido de perfecto responso si se hubiese proyectado como despedida en todas y cada uno de los muros blancos que en las noches de verano, a lo largo de nuestra adolescencia, nos mostraron otros sugerentes mundos que, lamentablemente, no estaban en éste. Se trataba de una desoladora historia que se desarrollaba, durante la década de los 50, en un pequeño pueblo de la Norteamérica profunda. Identificarnos con los protagonistas resultaba fácil porque, rodada en inquietante blanco y negro, reconocíamos que aquí aún permanecíamos sumidos en la misma escala de grises, atrapados por largos y cálidos veranos de insatisfacción y aburrimiento, en una ciudad encerrada en sí misma sobre las ruinas de su pasado. Mientras ellos trataban de encontrarse en la oscuridad de un viejo cine. Nosotros esperábamos los atardeceres haciendo cola ante un ventanuco en forma de taquilla porque, desde allí, creíamos  poder acceder al prometedor, por falso, otro lado del espejo.

Foto 2 Cine de verano

Atrapados por largos y cálidos veranos de insatisfacción y aburrimiento, creíamos poder acceder al otro lado del espejo. (Collage del autor).

Topografía cinematográfica

Los cines de verano conformaban entonces una atractiva y prometedora topografía local. Hoy han desaparecido por completo. Somos capaces de recordar todos sus nombres: Cisneros, la Terraza del Parque, la del Grande, Alegría, Alcalá, Zulema, Real, Olimpia, Los Olivos y Ferraz. A excepción de Los Olivos, ahora resultaría imposible recuperar una mínima parte de sus restos arqueológicos. Sobre aquellos solares tapizados de cáscaras de pipas, con sus sillas de enea o metálicas alineadas en rígidas filas, iluminadas, durante los engorrosos y constantes cortes, con unas pocas bombillas de 40 watios. Con sus toscas fachadas, decoradas cada día por media docena de fotocromos y un rugoso cartel que trataban de sugerir lo que esa noche se iba a cocer dentro. Sobre ese territorio tan ligado a nuestra infancia y adolescencia se fueron alzando los bloques de una ciudad que creció torpe y desmesuradamente, guiada por la especulación incontrolada de unos pocos. Mi admirado Benito Moreno cantaba aquello de “España huele a pueblo”. Era una canción construida a base de peculiares aleluyas con las que trataba de señalar a todo lo que le olía su tierra: «…a colegio y a hermano / a botones de hueso, / a cine de verano. / A mí me huele a eso / a maceta regada, / a oliva machada…». Sin embargo yo no percibía aroma alguno en los cines de verano. En todo caso, cuando rolaba el viento y nos traía los desagradables olores de la Roclaine. Pero sentíamos otras sensaciones. Las salamanquesas recorriendo la pantalla antes de la proyección. Los inevitables No-Dos, que afortunadamente comenzaban cuando aún no había anochecido y nos mostraban al dictador, omnipresente protagonista, inaugurando el pantano de turno; pero por culpa de la claridad solar, que no mental, aparecía totalmente desdibujado como siempre nos hubiese gustado conocerlo. El defectuoso y grave sonido de la cinta que les infería el mismo tono cavernoso a todos los actores. Los frescos relentes de los últimos días de agosto que empezaban a amenazarnos como el Dúo Dinámico: «…el final del verano llegó / y tú partirás…». El cielo estrellado y alguna fugaz que parecía subrayar en su recorrido que la realidad era otra, más allá de ese mundo en el que tratábamos de sumergirnos para engañarnos compartiendo con héroes de ficción, bellezas imposibles enredadas en paisajes de radiante color.

Magdalenas caducadas

No logro recordar cual fue la última película que compartimos al aire libre en el sueño de una noche de verano. Pero sí recuerdo perfectamente como poco más tarde también tuve que asistir al desmantelamiento de las otras salas de cine del entorno urbano. Hoy el cine se envasa, se piratea o se suscribe destinado a los televisores, para devorarlo en la egoísta soledad de las salas de estar. La otra opción es coger cualquier medio de transporte y trasladarte al extrarradio donde en los centros comerciales parecen ofrecerte una apabullante oferta de películas novedosas con horarios endiablados. En la espera puedes consumir trapos, electrodomésticos o productos de alimentación, pero tal vez con la desagradable sorpresa que al alcanzar el paquete de magdalenas de Proust, descubras que están pasadas de fecha de caducidad. Cada día es más difícil ir en busca del tiempo perdido.

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