El Abbey Road alcalaíno / Por Vicente Alberto Serrano
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El Abbey Road alcalaíno / Por Vicente Alberto Serrano

El Abbey Road alcalaíno / Por Vicente Alberto Serrano

Desde la Biblioteca de Babel

Los legendarios Estudios EMI se mantienen aún al comienzo de una de las calles que atraviesan el municipio londinense de Westminster. Se inauguraron en noviembre de1931, con Pompa y circunstancia, una de las obras más destacadas de Edward Elgar (1857-1934), reconocido compositor inglés que, ferviente defensor de las grabaciones discográficas, dirigió aquel día a la Orquesta Sinfónica de Londres en una sesión mítica, cuyo recuerdo quedó perpetuado en la placa conmemorativa que adorna la fachada del edificio principal. A partir de 1970, pasaron a llamarse Abbey Road Studios, no sólo por estar situados en el número 3 de esta calle, sino porque el 26 de septiembre del año anterior se había lanzado al mercado otra grabación mítica de aquellos estudios, el álbum titulado Abbey Road.

abbey-road-beatles

El desfile improvisado que George, Paul, Ringo y John realizaron una mañana de verano de 1969, antes de separarse definitivamente.

Abbey Road, 1969

Desde entonces el rótulo de la calle que ha sido robado o pintarrajeado continuamente, pero sobre todo el paso de cebra que cruza la calzada junto a los estudios, se han convertido en lugar de peregrinación. Asaltado permanentemente por una continua legión de fetichistas, ante la desesperación de los conductores que se ven obligados a frenar para que todo grupo de turistas plasmen en sus móviles la burda imitación de aquel desfile improvisado que George, Paul, Ringo y John realizaron una mañana de verano de 1969, antes de separarse definitivamente. La foto sirvió para la portada del último álbum grabado por los Beatles, diseñada por John Kosch, en ella ni siquiera aparece el nombre del grupo, aunque se muestra en la contra, por encima del rótulo de cerámica original de la calle, sustraído poco tiempo después. Esta imagen junto a las alucinantes escenas de la película Yellow Submarine y la cubierta de Sargent Peppers, han permanecido en mi imaginario durante décadas. Tres iconos gráficos que fueron tal vez culpables o al menos cómplices de mi posterior trayectoria como diseñador.

calle mayor

La imagen de 1937, frente a la otra de 1956, parecen sugerir todo un torneo medieval.

Calle Libreros, 1937

Es posible que por eso, años después, al descubrir la foto del último paseo de Azaña por la calle Libreros de su pueblo, evocara inevitablemente aquel paso de peatones londinense. Poco tienen que ver las dos imágenes entre sí. Sin embargo, mientras los miembros del grupo de Liverpool, con semblante serio, parece dirigirse hacia ninguna parte o simplemente hacia su disolución. El grupo republicano, entre la seriedad de Negrín, la escéptica curiosidad de Azaña y las sonrisas compartidas de Prieto, Miaja y El Campesino, tal vez ignoren aún, aunque lo intuyan, que se dirigen irremediablente hacia la derrota. Noviembre de 1937, seis años después de que Elgar dirigiese su batuta frente a la Sinfónica de Londres para iniciar la vigorosa marcha de Pompa y circunstancia. Seis años después de que desde los balcones de la Puerta del Sol, se proclamase la esperanzadora pero fugaz Segunda República. Treinta y dos años antes de que un grupo musical que había conmocionado toda una década, paradójicamente entonaran Come Together (Juntémonos), justo cuando estaban a punto de disolverse, de separarse.

Plaza de Cervantes, 1956

El diseñador gráfico suele trabajar con imágenes. A través de ellas, manipulándolas a veces a modo de collage, se esfuerza por transmitir un mensaje que logre en el destinatario el impacto  directo y la curiosidad para adentrarse por las páginas que recoge la cubierta de ese libro, asista al espectáculo teatral que anuncia ese cartel, escuche la grabación que se encierra dentro de ese álbum o simplemente reflexione ante dos escenas radicalmente contrarias. Cuando trabajaba sobre el diseño de un libro de José María San Luciano, me encontré con esta otra instantánea de la Plaza de Cervantes en 1956 y en el recuerdo permanente de aquel Abbey Road juvenil, quise ensamblar dos imágenes radicalmente contrapuestas. En mi infancia trataron de convencerme que la Guerra Civil había sido una cruzada. Tal vez por eso, al pegar una foto frente a la otra, quería sugerir un torneo medieval. Los victoriosos obispos, clérigos, militares y fuerzas vivas, con sus amenazantes bastones de mando, enfrentándose a los restos de un naufragio bélico y político que –tal vez sin saberlo– caminan ya hacia la derrota final, en el último gesto de querer inculcar un optimismo imposible a sus leales. Veinte años después de hacer cautivo y desarmar al ejército rojo. Veinte años después de haber alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. Los vencedores de tan trágico torneo, enfilan la calle Mayor para inaugurar el falso chalet de Cervantes y, desde el cinismo, tratar de homenajear las mismas letras perversas que ellos habían incinerado tras la victoria del 39. Con el tiempo, la irrealidad virtual ha conseguido convertir a ciertos escritores en un atractivo turístico sin necesidad del engorroso trabajo de leerlos. Frente al paso de cebra del cruce entre Abbey Road y Grove End, donde los fervientes admiradores de las canciones de los Beatles se amontonan para fotografiarse, descubrimos que en el corazón de la calle Mayor alcalaína los turistas se apiñan para retratarse con el pisapapeles, entre esos dos personajes de bronce, protagonistas de la novela que tal vez nunca lleguen a leer. Es en este momento cuando uno duda si la música de fondo para ilustrar esa imagen ensamblada debería ser Pompa y circunstancia de Elgar o Come Together de John Lennon.

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