Caras / Por Daniel Díez
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Caras / Por Daniel Díez

Caras / Por Daniel Díez

El pasado jueves se celebró la moción de censura a Cifuentes. La presidenta es la cara nueva de un PP renovado, que no se sonroja diciendo que “el tiempo de los corruptos ha llegado a su fin” mientras la “mano invisible” adjudica el contrato de la cafetería de la Asamblea a su amiguete Arturo Fernández.

El ex presidente de la patronal madrileña es el cara de siempre que confesó, cara a cara con el juez Eloy Velasco, que había donado miles de euros a Fundescam, fundación del PP impulsada por Aguirre que habría servido para financiar irregularmente al partido y en cuyo patronato se sentaba Cifuentes.

El juez Velasco está plantando cara a la corrupción.  No sólo le ocupa investigar si esas donaciones sirvieron a Fernández para conseguirle contratos públicos, sino que también le ocupa la investigación de Ignacio González y los desvíos de fondos públicos del Canal de Isabel II, en cuyo consejo se sentaba Cifuentes.

El ex presidente de la Comunidad de Madrid está viviendo la otra cara de la moneda de su ambición por “la pasta”. Al otro lado, en el maco, habrá visto cómo se le ha quedado la cara tiesa y chupada a Díaz Ferrán, ex presidente de la patronal española, con quien comparte prisión en Soto del Real. Quizá por ello González debió preguntar si el agua de Soto del Real es potable, a lo que un funcionario respondió “¡Claro, es del Canal de Isabel II!”.

A González le queda el consuelo de haber evitado un encuentro a cara de perro, en las duchas, con Francisco Granados. El ex secretario general del PP se encuentra preso en Estremera, la misma cárcel que inauguró cuando era consejero de la Comunidad de Madrid (caprichos del destino que le deben dejar a uno con cara de bobo). Bueno, quien no se consuela es porque no quiere, podrá decir González. Mejor recordar el ático marbellí tumbado en la celda con su hermano de sangre, Pablo, que recordar la guerrilla de espías, la gestapillo madrileña, con su partner in crime. La familia es lo primero.

¡Ay, Granados y González! ¡Ay, Ferrán y Fernández! Dos caras de una misma moneda. Al igual que Aguirre, Cifuentes, de momento, se está librando de la responsabilidad penal. Sin embargo, esto no es óbice para que asuma toda su responsabilidad política. Ya son 21 los diputados de la lista que ella confeccionó que han tenido que abandonar su escaño. Los casos de Miguel Ángel Ruiz, Borja Sarasola, Daniel Ortiz y Josefa Aguado, con investigaciones abiertas por presunta corrupción, son los más difíciles de tragar para el portavoz de Ciudadanos, Ignacio Aguado, quien tiene cara de no haber roto un plato, pero sigue sosteniendo a la Khaleesi y las hordas de saqueadores Dothraki, por “responsabilidad” y por “estabilidad”.

En las últimas semanas la tensión ha ido creciendo por la moción de censura. Cifuentes ha dado explicaciones insuficientes e incoherentes respecto al contrato con Fernández a ojos de los promotores del impeachment madrileño. Durante el trascurso del mismo, Cifuentes consiguió ponerse de perfil y envió al ataque a Ángel Garrido, consejero de Presidencia.

El caradura a caballo anhelaba competir en despatarre con Iglesias “coleta morada”, presente en la tribuna de invitados. Le retó un par de veces como un sheriff del condado, escupió al suelo sin perder el palillo de la boca y llamó a Errejón “La Mónica Lewinsky de Podemos”. A continuación, ladeó la cabeza y mirando la bancada izquierda les acusó de convertir el debate en “un salón de baile para que su portavoz tenga su frívola puesta de largo con el dinero de los madrileños”, refiriéndose a Ruiz-Huerta García de Viedma, portavoz de Unidos-Podemos, como a una cenicienta cara.

Ante semejante ataque hubo una reacción inmediata en el siguiente turno de palabra de la bancada izquierda. Por parte de Unidos-Podemos habló Jacinto Morano y por parte del PSOE Pilar Sánchez.

Morano se fue disparado a por el atril para contraatacar al bravucón consejero como el currante al que le llaman caranchoa. Afeó los insultos del consejero y echó en cara al gobierno la cortina de humo y el cisco que estaba montando para no hablar de su gestión.

Sánchez utilizó tres minutos de los diez a los que tenía derecho para no contestar el ataque machista ni hacer crítica de la gestión del gobierno, sino para enzarzarse con la presidenta de la cámara, Paloma Adrados, sobre la interpretación del artículo 113.7 del Reglamento y si los miembros del gobierno pueden o no intervenir en el pleno. En su segundo turno de palabra gastó el tiempo de idéntica manera, poniéndose de perfil en el debate. Ante tan sorprendente fenómeno, quienes quedamos pálidos y con cara de incomprensión fuimos los militantes.

Decía Arturo Fernández que realizaba sus donaciones “para quedar bien con el establishment”. Visto donde le ha llevado, lo de quedar bien con el establishment es un elemento de riesgo para los políticos de izquierda que hasta hace no mucho le daban palmaditas a Cifuentes, se derretían por una foto con ella y presumían de buena relación con “Cristina”.

Las bases socialistas estamos convencidas de que el gobierno de Cifuentes es insostenible. Hay que echar al PP corrupto. Ante la oportunidad de censurar su gestión, quizá no haya sido lo mejor que nuestros disputados socialistas en la Asamblea de Madrid hayan apretado el botón de la abstención. Al final, está probado que la abstención sale cara.

Ante el impeachment a Cifuentes, es posible que no haya sido una buena idea poner cara de póker y darse mus si queremos situar al PSOE claramente en la izquierda. En todo caso, a lo hecho, pecho y al mal tiempo buena cara. Toca retomar la iniciativa presentando una moción liderada por el PSOE tan pronto como sea posible para desalojar a Cifuentes del gobierno. No debe aprovechar haber salido indemne de este trance para encarar una nueva etapa con su liderazgo reforzado, ni hacer de Unidos-Podemos su máximo adversario. Decía Claussewitz que “en la táctica, todo encuentro resulta defensivo si dejamos la iniciativa al enemigo”.

Es urgente demostrar qué partido está liderando la oposición. Entrar en más contradicciones supondría que los potenciales votantes que han prestado alguna atención mayor al partido estos días, nos volverían la cara de nuevo. Por lo pronto, las redes sociales se ponían moradas, tratando de ponernos la cara roja con el meme “KEEP CALM AND ABSTENCIÓN”.

Y la verdad, nos duele que nos pongan la cara roja, especialmente a los jóvenes socialistas porque mientras nosotros nos organizábamos contra la mercantilización de la universidad, recuerdo como otros estaban de cenas y risas con consejeros del ramo. Nos duele que nos pongan la cara roja cuando estamos con trabajos precarios mientras las mismas caras llevan una década en la poltrona forrándose el riñón con dinero público y acumulando cargos. Al final, siempre acaban siendo los militantes lo que ponemos la cara por otros.

En fin, se puede ser indulgente y comprender que se puede cambiar de opinión en el trascurso de unos meses. Todo el mundo tiene derecho a replantearse las premisas, sacar conclusiones y ver las cosas de otra manera. Pero puede no sentar bien entre la izquierda que, después de haber batallado por el anti-abstencionismo, algunos diputados y diputadas se consagren al dios Jano, el dios romano de las dos caras. El lunes, ruegan a Jano Patulsio, poniendo mala cara y escandalizándose con la corrupción del PP madrileño. Pero el jueves, se encomiendan a Jano Clusivio y aprietan el botón de la abstención a Cifuentes.

Si le hubiéramos tenido más cariño al partido no le habríamos fracturado para acabar en otra abstención. Para este viaje no hacían falta esas alforjas. Decía José Hierro, “después de todo, todo ha sido nada”.

(*) Daniel Díez, militante socialista.

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