Dios del flow ven a mí… / Por Anabel Poveda
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Dios del flow ven a mí… / Por Anabel Poveda

Dios del flow ven a mí… / Por Anabel Poveda

¿Habéis tenido la sensación alguna vez de que algo no está definitivamente hecho para vosotros? Pues algo parecido me pasó a mí hace quince días cuando Dani, el dueño de mi gimnasio, me comentó su intención de incluir clases de Body Jam en el centro.

Como por Jam lo único que me viene a la mente es jamón en inglés, me fui inmediatamente a Youtube a investigar de qué iba la cosa y OMG (abreviatura cool de Oh my God! o lo que es lo mismo, ¡Dios Mío de mi vida!). El Body Jam es una disciplina súper compleja de la empresa Les Mills, famosa por su afición a crear modalidades fitness, sólo que ellos, en lugar de utilizar el comodín de la llamada, utilizan el comodín del Body: BodyPump, BodyCombat, BodyBalance, BodyAttack… BodyJam es su clase colectiva de baile y, por extensión, mi jefe pensó que estaría bien que me sacara la formación para empezar a promocionarlo en el gimnasio.

Los vídeos ya me dieron mucho miedo pero el terror llegó con las veinte horas intensivas, sábado y domingo al más puro estilo Fame: “La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar… con sudor”. Así que allí me planté con la mejor de mis sonrisas invocando al dios del flow y esperando que Will Smith, o su personaje del Príncipe de Bel Air, me trajeran inspiración hiphopera, funkera y callejera.

Yo nunca he sido de esos ritmos, las cosas como son. En general, me lo bailo todo pero me va más una rumbita, una salsa o un petardeo a golpe de Raffaella Carrà que un popping, locking, street dance. Y claro, así pasó lo que pasó. Sólo me hicieron falta quince minutos de master class junto a mis 5 compañeros para darme cuenta de que peor que yo era difícil hacerlo. ¡Menuda paquete!

La pobre responsable de la instrucción no ganaba para correcciones: “El peso en el suelo, no aletees con los brazos, no des órdenes con diminutivos, no muevas las muñecas como si bailas flamenco, no saltes con los pies estirados como si fueras una bailarina clásica”… Y así hasta millón y medio de defectos de fondo y forma.

La primera jornada transcurrió a cámara lenta y ante la posibilidad real de suspender el examen final del domingo, llegar a casa y entrar en bucle fue todo uno. Cansada de todo el día y con la cabeza como una olla de grillos me puse a ensayar y a grabarme con el móvil para comprobar mi patético estilo una, dos, tres, seis, ocho veces… Hasta que el agotamiento me pudo y me puse a berrear en el salón como una magdalena para disgusto de Canela que ya no sabía cómo consolarme con mimos y caricias sin uñas.

En medio de la llorera y convencida de que jamás podría dar una clase de Jam, mi amiga Mayte, que es bailarina profesional y me conoce muy bien, hizo la pregunta mágica ¿Cómo te ha ido el curso?

Se apoderó de mí la Medea melodramática y le dije que no había en el mundo persona más torpe y con menos rollo bailando que yo. Así que me ordenó que le enviara los vídeos que me había grabado y animándome como sólo ella sabe, me dio un par de consejos técnicos y uno menos ortodoxo pero igual de útil: “Amiga, lo tienes, deja de ahogarte en un vaso de agua, sácate el palo del culo, relájate y disfruta”.

willsmith

Reconozco que el domingo me enfrenté al reto más optimista y supongo que el trabajo en casa del sábado hizo efecto porque al menos conseguí que la instructora no tuviera que cerrar los ojos al verme bailar. Empecé a disfrutarlo, me relajé y cuando a última hora del domingo, Verónica pronunció las palabras mágicas -“sois aptos”- me puse otra vez a lloriquear, pero esta vez de alegría.

Tienen razón los que dicen que cuanto más cuesta arriba se hacen los retos, más se disfruta la victoria. Aaún me queda mucho trabajo por delante, muchas horas de ensayo y familiarizarme con esta nueva forma de bailar pero la primera clase, a medias con Dani, estuvo a reventar y fue todo un éxito.

Para meterme en el papel le he pedido un par de pantalones gigantes de chándal a mi hermano, he rescatado las camisetas XXL perdidas al fondo del cajón y voy por la calle con una gorra del revés a ver si el look me da la actitud y el rollaco.

A partir de ahora soy Ana La Mala… Malota, Malona, la reina del Flow… Oh Yeah!

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