Bilbao 3 - Anabel 0 / Por Anabel Poveda
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Bilbao 3 – Anabel 0 / Por Anabel Poveda

Bilbao 3 – Anabel 0 / Por Anabel Poveda

– Anabel, ¿Hay algo que te inquieta, te atormenta o te perturba?

– Sí, Esperanza Gracia, sí, hay algo que desde hace un tiempo me quita el sueño. Y es que tengo la sensación de que alguien me ha echado una maldición para que mis escapadas a Bilbao sean siempre accidentadas. De unos años a esta parte, una mano negra gafa mis viajes al norte… lo siento en mis carnes.

– Cuéntame querida y le pondremos remedio con ojos de rana, alas de murciélago, baba de caracol, huevos podridos y cola de ratón.

Guggenheim Museum in Bilbao

Carnaval pasado por agua… amarilla

Una sombra me acompaña en mis viajes a Bilbao, siempre se me gafan, el fin de semana pasado, sin ir más lejos, terminé por los suelos, y no por abusar del alcohol. Como ya os adelanté, me fui con mis amigas de escapada y todo iba de maravilla hasta que la maldición decidió torcernos la noche y mi tobillo derecho. Disfrazadas cada una como Dior nos dio a entender, remonas, nos echamos a las calles dispuestas a comernos la noche, con nuestros brillis y los taconazos. El Casco era un hervidero de gente disfrazada y al más puro estilo “Sexo en Nueva York” pisábamos con garbo el empedrado en busca de fiesta. Nos llamó la atención la extendida práctica, nada cívica, de miccionar en mitad de las calles, y mientras criticábamos la falta de higiene y el peligro del suelo resbaladizo, mi pie derecho (que va por libre y tiene vida propia) tocó pis y la secuencia fue torcedura antológica con “jincamiento” de rodillas y manos en el suelo.

carnaval2

Mientras caía veía pasar mi vida a cámara lenta y pensaba en los estragos que podía provocar una lesión en mi actividad zumbera. Presa del pánico, consciente de la naturaleza amarillenta del líquido del suelo, me levanté muy digna en segundo y medio, a ver si nadie se había dado cuenta del traspiés. El dolor intenso en el tobillo me hizo intuir que la noche se acaba de gafar, y así fue. Mis amigas me llevaron a un bar, me puse hielo y para no ser la aguafiestas de turno, seguimos el plan establecido en taxi y me pasé lo que restó de noche sentada en un sofá como un mueble, eso sí, muy decoradita. Resultado: esguince de primer grado, unos días de reposo y un cabreo monumental.

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Corre, corre, maldita

Mi anterior visita a Bilbao data de noviembre de 2013. En plena depresión post ruptura, mi amiga Mayte me invitó a viajar con la Compañía de Antonio Gades, a la que pertenece, y que actuaba el fin de semana en el Teatro Arriaga. Me pareció un buen plan, pero no me imaginaba yo que la cosa iba a ir de carreras. Se torció desde el minuto uno. Yo tenía que llegar a Getafe para viajar con el autobús de los artistas y un atascazo me impidió estar a la hora, lo que provocó que se fueran sin mí. Eso sí, no tiré la toalla y emulando las películas de acción perseguí al autocar con un taxi hasta que los alcancé y no les quedó más remedio que dejarme subir. Exhausta, nerviosa y sudando como un pollo, los flamencos me recibieron por bulerías. ¡Qué arte! Lo que no me imaginaba es que el domingo, en Bilbao, repetiría la hazaña, perdiendo un metro, encontrando salidas cerradas y corriendo por las calles con mi maleta como si no hubiera un mañana. Menos mal que a dos artistas de la compañía se les pegaron las sábanas y llegaron más tarde que yo. Volví a Madrid sin depresión, pero con los niveles de estrés disparados. Resultado: dos kilos menos de tanta carrera.

ola

Como una ola…

La experiencia más fuerte se remonta a agosto de 2010. Mi amigo Jon me invitó a conocer la Semana Grande de Bilbao y uno de los días, tras una noche de fiesta, se le ocurrió que estaría bien pasar la mañana durmiendo en la playa salvaje de Larrabasterra. Así que allá nos fuimos desprovistos de cualquier alimento sólido o líquido porque, al parecer, en el único chiringuito de la playa hacen los mejores bocadillos de tortilla de patata del mundo mundial. Cogimos el metro y al llegar, primer chasco, era fiesta y el chiringuito estaba cerrado. Pero eso no menguó nuestro ánimo y bajamos a la playa, nos pegamos unos baños y nos quedamos dormidos como troncos. No contamos con que la marea iba a subir tan rápido que dos horas después nos despertábamos al borde del infarto cubiertos por una helada y gigante ola que arrastró bolsa, ropa, toallas y todo lo que encontró a su paso. Desorientados rescatamos del agua lo que pudimos e hicimos valoración de los daños. Móviles perdidos, dinero empapado, toallas llenas de agua y arena y ropa hecha un asco. Incrédulos y congelados cogimos los bártulos, abandonamos allí las toallas, que pesaban unos 20 kilos cada una y nos fuimos al metro hechos unos auténticos vagabundos, muertos de sed y de hambre y con un humor de perros. Tuvimos que suplicar que nos dejaran entrar en esas condiciones y sólo recuerdo que cuando llegué a casa, necesité una ducha hirviendo de una hora para entrar en calor. Dispuesta a que la experiencia traumática no arruinara mi viaje esa noche salí y para rematar la faena, un chico que había conocido allí y que me hacía tilín, se comió la boca con otra delante de mi cara. Si ese día no me corté las venas, creo que estoy vacunada. Resultado: sin móvil, sin toalla y sin autoestima.

Atención pregunta: ¿Creéis que debo volver a Bilbao? Tengo dudas razonables…

PD: Me acaba de llegar una multa de Bilbao por superar el límite de velocidad (no recuerdo ver la señal de limitación), 300€ la broma. La maldición sigue activa.

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