Leonard Cohen, fundido a negro / Por Vicente Alberto Serrano
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Leonard Cohen, fundido a negro / Por Vicente Alberto Serrano

Leonard Cohen, fundido a negro / Por Vicente Alberto Serrano

Desde la Biblioteca de Babel

Hace cincuenta años –medio siglo nos escucha– el grupo catalán Los Salvajes grababa un disco con cuatro temas, entre los que se contenía “Todo negro”; versión en castellano del famoso “Paint it, Black” que los Rolling Stones habían convertido en rotundo éxito pocos meses antes y con el que aún hoy –desde su envidiada senectud– consiguen enardecer a las masas. Lejanas fechas aquellas en las que continuamente nos angustiaban recordándonos que vivíamos sumidos en una patética escala de grises. Eso a pesar de la cursilería lastimera de Donovan que con su “Colors” se empeñaba en inundarnos con toda la paleta cromática del arco iris. Sin embargo al parecer el entorno era mucho más oscuro, lo apreciábamos cuando Gaby de Los Salvajes se arrancaba con aquello de: «No se qué pasa que lo veo todo negro. / Porque cualquier color se me convierte en negro…». Y Mick Jagger, desde los escenarios, jaleaba a su público con estrofas como: «Miro dentro de mí, /y veo que mi corazón está negro. / No es fácil plantar cara / cuando todo tu mundo es negro». También es verdad que Mike Kennedy, hermoso y rubio como la cerveza, cantaba la simpleza de: «Negro es negro / quiero a mi nena de vuelta / esto es gris es gris / desde que ella se fue». Pero ˝Black is Black˝ de Los Bravos, que se había grabado en Londres ese mismo año –por supuesto en inglés– durante muchísimas semanas, arrasó en las listas de éxitos y como nadie se tomó la molestia de traducirnos tan insulsa letra, se vino a convertir en una especie de optimista himno generacional. Efectivamente todo transcurría en blanco y negro a nuestro alrededor. Mas bien solo Black.

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Entre Mick Jagger y Mike Kennedy nos acostumbramos a vivir en una permanente escalas de grises. (Archivo V.A.S.)

En esto llegó Leonard Cohen

En el legendario 68, Olivio Isla, un poeta amigo que poco después se nos perdió buscando su norte, nos trajo de Toronto un álbum con las canciones de un tal Leonard Cohen, cuya foto de cubierta, virada en sepia, parecía arrebatada de algún Cuadro de Honor de un colegio de curas, tal vez del año en que debió acabar Preu. Por supuesto rodeada de un passepartout, irremediablemente negro, que ya auguraba la voz oscura y sugerente que íbamos a descubrir en los diez temas del negro vinilo. Desde entonces –y de aquello hace muchos más años de los que nos gustaría recordar– los versos de sus poemas y sobre todo la sombra de su voz, nos han estado acompañado en este trabajo nuestro que tiene mucho de modista, porque esta labor callada –pero con música de fondo–  consiste en vestir los libros de los demás. Conocimos a Suzanne, que nos invitaba a pasar la noche con ella en su casa junto al río. Nos despedimos de Marianne pensando que ya era tiempo de empezar a reírnos de todo aquello. Buscamos sus libros de poemas –como diría Aute– «…en un arrebato de infección sentimental…». Incluso nos inquietamos con una de sus novelas porque en El  juego favorito (Ed. Fundamentos) descubrimos mucho más que aquel crítico que apreció en sus páginas a un Joyce redivivo con la energía de Henry Miller. Nosotros creímos ver –entre tinieblas– la sonrisa maliciosa de Borges.

Dos años antes

Leonard Cohen nació en Montreal el 21 de septiembre de 1934. Dos años antes de que asesinaran a Federico. Junto a Yeats y Walt Whitman, Lorca fue uno de los escritores que más influirían en su inicial trayectoria poética. En 1986 participó en el disco colectivo “Poetas en Nueva York”, con una versión muy personal del poema lorquiano “Pequeño vals vienés” al que añadió estos dos versos tan significativos: «Y enterraré mi alma en un libro de recuerdos, / con las fotografías en las ondas oscuras de tu andar». Aquel año se empeñó en conocer Granada, pero sobre todo la casa natal de Fuentevaqueros. Allí se dejó fotografiar emocionado contemplando una falsa cuna del poeta.

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Del chico de Preu al hombre del claroscuro; casi medio siglo nos contempla. (Archivo V.A.S.)

Enterraré mi alma en un libro de recuerdos

Como las hojas de un entrañable libro de recuerdos, a través de todas y cada una de las cubiertas de sus discos, he podido percibir, con bastante inquietud, que hemos ido envejeciendo juntos. Desde aquel otro álbum –blanco y negro– de 1969 “Songs from a Room” (Canciones de una habitación) hasta este supuesto epílogo de 2016 “You Want it Darker” (Lo quieres más oscuro), nos hemos ido envolviendo entre el acogedor susurro de sus canciones, mientras conseguíamos percibir la elegancia de un rostro que se surcaba de arrugas. Evocamos entonces aquel relato de Borges en el que nos habla de un hombre que se propuso la tarea de dibujar el mundo a lo largo de toda su vida, pero que poco antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas, tan solo traza la imagen de su cara. Entre el rostro en sepia de aquel chico de Preu retratado para el Cuadro de Honor, y este otro hombre de claroscuros que libera su brazo del constreñido enmarcado en perspectiva, han pasado casi cincuenta años, ¿medio siglo en black?. Quiero creer que no y aunque Leonard Cohen se empeñe en declarar a los medios que: «…a sus 82 años está listo para morir», esperemos que este álbum tan negro no sea su disco de despedida. De ninguna manera queremos consentirle un alarmante fundido a negro, porque hemos logrado llegar hasta aquí en su reconfortante compañía: Black is Black.

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