Atando cabos: Alcalá y México / Por Daniel Díez
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Atando cabos: Alcalá y México / Por Daniel Díez

Atando cabos: Alcalá y México / Por Daniel Díez

Por Daniel Díez (*)

Estando a kilómetros de casa puedes apreciar mejor los hilos que conectan a Alcalá con otras latitudes. Hace dos meses me encontraba en las negociaciones entre la Unión Europea y México para un nuevo tratado. En una de las pausas para el café charlé con Erika, de la delegación mexicana, que amistosamente se interesó por saber de dónde era.

Le comenté que era de Alcalá de Henares, y por abrir una conversación en ese ratito de descanso, añadí, “la ciudad donde nació Miguel de Cervantes”. Sonrió y reconoció que conocía la ciudad, la universidad y que había leído El Quijote. Siguió haciendo muy buenos comentarios y me alegró ver la tarjeta de presentación global que tiene Alcalá.

Quise sacarle otro de los hilos en común que Alcalá tiene con México: “también en Alcalá nació Manuel Azaña, presidente de la II República Española, que fue enterrado con la bandera de México”. Se quedó sorprendida. Dijo que conocía bien el exilio de los españoles a su país, que ella había estudiado con los hijos del poeta Tomás Segovia, pero que ignoraba ese episodio.

El presidente Lázaro Cárdenas, Tata para los mexicanos, acogió a miles de exiliados españoles y protegió a Manuel Azaña en sus últimos días, perseguido por la Gestapo, los gendarmes de Pétain y los espías de Franco. A través del diplomático mexicano Rodriguez Taboada, puso a sus servicios militares custodiando las habitaciones del Hôtel du Midi de Montauban, colgó banderas mexicanas de sus ventanas y extendió la inmunidad diplomática a aquel espacio, donde refugió a los republicanos. En ese lugar moriría Don Manuel, en Francia, pero oficialmente en territorio mexicano.

En el entierro, el régimen colaboracionista francés insistió en prohibir que la bandera republicana cubriera el féretro de Azaña, a lo que Rodríguez Taboada contestó: “Está bien. Lo cubrirá la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza; y para ustedes una dolorosa lección”.

Allí se daba sepultura al alcalaíno que defendió los valores ilustrados y democráticos, que trabajó por elevar la cultura y la alfabetización de su país. Al otro lado del Atlántico, en México, la gran obra sembrada por la República, la mejor generación de maestros, intelectuales y trabajadores de su tiempo, educó, modernizó y levantó un nuevo país. “El éxodo de la inteligencia” acabó germinando en la tierra que le dio cobijo.

No es casual que Adolfo Suárez se apresurara a restablecer relaciones diplomáticas con México y realizara su primera visita oficial como presidente en abril de 1977. Trataba de incorporar un caudal de legitimidad que México mantuvo en el reconocimiento del gobierno republicano en el exilio, hasta que España recuperara la democracia.

Alcalá ha rendido homenaje a Lázaro Cárdenas en una de sus fuentes, en la Avenida de Meco. En la glorieta se eleva una pirámide azteca, coronada por el busto del presidente mexicano mirando hacia el noreste, hacia Montauban, donde enterraron a Azaña.

Después de relatarle este episodio, Erika volvió a su lado del salón, agradeciendo el reconocimiento que hice de su país por su solidaridad y por haber sido un firme defensor de la legitimidad democrática. Noté cierto impacto del relato en ella y, quizá, no sé, pensaría en Azaña y en Alcalá la próxima vez que leyera sobre Cárdenas, sobre Cervantes o tuviera trato con hijos de exiliados. Quizá le hablaría de esta historia a algún compañero.

Yo le agradecí sus comentarios sobre Alcalá y le emplacé a que la visitara de nuevo, ya que estábamos celebrando el IV centenario de la muerte de Cervantes y había numerosas actividades culturales.

Lo que me satisfizo más de aquella charla fue el vínculo que se hizo en dos direcciones. Con frecuencia se habla de diplomacia cultural haciendo referencia a la imagen característica con la que posicionar un país o las cualidades de interés que ofrece una región en el marco global. Sin embargo, esa tarea de pensar demasiado en uno inhibe la otra tarea fundamental de la diplomacia, la otra vertiente que hace las relaciones más estrechas, esto es, el reconocimiento del otro.

En ese sentido, ¿Por qué no plantear alguna celebración periódica que una la cultura mexicana y nuestra ciudad a través de Azaña? ¿Por qué no propiciar actividades que mantengan viva la memoria y la relación con un homenaje de nuestra ciudad a México, al diplomático de Guanajuato Rodríguez Taboada, a Cárdenas, al gesto de acogida de los españoles exiliados?

En nuestro tiempo, hay nuevos hilos que conectan Alcalá con México, construyéndose entre estudiantes y profesores universitarios que cruzan en una y otra dirección el océano. Alcalaínos de acogida que se quedan, que nos visitan por un tiempo o alcalaínos que emigran, quizá no sepan de esta historia que nos une. Quizá pudieran continuar difundiendo el relato y el nombre de una ciudad abierta al mundo.

(*) Daniel Díez es abogado. Ha trabajado para el Servicio Europeo de Acción Exterior y el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

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